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La revolución que está por llegar

Cada día más personas son conscientes de que lo que hagan con las monedas y billetes que hay dentro de su bolsillo puede cambiar las cosas con más fuerza que mil manifestaciones o millones de votos.

Por Gerardo Tecé

A las revoluciones les pasa como a los besos. Lo mejor es el momento de antes. En la gran revolución estamos, muy poco a poco, llegando al momento de antes. El consumismo enloquecido toca techo desconchándolo y caen sobre nosotros los cascotes. Cada día más personas son conscientes de que lo que hagan con las monedas y billetes que hay dentro de su bolsillo puede cambiar las cosas con más fuerza que mil manifestaciones o millones de votos. La revolución que debe ordenar el siglo XXI y sacarlo de la locura tiene un nombre tan aburrido como imparable y apasionante será su efecto cuando se articule y organice: consumo responsable.

Estamos en la etapa infantil de empezar a intuir. Intuimos que si unos pantalones vaqueros cuestan 30 euros, alguien en la cadena de producción y comercialización no ha cobrado lo que le correspondería por ese trabajo si estuviera pagado dignamente. Intuimos que está mal que nos alimentemos sin saber qué comemos, de dónde viene, cómo está fabricado y sin conocer quiénes se llevan el beneficio desde que un producto sale de la tierra hasta que acaba sobre una estantería de supermercado. Lo intuimos pero sentimos que no podemos hacer nada, porque viviendo dentro del giro de la rueda uno no puede cambiar el sentido hacia el que la rueda gira.

A las revoluciones les pasa como a los besos. Lo mejor es el momento de antes.

Decía Antonio Valle, un profesor de Sociología de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, que este sistema es tan perfecto porque absorbe a quienes quieren cambiarlo. "Con el franquismo uno se vestía de punky para transgredir y lo lograba. Hoy, si uno se viste de punky, El Corte Inglés coloca un maniquí con cresta en el escaparate y vende crestas a 10 euros".

Además de la absorción que supone vivir dentro de la rueda, el sistema toma sus precauciones para que el sentido del giro no cambie nunca. Hace unos años, a propuesta de asociaciones de consumidores, en Bruselas se iba a debatir la posibilidad de implementar una ley que marcase como un semáforo los alimentos que se comercializaran en la Unión Europea. Un alimento con el etiquetado en verde sería un alimento que tras su estudio sanitario independiente resultase beneficioso para la salud, un alimento marcado en amarillo no tendría efectos perjudiciales y uno marcado en rojo contendría sustancias nocivas para la salud del consumidor. En ritmos de vida que no permiten pasar horas en el supermercado analizando los ingredientes para elegir producto, que los representantes regularan con argumentos de salud hubiera sido un pequeño paso, pero por supuesto, aquello no se permitió y los lobbies de la industria alimentaria hicieron que los representantes públicos cerrasen aquella carpeta dando un golpe en la mesa.

Un día, dentro de no mucho, tomaremos consciencia y convertiremos ese pesimismo general en acción y alguna empresa que abuse de las malas prácticas caerá porque dejemos de comprar su producto.

Si estamos dentro de la rueda, si quienes tienen la mano en los frenos no están dispuestos a hacer nada, ¿por qué el optimismo? En esto que está por llegar, la revolución del consumo, vivimos el equivalente en política a aquel momento depresivo en el que muchos desde casa, sabían que los dirigentes a los que elegíamos gobernaban para el poder económico, que muchos estaban metiendo la mano en la caja, pero qué íbamos a hacer, qué opción había ante eso. Y un día, como por arte de magia, aquel pesimismo individual se  convirtió en las calles en exigencia colectiva. Los grandes cambios empiezan a ocurrir cuando no se les espera y de un modo casi accidental.

Un día, dentro de no mucho, tomaremos consciencia y convertiremos ese pesimismo general en acción y alguna empresa que abuse de las malas prácticas caerá porque dejemos de comprar su producto. Y entonces ya sabremos no sólo cómo frenar la rueda, sino que aprenderemos a manejar la bicicleta. Como ha pasado en política, el cambio no llegará de un día para otro, ni será tal y como lo soñemos, pero obligaremos, porque les entrará el miedo, a quienes hacen del mundo un lugar peor a introducir variables de justicia económica que hoy día no manejan, ni lo harán hasta que les obliguemos.

 

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Gerardo Tecé es modelo, actriz, ser humano y mejor persona. También tuitea y escribe en Ctxt.

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