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¿Cuánta tierra se necesita para producir lo que consumes y absorber tus residuos?
La huella ecológica

¿Qué extensión de tierra se necesita para producir todos los recursos que consumes y para absorber tus desechos?

FACUA.org - 22 - diciembre de 2006
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¿Te has puesto a pensar qué extensión de tierra se necesita para producir todos los recursos que consumes y para absorber tus desechos? Para responder a esta pregunta, Mathis Wackernagel y William Rees definieron en 1996 la metodología de cálculo la huella ecológica, en la Escuela para la Planificación Comunitaria y Regional de la Universidad de la Columbia Británica.

Hay que recordar que la huella ecológica tiene toda la fiabilidad que puede poseer una disciplina académica como es la economía y aunque se reconoce un margen de error pequeño, esto no debe llevar a algunos, de manera malintencionada e interesada, a abolir los resultados aludiendo inexactitud.

Indicador medioambiental

La huella ecológica es un indicador medioambiental que calcula, considerando la tecnología actual y por el espacio de un año, la media de superficie productiva necesaria (expresada en hectáreas) para, por un lado, generar los recursos consumidos por un ciudadano o comunidad (país, región o toda la población mundial) y, por otro, absorber los residuos que genera dicho consumo sin importar la localización de estas áreas.

Aunque el cálculo de la huella ecológica se adentra en complejas fórmulas matemáticas, basa sus resultados en la observación de los siguientes aspectos:

1. La cantidad de hectáreas utilizadas para urbanizar, generar infraestructuras y centros de trabajo.
2. Cantidad de hectáreas para proporcionar el alimento vegetal necesario.
3. Superficie necesaria para pastos que alimenten al ganado.
4. Superficie marina necesaria para producir el pescado.
5. Hectáreas de bosque necesarias para asumir el CO2 que provoca nuestro consumo energético.

1,7 hectáreas por habitantes

Desde un punto de vista global se ha estimado en 1,7 hectáreas la biocapacidad del planeta por cada habitante, o lo que es lo mismo, si tuviéramos que repartir el terreno productivo de la Tierra en partes iguales, a cada uno de los más de seis mil millones de habitantes en el planeta les corresponderían 1,7 hectáreas para satisfacer todas sus necesidades durante un año. A día de hoy, el consumo medio por habitante y año es de 2,8 hectáreas por lo que, a nivel global, estamos consumiendo más recursos de los que el planeta puede regenerar.

Precisando aun más, en España la huella ecológica media por habitante y año es de 5,5 hectáreas, 3,2 veces superior a la capacidad biológica del planeta para generar recursos de forma sostenible. Aún peor, Estados Unidos consume 12,5 hectáreas, la más alta. Dado que la biocapacidad del planeta es de 1,7 hectáreas, si todos los habitantes de la Tierra optaran por vivir al nivel de un ciudadano medio estadounidense harían falta más de siete planetas.

Por otro lado, el dato de las 2,8 hectáreas de media por año y habitante que se consumen actualmente, como podemos imaginar, no implica que todos lo individuos del planeta posean esta biocapacidad para satisfacer sus necesidades. Muy al contrario. La desigualdad entre distintas latitudes e incluso la exclusión social en comunidades más pequeñas, como ciudades, produce datos alarmantes. Así, una gran parte de los países del planeta están por debajo de la hectárea, y no porque estén a la cabeza del consumo racional y sostenible, sino porque desgraciadamente no consumen al no tener casi acceso a los recursos. Incluso India y China, que avanzan raudas para salir del subdesarrollo, consumen 0,7 y 1,8 hectáreas respectivamente. El hecho de que un ciudadano del mundo rico consuma 5 hectáreas implica, de forma indirecta, que hay otro ciudadano que padece déficit en el acceso a los recursos. Sin lugar a dudas, el pastel está mal repartido.

