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El consumidor, la gran víctima del monstruo eléctrico

El autor de 'Informe Frankenstein. Por qué cuando haces clic el sistema eléctrico hace crac', repasa las causas del elevado recibo de la luz y el inevitable enfado de la ciudadanía.

Por Iñaki de las Heras

Hay enfado con el recibo de la luz. Ha subido cerca del 80% en apenas un década y lo ha hecho con especial insistencia en los peores años de la crisis. En los tiempos de paro rampante, en los que miles de personas se quedaban sin empleo cada día, marcaba sus mayores ascensos anuales. Todavía hoy, pese a la contención de las subidas, sigue encaramado a los primeros puestos del continente. Ningún otro bien de primera necesidad ha experimentado este comportamiento durante la crisis y no es de extrañar que haga llegado el momento de preguntarse qué ha pasado.

Pues eso, ¿qué ha pasado aquí? Hay que remontarse a comienzos de siglo para disponer de una visión de conjunto. La invención del déficit de tarifa y del mercado eléctrico es el escenario en el que transcurre esta historia, en la que fueron apareciendo, de forma muy identificable y secuencial, cada uno de los elementos que contribuyeron al problema: las planificaciones desacertadas, el descontrol en los costes, los errores regulatorios y, para remate, una crisis económica que redujo los ingresos del sistema y obligó a elevar la contribución de cada sufrido consumidor con el objeto de retribuir las infraestructuras comprometidas. Una ensalada de lo más completa, un plato digno de estudio en las prestigiosas escuelas de gastronomía económica.

La novela de Mary Shelley puede servir casi de guion para describir lo ocurrido con el sistema eléctrico en los últimos años. | Imagen: Fotograma de la película de 1931 'El doctor Frankenstein', de  James Whale (Universal).

Las andanzas eléctricas resultaban muy desconocidas para la sociedad hasta hace poco tiempo. La electricidad formaba parte de los asuntos cotidianos y soporíferos a los que no merecía la pena prestar mucha atención. Ahora la ciudadanía, aunque tarde, comienza a conocer lo ocurrido y a ser conscientes de paso de la importancia de la energía no solo para la economía, sino también para la lucha contra el cambio climático y el bienestar geoestratégico. Muchos lo saben ya, pero no está de más repasarlo. Tras la crisis (¿de verdad ha pasado ya?) y la reforma energética, parece haberse cerrado un ciclo y es buen momento para mirar con perspectiva, apasionamiento contenido y una voluntad descriptiva hacia el problema eléctrico. Habrá que señalar hitos, errores y también, que los hay, aciertos. Algo así intenta ser mi libro Informe Frankenstein. Por qué cuando haces clic el sistema eléctrico hace crac, un repaso a las causas de este recibo tan elevado y del inevitable enfado de la ciudadanía.

El nombre del informe, un ebook hijo de su era tecnológica, no sólo es un guiño a los doscientos años que este 2016 cumplirá el monstruo gótico. Es mucho más, porque la novela de Mary Shelley puede servir casi de guión para describir lo ocurrido con el sistema eléctrico en los últimos años. El Frankenstein es aquí sobre todo el déficit de tarifa y el problema financiero del sistema eléctrico. Sea o no éste el principal problema, es evidente que las urgencias económicas han acaparado los esfuerzos de la política energética de los últimos años y explican buena parte de lo ocurrido.

En uno de los laboratorios del Gobierno de Aznar se alumbró el nuevo mercado eléctrico y la idea de que los costes del sistema pudieran superar a los ingresos y convertirse en una deuda de los consumidores. | Imagen: Fotograma de 'El jovencito Frankenstein', de Mel Brooks (20th Century Fox).

Para mantener el apego a la metáfora de Frankenstein, el sistema eléctrico es también en su concepción fruto de algo así como un experimento. El relato de Shelley describe la idea de dar vida a un cuerpo inerte a partir de una descarga eléctrica. Un científico confundido por un potaje de textos de moda aspira a crear una criatura de cualidades superiores destinada a servir a su amo. Algo parecido ocurre con la electricidad. El déficit de tarifa también fue concebido en un momento en el que la economía empezaba a cubrirse de ingenierías y a prometer arcadias felices de crecimiento, inflación baja, recibos de luz baratos y riqueza ilimitada. En uno de los laboratorios del Gobierno de Aznar se alumbró el nuevo mercado eléctrico y la idea de que los costes del sistema pudieran superar a los ingresos y convertirse en una deuda de los consumidores. En aquellos años del PP el déficit de tarifa apenas fue significativo, todo hay que decirlo.

Posteriormente, en época de Zapatero, fueron incorporándose de forma compulsiva una amplia variedad de costes eléctricos. El más destacado fue sin duda el de las renovables, pero también la generosidad dio ocasión a cierta ciclotimia regulatoria, ya que mientras se apostaba por las tecnologías verdes también se subvencionaba el carbón. Todo a costa del consumidor, por supuesto, y a una velocidad y volumen difíciles de digerir. En este caso, el parecido con Frankenstein tiene que ver con el cuerpo de la criatura. El científico autodidacta Viktor Frankenstein acudía de noche a los cementerios en busca de las mayores extremidades de cadáver para coserlas a su criatura. En el kilovatio español, se fueron añadiendo miembros y musculatura al balbuceante infante eléctrico, de modo que el monstruo adquirió un gran tamaño. Como música de fondo, las desatinadas previsiones de crecimiento y las atribuladas planificaciones, que provocaron una despreocupada adición de costes y un boom de infraestructuras. Fue en la etapa final del Gobierno de Zapatero, con Miguel Sebastián como ministro, cuando comenzaron a aplicarse los primeros recortes de retribuciones, que se concentraron en la fotovoltaica y que pusieron en pie de guerra no sólo a las empresas de renovables, sino especialmente a los miles de inversores particulares que habían confiado su dinero a unos proyectos de retornos en apariencia garantizados por el BOE.

