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La invasión secreta de los transgénicos

En Estados Unidos las grandes compañías han logrado que los consumidores no sepan cuándo comen transgénicos al impedir un etiquetado que los identifique. En Europa, el etiquetado sí es obligatorio.

Por Ricardo Gamaza

En Estados Unidos han dado un nuevo paso a favor de los transgénicos: hace apenas unos meses aprobaron para el consumo humano el primer salmón configurado en laboratorio. El Aqua Bounty es el resultado de la ingeniería genética para obtener un salmón capaz de crecer más rápido y alcanzar más de 10 veces el tamaño del salmón común del Atlántico, el que actualmente comemos.

El nuevo salmón transgénico crece en sólo 18 meses, frente a los 36 que necesita el salmón común para alcanzar la madurez, y puede medir hasta 13 veces más. La Administración de Medicinas y Alimentos de Estados Unidos (Food and Drug Administration, FDA). Una vez fileteado y colocado en las estanterías de los supermercados, el consumidor no tendrá manera de saber que está comprando un salmón modificado genéticamente porque en EEUU el etiquetado no obliga a dar esa información.

Los consumidores estadounidenses, tal vez los que tienen mayores problemas de sobrepeso del mundo, componen una cesta de la compra en la que en 80% de los alimentos que consumen contienen Organismos Modificados Genéticamente (OGM). Las grandes compañías de alimentación se han encargado de secuestrar esta información al consumidor.

El caso más reciente se vivió en 2012, cuando frente a la Proposición 37, un proyecto promovido por la Campaña Derecho a Saber para etiquetar los productos que contienen transgénicos, que movió una exitosa campaña de crowfunding que casi logró recaudar un millón de dólares. La reacción de las grandes empresas como Monsanto, Dupont, PepsiCo, Coca Cola, Basf, Bayer, Syngenta o Kellogg´s, entre otras, no se hizo esperar y contrarrestó demoledoramente con donaciones que superaron los 50 millones de euros contra esta iniciativa legislativa que se dedicaron a una macrocampaña mediática, entre otras acciones de lobby. Y ganaron. El 54% de los votantes dieron el no al etiquetado.

El consumidor no tiene manera de saber qué alimentos de los que consume han sido modificados.
El consumidor no tiene manera de saber qué alimentos de los que consume han sido modificados.

 

La argumentación se basaba en una de las falacias de los pro-transgénicos: para qué etiquetar si se trata de alimentos seguros; y en una amenaza: si el etiquetado se hace obligatorio, se encarecerá el precio de los alimentos. Un argumentando que con la gran campaña de marketing ganó por la mínima a los activistas que defendían el derecho a decidir del consumidor (para lo que es imprescindible tener información).

En Europa, sin embargo, sí hay obligatoriedad de etiquetar aquellos productos que contengan OGM, pero los lobbys de las grandes multinacionales productoras de transgénicos han logrado que esa información no les perjudique, eludiendo dar esa información en muchos alimentos implicados en los procesos de modificación genética.

¿Cómo? Pues consiguiendo que la normativa obligue sólo a que se etiquete cuando un componente supere el 1% de modificación genética. Se excluyen de esa norma, además, los saborizantes, disolventes, aditivos y otros componentes que, aunque procedan de modificaciones genéticas, no superan ese porcentaje que el consumidor debe aprender a buscar de otra manera averiguando por su cuenta los ingredientes que, con casi toda seguridad, contienen transgénicos.

Y lo que es peor: ningún alimento derivado de animales alimentados con piensos transgénicos tiene que etiquetarse como tal. No existe una etiqueta que diga, por ejemplo: "Huevos de gallinas alimentadas con maíz transgénico". Y no es una cuestión baladí, ya que según una encuesta realizada por Greenpeace en 2006, el 60 por ciento de los europeos consultados no compraría huevos de gallinas alimentadas con transgénicos; se trata de la misma campaña en la que un millón de personas firmó pidiendo el etiquetado de alimentos derivados de animales alimentados con transgénicos, que pese al éxito de la campaña, no ha servido para que Europa regule nada al respecto, demostrando una vez más el peso de los lobbys en Bruselas. La consecuencia: el consumidor europeo está llevándose en la cesta de su compra sin saberlo huevos, lácteos y carne de animales que han sido alimentados con cultivos transgénicos.

Aunque en Europa el cultivo de transgénicos se reduce a la autorización que hay para plantar el maíz MON810 -de la que casi toda la producción se dedica a hacer piensos para animales-, lo que sí está permitido es la importación de transgénicos como la soja -usada para alimentación animal- y también la comercialización de productos importados de zonas donde no es obligatorio etiquetar los transgénicos.

Respecto al re-etiquetado, la ausencia de controles hace que en los supermercados encontremos muchos alimentos procesados que aunque deberían indicar según la normativa europea que contienen transgénicos, su información no hace ninguna referencia a ello. Es el caso de los cereales Kellogg´s, donde la alta carga de transgénicos (denunciada en la lista roja de transgénicos que elabora Greenpeace y demostrada por estudios de laboratorio de la revista Consumer) no se indica en ninguna parte del etiquetado.

Etiquetado de los cereales Kellogg´s, con alta carga de transgénicos.
Etiquetado de los cereales Kellogg´s, con alta carga de transgénicos.

 

La posible aprobación del Tratado Comercial con EEUU (TTIP), cuyas negociaciones se han llevado en el más opaco de los secretos, podría abrir el mercado europeo a los productos norteamericanos sin etiquetar como tales de manera masiva. Las declaraciones de los negociadores de que no se busca cambiar la normativa europea de transgénicos quedaría en papel mojado después de que los productos norteamericanos llegasen a Europa sin indicar si contienen o no más de ese 1% de OGM.

Dejando al margen los debates sobre los posibles efectos en la salud de comer transgénicos, ya que gran parte de los presupuestos de las empresas productoras se dedican a pagar informes científicos que demuestren la inocuidad de comer OGM; lo que sí reconocen es que existe un claropeligro medioambiental, ya que la propagación descontrolada de OMG -que poseen genes que les confieren ventajas frente a los vegetales convencionales- pueden entrar en competencia desigual con los cultivos no transgénicos, con lo que se propiciaría una disminución de la biodiversidad vegetal y la aparición de plantas resistentes a los herbicidas. Los efectos sobre la polinización -de la que depende la vida en el planeta- son ya hechos demostrados por la comunidad científica.

En lo económico, los transgénicos producen una monopolización de los cultivos. Las semillas modificadas transgénicamente, que cuentan con patentes, hacen que los agricultores y ganaderos dependan cada vez más de un menor número de multinacionales, entre las que destaca Monsanto.Es un camino trazado hacia el control del sistema de producción agrario por parte de los grandes grupos empresariales donde la información a los consumidores y la defensa del medio ambiente se ven como obstáculos a salvar.

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Ricardo Gamaza es periodista y realizador agroambiental.

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