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Hambre y desperdicio de alimentos

En América Latina y el Caribe existen, según los organismos internacionales, 47 millones de personas infraalimentadas, pero al mismo tiempo se desperdician 127 millones de toneladas de alimentos cada año.

Por Juan Trímboli

La decisión de escribir este artículo surge de la comprobación de una situación absurda e inaceptable. En América Latina y el Caribe existen, según datos de organismos internacionales, 47 millones de personas infraalimentadas, pero al mismo tiempo se están desperdiciando 127 millones de toneladas de alimentos cada año. Esto equivale a 223 kilos por habitante al año, si consideramos al conjunto de la población del continente.

¿Es un asunto relevante para las consumidores y sus organizaciones? Sin duda que lo es; un problema que no podemos ignorar y sobre el cual tenemos que reflexionar y actuar. Podemos dar muchas razones para esto, pero hay una sustantiva. Uno de los principales derechos de las personas en su calidad de consumidoras es tener una vida digna y saludable, y para ello el acceso a alimentos suficientes, seguros y de calidad es un asunto esencial.

Si bien en nuestra región se logró en los últimos 20 años reducir el número de personas que padecen hambre de 66 a 47 millones, la pobreza sigue siendo un flagelo y queda mucho por hacer para superarla definitivamente y así materializar ese derecho esencial de los consumidores. En la recientemente aprobada Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible se abordan las causas fundamentales de la pobreza a nivel global -842 millones de personas padecen hambre en el mundo- y la consiguiente necesidad universal de alcanzar un modelo de desarrollo más justo y por ende funcional para la eliminación de estas causas.

Por ello valoramos que varios de los objetivos para el desarrollo sostenible (ODS) contenidos en la Agenda 2030 estén estrechamente ligados a la sostenibilidad del sistema alimentario: poner fin a la pobreza, reducir a cero el hambre en el mundo, actuar para frenar el cambio climático, y avanzar hacia un modelo de producción y consumo responsable. Una de las metas precisas de este último objetivo es "reducir a la mitad, para el año 2030, el desperdicio mundial de alimentos en las cadenas de producción y distribución, incluidas las pérdidas posteriores a las cosechas".

Enfrentar la pobreza y la desigualdad

En la región latinoamericana y caribeña los países con índices más altos de infraalimentación son: Haití (49.8%), Guatemala (30.5%), Paraguay (22.3%), Nicaragua (21.7%) y Bolivia (21.3%).

Existe consenso en que en la región el hambre no es un problema de fabricación, sino de acceso a los alimentos. La producción agrícola supera en mucho al crecimiento poblacional y a la demanda. Somos uno de los actores más importantes en la producción mundial de café, azúcar, carne vacuna, maíz y lácteos.

Con los alimentos que estamos desaprovechando en América Latina se podría satisfacer las necesidades alimenticias de 300 millones de personas.
Con los alimentos que estamos desaprovechando en América Latina se podría satisfacer las necesidades alimenticias de 300 millones de personas.

 

Parece evidente que la seguridad alimentaria en la región está estrechamente ligada a la superación de la pobreza y a la extrema desigualdad existente. El alto precio de los alimentos tiene una incidencia directa en el poder adquisitivo de las familias, mientras que para acceder a alimentos seguros y de calidad es necesario disponer de agua potable, un derecho humano que hoy no tienen millones de latinoamericanos y caribeños.

Siendo América Latina la región del mundo más rica en agua potable por habitante, posee más del 30% de este recurso a escala mundial, la mitad de sus 600 millones de habitantes carecen de suministro periódico o tiene acceso a agua de mala calidad.

Las organizaciones de consumidores y otras entidades de la sociedad civil que siempre hemos tenido una postura activa e incidente ante estos problemas, tenemos hoy que colaborar para construir políticas y definir acciones ante las pérdidas y desperdicios de los alimentos; tema sobre el cual la oficina regional de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha tomado una actitud proactiva y elaborado el informe Pérdidas y desperdicios de alimentos en América Latina y el Caribe, que constituye una muy buena base para nuestra reflexión y trabajo.

En dicho informe se señala que cada año la región pierde o desperdicia el 15% de los alimentos disponibles, lo que impacta la sostenibilidad de los sistemas alimentarios, reduce la disponibilidad local y mundial de comida, genera menores ingresos para los productores e incide en el aumento de los precios para los consumidores.

Según la FAO, cuando hablamos de pérdidas nos referimos a la disminución de la masa disponible de alimentos para el consumo humano en las fases de producción, post-cosecha, almacenamiento y transporte. Por su parte, el desperdicio de alimentos se refiere a las pérdidas derivadas de la decisión de desechar los que todavía tienen valor nutricional, y se asocia principalmente con el comportamiento de los vendedores mayoristas y minoristas, servicios de venta de alimentos y los propios consumidores.

Un dato además importante para nuestro trabajo es que los eslabones de la cadena alimentaria donde más se pierden y desperdician alimentos en la región, son a nivel de la producción y del consumidor final. Las calorías perdidas y desperdiciadas ocurren en un 28% en el proceso de producción, otro 28% a nivel del consumidor; un 17% en el mercado y distribución y un 22% de las pérdidas se dan durante el manejo y almacenamiento, mientras que el 6% restante a nivel del procesamiento.

