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El terrorismo yihadista y la euforia belicista

El combate contra los monstruos no debe transformarnos en elementos igualmente despiadados que convierten una tragedia en venganza política, especialmente en períodos electorales.

Por Carlos Puente Martín

Este mes de marzo, todos nos hemos sentido afectados por los sangrientos atentados que han sacudido Bruselas, de la misma forma que nos conmocionaron los cometidos en noviembre de 2015 en París y los asesinatos de los periodistas de la redacción de Charlie Hebdo en enero de ese mismo año. Pero no debemos ser ajenos al sufrimiento de decenas de miles de víctimas de países de Oriente Próximo, África y otros lugares. No hay víctimas de primera o de segunda clase y todos debemos combatir la brutalidad y la barbarie incompatibles con los más elementales derechos humanos y la dignidad de las personas.

El combate contra los monstruos no debe convertirnos en elementos igualmente despiadados que convierten una tragedia en venganza política, especialmente en períodos electorales. Los terroristas deben ser perseguidos y eliminados de forma segura para que no afecten a la integridad de seres inocentes que, digámoslo claramente, son el caldo de cultivo de nuevas generaciones de terroristas. La venganza llama a la venganza. El viejo Código de Hammurabi, basado en la Ley del Talión, no puede resurgir de las cenizas de los pueblos. Y las bombas mal dirigidas pueden conducir a ello. Además, incrementan las oleadas de refugiados y desplazados de sus lugares de origen. La civilización no admite los daños colaterales.

Los lugares de los atentados de París se convirtieron en zonas de peregrinaje para recordar a las víctimas. | Imagen: Reuters.

Es muy comprensible la reacción emocional mostrada por la población belga, francesa, europea y mundial pero no nos dejemos llevar por el odio y la venganza, incompatibles con el Estado de derecho. Para combatir eficazmente el terrorismo hay que eliminar las causas y perseguir a quienes financian y alimentan a los terroristas, entre ellos varios gobiernos occidentales y de Oriente Próximo. Con medios financieros y armas se combaten las actividades terroristas, pero eliminando las causas se erradica el terrorismo.

Hay que aprender de las experiencias para no cometer los mismos errores que fomentan la espiral del terror. Aunque en las causas deberíamos remontarnos al desplazamiento de palestinos de sus tierras desde 1948, el origen de la actual situación hay que buscarla en el surgimiento de Al Qaeda fomentado por la ayuda de EEUU en plena guerra fría para luchar contra los soviéticos en Afganistán desde 1979.

Tras los actos terroristas en Nueva York en 2001 se desencadenó la invasión de Afganistán, cuyas secuelas llegan hasta hoy. Y desde 2003, las guerras del Golfo y la eliminación del dictador Iraquí Sadam Husseim, convirtieron a un país laico y en pleno desarrollo en un montón de escombros de donde surgieron los modernos terroristas sunitas, germen del movimiento yihadista. El experimento se reprodujo en Libia en 2011, instalándose el caos y la anarquía tras la eliminación de Muammar Gadafi facilitada por la OTAN y, desde hace cinco años, se pretende expandir a Siria a la sombra de las primaveras árabes para derrocar al electo dictador Bashar Hafez Al Ássad. El caos y el vacío de poder surgido de estas acciones son el lecho del terrorismo más despiadado.

El origen de la actual situación hay que buscarla en el surgimiento de Al Qaeda fomentado por la ayuda de EEUU en plena guerra fría para luchar contra los soviéticos en Afganistán desde 1979.

Tras los remordimientos y confesiones de Tony Blair, se ha publicado el reconocimiento de Hillary Clinton de los execrables actos cometidos durante las intervenciones de la coalición internacional en Iraq, que fomentaron y financiaron las estructuras del terrorismo yihadista. La Cumbre de las Azores reunió a George W. Bush, Tony Blair y José María Aznar el 16 de marzo de 2003 y, poco después, se desencadenaba la guerra contra Sadam Hussein tras acusarle de disponer de "armas de destrucción masiva", que posteriormente reconocieron ser falsas.