A todos estos datos preocupantes hay que añadir el dato objetivo y constatable de que este ritmo de consumo actual es insostenible y acabará con los recursos del planeta en un plazo no muy largo. Además, hay que considerar el hecho de que los países subdesarrollados y en vías de desarrollo que quieran mejorar su nivel de bienestar deben aceptar (China y la India ya lo han hecho) el modelo socio-económico neoliberal basado en un consumo desmedido como principal motor de la economía, lo que agravaría aún más el déficit de recursos que ya sufre el planeta y provocaría graves consecuencias a nivel global.

Es evidente que los países ricos que contaminan y malgastan de forma tan irresponsable y despreocupada no pueden ni podrán evitar en sus territorios los azotes del cambio climático, ni las migraciones masivas de los que huyen de la pobreza, ni, en último caso, la extrema carencia de los recursos globales. El Welfare State (estado de bienestar) occidental, escondiendo sus miserias, se impone como el cenit civilizatorio para toda la humanidad. No obstante, la realidad es que este estado de bienestar, así planteado, le sale muy caro al planeta, humanos incluidos.

Pese a todo, los grupos de poder o lobbies del mundo rico (principales causantes de la degeneración biológica y ecológica del planeta) no parecen preocuparse en exceso y continúan apostando por el modelo socio-económico actual, e incluso imponiéndolo a otros países en vías de desarrollo, sin dejar opción a que otras fórmulas democráticas de distribución de los recursos con una base más racional y otras actitudes más solidarias se pongan en práctica.

Pese a todo, tal vez la cuestión no es si la economía planificada es mejor que la del libre mercado o si la mixta es justo medio razonable entre ambas; el problema es bajo qué actitud individual se economizan los recursos, se intercambien bajo un modelo económico u otro. Es una cuestión de elegir, desde el punto de vista político y sobre todo ético, la sostenibilidad en la utilización de los recursos y la equidad y solidaridad en su reparto, lo que implica un cambio de mentalidad a nivel individual que corrija el modelo actual a un sistema socio-económico más solidario e igualitario.

Consumidores y grandes corporaciones

Todos sabemos que si el petróleo sube también lo hace, finalmente, el precio del pan de la tienda de al lado. Nuestro sistema está cogido con pinzas e intervenir de forma radical a nivel económico puede ser catastrófico para este casi nudo gordiano. Pero, ¿qué ocurre si desde un plano individual y colectivo, de forma paulatina, se van reduciendo los riesgos? Es decir, ¿qué ocurre si, como consumidores, vamos conociendo y eligiendo? Conocer para saber cuáles son las consecuencias de nuestro estilo de vida y elegir cambiar de actitud para aportar un desarrollo más sostenible.

Obviamente, los distintos poderes políticos deben ser honrados y valientes en la puesta en marcha de políticas más ecológicas y solidarias regulando, al mismo tiempo, las actividades de las grandes corporaciones que contaminan y prohíben, de forma directa o indirecta, el que los recursos se distribuyan de forma justa.

También, la ciencia y la tecnología deben continuar mejorando en la disminución del impacto de nuestro consumo. Y por último, pero por ello no menos importante, queda la parte que a todos nos corresponde y que es nuestra actitud como consumidores. Está claro que tenemos la capacidad de reducir nuestro impacto medioambiental de forma considerable adquiriendo unos hábitos determinados a nivel individual, como por ejemplo:

- Evitar la sobreexplotación y erosión del terreno y hacer un uso más racional de la energía que consumimos en nuestro hogar y lugar de trabajo.
- Consumir productos ecológicos basados en una agricultura, ganadería y pesca ecológica.
- Reducir la tala de bosques, los pulmones de nuestro planeta.
- Reducir las emisiones de CO2 y evitar el sobrecalentamiento de la atmósfera.
- Hacer un uso racional del agua.
- Reciclar todo lo posible.

Para finalizar, reiterar la pregunta de daba comienzo a este artículo: ¿Te has puesto a pensar qué extensión de tierra se necesita para producir todos los recursos que consumes y para absorber tus desechos?