Ocio

Un día de furia: el día que todos merecemos

Es una sensación que muchos hemos tenido cuando hemos sufrido las tarifas abusivas de empresarios más obsesionados por los números que aquel Russell Crowe de 'Una mente maravillosa'.

Por Álvaro Velasco

Hace unos días estaba alternando con gentes varias en Malasaña, ese barrio pijo-progre de Madrid que tanto me gusta y tanto detesto. Entré en un bar de esos en los que el precio de más que pagas por tu copa lo compensas con un poquito de postureo instagramero. Veinte minutos después de entrar, me atendió una moderna de abecé que me miraba con el asquete del que huele un perro mojado. Pedí un gintonic, como mis parteneires.

Al cabo de media hora llegaron unos copazos con pocas gotas de ginebra, una tónica desconocida y hielos derretidos. "Es un gintonic", pensé. "No puede ser malo", me repetí. "A por él", me decidí. Llegó la hora de pagar, y aquel cúmulo de despropósitos nos salió a quince euracos por cabeza.

Fue cuando decidí que Un día de furia sería la siguiente película de la que iba a hablar. Porque en ese momento me habría encantado hacer un Michael Douglas. Y no me refiero a trincarme hasta al jarrón de las propinas. Habría cogido un bate de béisbol y habría repartido mandobles cual Dartagnan hooligan. Y no es que yo sea un bárbaro. Es una sensación que muchos hemos tenido cuando hemos sufrido las tarifas abusivas de empresarios más obsesionados por los números que aquel Russell Crowe de Una mente maravillosa.

Crowe, en Una mente maravillosa, rodeado de fórmulas matemáticas.
Crowe, en Una mente maravillosa, rodeado de fórmulas matemáticas.

 

Estamos ante una película frenética que combina inteligencia y falta de juicio a partes iguales. Joel Schumacher dirigió este film en 1993, dos años antes de reventar la saga de Batman y de casi hacer lo mismo con la carrera de George Clooney. William Foster (Douglas) sufre un parraque en un atasco, abandona el coche en la carretera y se dispone a vivir un viaje que recuerda mucho a la Odisea de Ulises pero cambiando a las sirenas por narcotraficantes, al cíclope por un neonazi y a Penélope por su hija en el día de su cumpleaños.

William es héroe, villano y todo lo contrario. Su locura ante tantos abusos genera una empatía que choca frontalmente con su situación familiar: divorcio con orden de alejamiento. La sucesión de escenas estrambóticas cargadas de una inusitada violencia consiguen que la película parezca una distopía de los años noventa americanos. Pero en la que lo realmente demoledor no es el universo creado, sino que está en la mente de un hombre que elige abandonar todo tipo de valores y dejarse inundar por la furia.

Llego hasta aquí sin hablar de Robert Duvall, que borda el papel de policía al que le queda un día para el retiro de la jubilación y que es el encargado de detener a Douglas. Ambos se cruzan en una escena final en la que, quizá, Schumacher peca de cobardía y que remata rápido y muy convencionalmente en un film que parte de una premisa nada convencional en el cine de hace dos décadas.

La escena

El bueno de Willy llega a un burger que recuerda sospechosamente a la cadena de restauración del payaso y la M color queso cheddar. Entra en el establecimiento tras haber pasado ya varias calamidades y con una bolsa llena de armas con un único objetivo: desayunar. Algo fácilmente entendible ya que las personas que trabajan sin haber desayunado rozan lo salvaje. Pero una pizpireta dependienta no quiere despacharle por haber pasado la hora del desayuno por pocos minutos.

Además del maravilloso gag en el que habla del parecido remoto entre las hamburguesas reales y las del anuncio. Sí, lo de las fotos que no son como la realidad no lo inventó Tinder, lo inventó McDonalds.

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Álvaro Velasco es guionista, periodista y cómico.

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