Las denuncias de organizaciones internacionales por la propagación de falsedades que promovieron las guerras del Golfo y los abusos cometidos por las tropas no pueden quedar impunes, por haber sido un estímulo para la causa terrorista que sufre el mundo actualmente. No es admisible la falta de reacción ante el comunicado de la muerte del dirigente terrorista Osama Bin Laden, el 1 de mayo de 2011, en Abottabad (Pakistán) en un asalto del ejército norteamericano. El Derecho internacional exige la detención, interrogatorio y juicio del jefe terrorista, lo que hubiera sido beneficioso para la lucha contra la organización Al Qaeda y el autoproclamado Estado Islámico. Nunca sabremos las verdaderas causas de esta fulminante acción que se llevó a la tumba los secretos de la financiación del grupo terrorista.

De izquierda a derecha, Tony Blair, George W. Bush y José María Aznar en la Cumbre de las Azores de 2003. | Imagen: Reuters.

Y en este contexto, ¿dónde están los movimientos intelectuales de las sociedades democráticas? ¿Por qué las minorías que se atreven a denunciar hechos que son constitutivos de delitos son silenciadas y marginados sus denunciantes? Nunca los medios de comunicación han estado tan controlados por el poder político-económico y la verdad ha sido tan vilipendiada.

Desde hace décadas los ciudadanos de Europa y del mundo estamos dirigidos por políticos mediocres y se ha producido una ausencia de auténticos líderes mundiales, cuya reacción se ha traducido en leyes que conculcan derechos y libertades con el pretexto de la amenaza terrorista. Esta situación afecta más a los ciudadanos que a los violentos en su vida cotidiana, cuando utilizan medios de transporte sometidos a controles de seguridad.

Ante el vacío de políticos honestos y las veleidades del consorcio económico-militar internacional, es la hora de que la sociedad civil reaccione. Si los poderes públicos no asumen la verdadera defensa de derechos y libertades públicos, hoy en peligro, las organizaciones no gubernamentales deben ejercer una acción pacífica pero firme para reclamar que decisiones que pudieran desencadenar acciones bélicas sean consultadas a la ciudadanía y no ejecutarlas en su nombre.

La lucha contra el terrorismo es legítima pero debe ser eficaz, y los bombardeos indiscriminados no lo son, y hay que utilizar todas las armas de los estados y de la comunidad internacional para combatirlo pero en ningún caso por intereses de organizaciones y países que aumentarán el riesgo de conflictos mayores. Es necesario que la ciudadanía se informe, se pronuncie y sea escuchada para que no sufra los errores del pasado cometidos por sus políticos. La guerra, como uno de los jinetes del Apocalipsis, no es la solución.

El presidente sirio, Bashar Al Assad (izquierda) y su homólogo ruso, Vladimir Putin.

La apertura de negociaciones en Ginebra el 14 de marzo de 2016, bajo los auspicios de la ONU, entre el gobierno de Bashar Al Assad y la oposición, aunque no está garantizado su éxito, trae un rayo de esperanza para poner fin a una guerra que dura ya cinco años. El mismo día, el presidente Vladimir Putin ordenó la retirada del grueso de las tropas rusas en Siria por entender que la diplomacia debe sustituir a las armas y hay que dar una oportunidad para conseguir la paz. Si bien Rusia aun conservará la base naval de Tartus, que mantiene desde los tiempos de la URSS, y las instalaciones para su fuerza aérea de Hmeymin, en Lataquia, este paso es coherente con la Estrategia de Seguridad Nacional aprobada por el presidente ruso el 31 de diciembre de 2015, en el que se contempla "el recurso militar como el último a ser utilizado en caso extremo". Ojalá el ejemplo se extienda.

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Carlos Puente Martín es economista, exdiplomático y analista político. Forma parte de la Junta Directiva de FACUA.

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