El alto precio de los alimentos tiene una incidencia directa en el poder adquisitivo de las familias.
El alto precio de los alimentos tiene una incidencia directa en el poder adquisitivo de las familias.

 

Con los alimentos que estamos desaprovechando en América Latina se podría satisfacer las necesidades alimenticias de 300 millones de personas. El economista y representante regional de FAO, Raúl Benitez, ha manifestado que "aunque es importante señalar que los países de la región disponen de calorías más que suficientes para alimentar a todos sus ciudadanos, la enorme cantidad de alimentos que se pierden o que acaban en los tachos de basura es sencillamente inaceptable mientras el hambre continúe afectando a casi el 8% de la población regional".

Y es también inaceptable porque las pérdidas de alimentos conllevan el desperdicio de recursos utilizados en la producción como la tierra, el agua, la energía y los insumos. En otro estudio de FAO sobre el tema Food Wastage Footprint: Impacts on Natural Resources, se indica que producir comida que después no se consume supone emisiones innecesarias de CO2. Y sin tener en cuenta la emisiones de CO2 que provoca el uso de la tierra, la huella de carbono de los alimentos producidos y que no son consumidos se estima en 3.300 millones de toneladas de CO2, que es un equivalente al consumo del tercer emisor de CO2 más grande del mundo después de Estados Unidos y China.

Y es inaceptable además porque las pérdidas y desperdicios de alimentos, que podríamos evitar, tienen un impacto negativo en los ingresos tanto de los agricultores como de los consumidores. Si se mejora la eficiencia de la cadena de suministro de alimentos se estaría contribuyendo a disminuir sus costos para los consumidores, aumentando la capacidad de acceso a éstos.

Una política para reducir las pérdidas de alimentos

Si consideramos que para el 8% de la población del continente el hambre es todavía un flagelo, por razones económicas, medioambientales y éticas no podemos incurrir en la irresponsabilidad de estar desperdiciando un volumen tan considerable de alimentos. Tenemos que avanzar hacia políticas nacionales y regionales que, convocando a todos los actores sociales, enfrenten y den solución a este problema.

En la región no partimos de cero. Ya existe un conjunto de iniciativas que buscan reducir las pérdidas de alimentos en las distintas fases de la cadena alimentaria. Ejemplo de ello son los bancos de alimentos, cuyo objetivo es reunir y redistribuir aquellos alimentos que por diversas razones son desperdiciados. Se trata de una iniciativa que estimula y posibilita las alianzas entre los sectores público y privado en cada país. En al menos diez países de la región ya se está implementando esta iniciativa, siendo interesante el caso mexicano donde una red nacional de 61 bancos rescató en el año 2014 más de 56 toneladas de alimentos.

En América Latina y el Caribe, la producción agrícola supera en mucho al crecimiento poblacional y a la demanda.
En América Latina y el Caribe, la producción agrícola supera en mucho al crecimiento poblacional y a la demanda.

 

También se constatan avances en la institucionalización del tema en políticas públicas, a través de leyes, normas y programas públicos. Entre otros se puede mencionar los casos de Argentina donde en el año 2015 se creó el Programa Nacional de Reducción de Pérdida y Desperdicio de Alimentos; y el de Chile, donde este año se presentó un proyecto de ley que apunta a modificar el Código Sanitario mediante disposiciones que prohíben la destrucción de alimentos que se encuentran aptos para el consumo humano.

De aprobarse esta ley, los supermercados tendrán la obligación de donar a instituciones de caridad aquellos alimentos que se vayan a desechar porque sus envases estén dañados o defectuosos, por la proximidad de la fecha de vencimiento u otras causas que no los inhabiliten para el consumo humano.

Si bien hay avances, no se ha definido todavía una estrategia regional precisa en este ámbito. Un aspecto de esta estrategia tendría que considerar la información y comunicación a través de campañas de sensibilización a cada uno de los actores de la cadena alimentaria. Estimo que éste es un aspecto donde los consumidores organizados podemos entregar una contribución relevante, incidiendo ante las autoridades públicas y en las esferas del proceso de producción y distribución. Pero principalmente sensibilizando a los propios consumidores cuya conducta está agravando esta situación.

Una encuesta reciente del Centro de Estudios de Opinión Ciudadana de la Universidad de Talca-Chile muestra que casi el 90% de los entrevistados tienen como práctica habitual desechar alimentos acumulados en sus refrigeradores. De ellos un 23% estima que esto es una práctica cotidiana y que están habituados a hacerlo, mientras un 17% no se cuestiona esta actitud.
Estamos, por lo tanto, ante un problema que involucra a toda la sociedad.

Tenemos que actuar porque sabemos que poniendo límites a los desperdicios de los alimentos estaremos entregando una contribución concreta al enfrentamiento y a la superación del flagelo de la pobreza y con ello, materializando el derecho esencial de las personas consumidoras a una vida con salud y dignidad.

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Juan Trímboli es director de la oficina de Consumers International para América Latina y el Caribe.

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