Electrodomésticos: ahorro energético

Ahorro energético y calidad de vida
Edita: FACUA Andalucía
Fecha: 2004
Formato: 150 x 180 mm.
Páginas: 8
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Generalmente, tendemos a creer que podemos consumir tanta energía como seamos capaces de pagar, a lo que se suma la consideración de que un mayor consumo y una mayor capacidad para asumirlo supone una mayor calidad de vida. Sin embargo, hay graves errores en estos planteamientos: los combustibles fósiles son limitados, su combustión provoca impactos ambientales que alimentan problemas ecológicos de índole mundial (efecto invernadero y cambio climático, por ejemplo), además de llevarnos a ser excesivamente dependientes de la importación de los mismos por carecer de recursos propios.

En cualquier caso, hay que dejar claro que consumo de energía y calidad de vida no van necesariamente unidos. Así, podemos considerar el uso eficiente de la energía como usar justo la energía necesaria sin renunciar a la calidad de vida, entendida como la satisfacción de nuestras verdaderas necesidades, evitando el despilfarro, y eligiendo la mejor alternativa energética para cada uso: energía solar, gas natural, electricidad, etc.

El ahorro de energía es un objetivo que podemos tener presente en todas nuestras actividades diarias, existiendo, además, instrumentos técnicos y legislativos que nos ayudan en esa finalidad. En ocasiones dicho ahorro depende directamente de determinadas elecciones que tomamos como consumidor y que van desde la elección de nuestra vivienda hasta la compra del más simple de los electrodomésticos o de una simple luminaria. En otros casos, la posibilidad de ahorro va directamente ligada al uso que hacemos de nuestros electrodomésticos e instalaciones.

Eficiencia energética en los electrodomésticos

Desde 1994 se exige el etiquetado energético de diversos electrodomésticos como frigoríficos, congeladores, lavadoras, secadoras, lavavajillas y lámparas de uso doméstico. Los fabricantes que comercializan estos equipos en el ámbito de la UE han de etiquetar cada electrodoméstico con un nivel de eficiencia que se identifica mediante una letra, de la A a la G y una escala de colores del verde al rojo. Posteriormente, se ha ampliado la obligación a los aparatos de aire acondicionado, a partir del 30 de junio de 2003.

El método para establecer tales niveles de eficiencia fue el de calcular una media anual de consumo para cada una de las líneas de electrodomésticos afectados, a la cual se le adjudicó el valor intermedio entre las letras D y E (que son los niveles que quedan en la mitad entre la A y la G). Tomando ese punto medio como referencia y en base a los porcentajes de exceso o defecto sobre dicho consumo medio se asignan valores al resto de las letras de la escala, siendo que la A indica la máxima eficiencia y la G la mínima. Cada letra que baja en la escala a partir de la A supone un incremento del consumo energético sobre un 10% más que la letra que le precede.

En virtud de lo expuesto, el etiquetado energético cumple una función fundamental de cara a la información del consumidor, que puede determinar su elección en base a parámetros de consumo energético y rendimiento, en definitiva, de eficiencia energética, teniendo en cuenta de que la presumible diferencia de precio entre un electrodoméstico más eficiente y otro menos eficiente se suele amortizar claramente a lo largo de la vida útil del mismo.
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