El déficit de tarifa iba en aumento año tras año y los ministros de turno se resistieron a acompasar el incremento de los costes con subidas de tarifas. Se había creado un enorme monstruo sin prever las dificultades para encontrarle vestimenta suficiente con que cubrirlo. | Imagen: Fotograma de 'Frankenstein de Mary Shelley', de Kenneth Branagh (TriStar Pictures).

Otro parecido razonable tiene que ver con el traje del monstruo. Viktor Frankenstein no previó las dificultades para encontrar vestimenta suficiente con que cubrir su enorme criatura, de modo que se conformó con que le asomasen ridículamente los brazos y las piernas. Algo así ocurrió con el sistema eléctrico, en el que el dinero que pagaban los consumidores resultaba insuficiente parar cubrir aquel cuerpo de costes. El déficit de tarifa iba en aumento año tras año y los ministros de turno, mediatizados a menudo por presiones políticas y mediáticas, se resistieron a acompasar el incremento de los costes con subidas de tarifas. El resultado fue un déficit de tarifa desbocado, convertido en una bomba financiera dentro del recibo. Casi 30.000 millones que, para colmo, se titulizaron en buena parte en los mercados crediticios en plena crisis del bono soberano y a unos tipos de interés desorbitados.

La crisis, que es una lluvia que moja, se encargó de todo lo demás. Los usuarios ya no podían pagar tanto, pero el apetito de Frankenstein no cesaba y reclamaba sus retribuciones. El Gobierno, ahora de nuevo del PP, obligó a los consumidores, las victimas de este relato de miedo, a pagar más por la parte fija del recibo, pues buena parte de los costes regulados corresponden a infraestructuras con retribuciones comprometidas y ajenas al devenir de la oferta y la demanda.

La ira del Frankenstein eléctrico estaba además condicionada por un cerebro neurótico, con dos hemisferios, uno regulado sobre el que se cargó el déficit de tarifa y otro de mercado aparentemente virtuoso cuyas disfunciones han sido tímidamente atacadas y en el que subyacen sobrerretribuciones y prácticas anticompetitivas. Es aquí donde entra por ejemplo el debate sobre los windfall profit o los beneficios caídos del cielo de las tecnologías nuclear e hidráulica. Las interferencias entre estos hemisferios y la participación para colmo del mundo de las finanzas, a modo de peligroso neurotransmisor cerebral, no hicieron sino exacerbar la ira del monstruo.

La ira del Frankenstein eléctrico estaba condicionada por un cerebro neurótico, con dos hemisferios, uno regulado sobre el que se cargó el déficit de tarifa y otro de mercado aparentemente virtuoso en el que subyacen sobrerretribuciones y prácticas anticompetitivas. | Imagen: Victor Frankenstein y su criatura en la serie Penny Dreadful (Showtime).

En el relato de Shelley, Frankenstein entró en cólera y mató a una niña. La niña es aquí sobre todo el recibo de la luz y sus galopantes subidas en plena crisis, pero también puede ser el sacrificio del ahorro y la eficiencia, en aras de las urgencias financieras del sistema eléctrico. Otra consecuencia es el frustrante despegue de las renovables en España, a un coste que hipotecó su desarrollo futuro y que ha dejado un reguero de recortes y litigios judiciales. Ahora sí podrían instalarse más renovables a menor coste, aunque para ello habrá que esperar a que el recibo se vaya saneando progresivamente y se vayan cerrando otras instalaciones, entre ellas las térmicas de carbón. El autoconsumo mediante placas solares también ha quedado maniatado debido a las exigencias financieras del sistema y a la consigna de que todos los consumidores abonen de forma solidaria la derrama mensual de las infraestructuras pendientes de pago.

En toda esta historia, los consumidores de luz pintan muy poco. Las asociaciones de consumidores no han recibido nunca la consideración que se merecen en el Ministerio de Industria, a pesar de su insistencia y atino al denunciar cada abuso del sector eléctrico. Últimamente, nos alertan de los abusos de algunos comerciales, así que estaremos atentos. El ciudadano es en definitiva quien está al final de esta cadena y sufre los efectos de cada desaguisado. Desde estas aguas abajo del sector eléctrico, en la que uno abre cada mes el sobre con la factura de la luz, no está de más exigir un suministro lo más barato, verde y fiable posible. Llegará un momento, esto también lo sabe todo el mundo, en el que el desarrollo tecnológico pondrá al consumidor al mando del sector.

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Iñaki de las Heras es periodista. Autor de Informe Frankenstein. Por qué cuando haces clic el sistema eléctrico hace crac.

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