Ocio

Reventa de entradas 2.0: del viejo mercadeo al 'scalping'

¿Cumplen la ley las plataformas de tickets para conciertos y espectáculos? ¿Son realmente particulares los que actúan en las webs secundarias? ¿Cómo pueden agotarse en segundos miles de pases en una página?

Por Santiago Salas

Recuerdo perfectamente mi primer gran concierto. Fue el 24 de abril de 1998. Lo dio la banda de rock Dover (que, por cierto, acaban de anunciar que se separan) en el Auditorio de La Cartuja de Sevilla. Y recuerdo también cómo compré mi entrada, anunciadas a bombo y platillo en Los 40 Principales. Me planté en El Corte Inglés con mis dos mil pesetas concienzudamente ahorradas y me hice con ella.

Por aquel entonces, el protocolo era sencillo y tampoco había muchas más alternativas. Los conciertos se promocionaban básicamente en la radio, y si acaso en esos enormes posters que sirven de piel a las tapias de los viejos solares. Las entradas se vendían en grandes superficies casi en monopolio, dejando rara vez algo de margen a las pequeñas tiendas de discos.

Y así fue hasta que Internet, como hizo con todo, revolcó toda la industria del ocio. Para bien y para mal. Para abrir un abanico de posibilidades maravilloso y poder acceder a mil espectáculos y servicios, pero también para lucrarse a costa de quienes lo intentan.

La reventa no es un fenómeno nuevo. Ni siquiera nació, obviamente, al calor de la red. Como vieja es la ley que en muchas partes de España aún se aplica. La de la Comunidad de Madrid, por ejemplo, es de 1997 y apenas se limita a prohibir la reventa "callejera o ambulante". Un coto que hoy, evidentemente, resulta insuficiente. No hay mención (ni revisión) que trate la comercialización online. Pero no es la única brecha abierta en la normativa al respecto: aunque parezca absurdo, en función del lugar desde donde leas este artículo, la reventa de entradas estará amparada por ley o no.

La regulación varía

Efectivamente, la regulación puede variar en función de la Comunidad Autónoma, lo que contribuye a agrandar la sensación de vacío y de limbo normativo. O lo que es igual, el agujero por el que han entrado cientos de webs y plataformas para hacer negocio y en el que las autoridades de consumo ni siquiera se animan a entrar.

Porque es innegable que el volumen de reventa se ha disparado desde que existe internet. Las plataformas y páginas (digamos, oficiales) dedicadas a gestionar la venta de entradas para conciertos y espectáculos florecen como setas en un campo minado por el fraude y la estafa. Peligros disfrazados de webs de anuncios por palabras y, especialmente, de sitios que median (¿entre particulares?) enseñándote amablemente esa entrada que deseas y que no encuentras por ningún sitio porque... ¡oh, diablos! se han esfumado en segundos de las plataformas oficiales de un plumazo.

En ese punto se proyecta la sombra más sospechosa: el scalping. Una denominación que tiene su origen en las operaciones bursátiles y que, adaptado al caso, consiste en comprar cientos de entradas al instante con el único fin de revenderlas. ¿Cómo? A través de bots y otras herramientas informáticas avanzadas que se saltan los límites (suele existir un tope de 10 pases en cada operación de compra) y agotan las entradas en los sitios oficiales en segundos.

Las colas virtuales

Tras ello, las llamadas colas virtuales explotan. Los usuarios se quedan colgados con sus procesos de compra interrumpidos. Y así es cómo minutos después de poner en el escaparate miles y miles de pases para conciertos a celebrar en estadios mastodónticos, el papel se acaba. Ya no quedan entradas para Bruce Springsteen. Ni para Bruno Mars. Han volado. ¿Pero, a dónde?

Es fácil: una gran parte, a las webs de reventa. O, como ellas mismas insisten en autodenominarse, "de intermediación entre particulares". Una manera fina de referirse al chiringuito. Algunas guardan cierta sofisticación y se esconden tras ese término tan de moda como mal utilizado de consumo colaborativo, que esconde rentables negocios de reventa y usuarios desprotegidos. Otras operan a cara descubierta, redirigiendo al usuario desde la misma web oficial donde, ya no quedan entradas de las que busca, a otra página en la que sí se las ofrece, pero a precios disparados y con nuevas comisiones aplicadas. Aquí pagan el que compra y, también, el que vende.

Seguramente entre tanto trasiego no te habrás dado ni cuenta de lo que ello implica: por una misma entrada, el entramado de webs pertenecientes a una misma empresa lleva ya tres comisiones en el zurrón por un mismo pase: el que recauda en la página principal, más las dos mencionadas cobradas en el mercado secundario. Ahí está el gran negocio. Esa práctica, consumada a gran escala, se traduce en beneficios millonarios.

Pero, a la vez, también en riesgos para el consumidor, vulnerable y desprotegido frente a cualquier incidencia. Por ejemplo, a un tipo de fraude bastante asociado a la reventa: la falsificación. Un arte, hoy en día, bastante perfeccionado. Se han dado casos de fans que colgaron en redes sociales fotos de sus entradas y, a partir de ellas, otros avispados las clonaron a través de sus códigos de barras. De forma que al ir al concierto... sorpresa: otros habían accedido un rato antes con su copia perfectamente conseguida. Jugarreta gorda. Para ver el concierto, tendrán que esperar a comprar el DVD conmemorativo.

En esos casos, el marrón les cae a las promotoras. "Cuando vienen los problemas, a los que vienen a reclamar es a nosotros", lamenta el portavoz de una empresa que prefiere no dar su nombre. Firmas que suelen vincularse por contrato a las grandes plataformas de venta a las cuales encargan la gestión de los tickets.

Es otro de los riesgos de la reventa: ¿A quién reclamar? Cuando compras una entrada en canales oficiales, el usuario está protegido y amparado por la normativa de Consumo. Sabe, por ejemplo, a qué organismos debe dirigir su denuncia. La cosa se complica si hablamos de pases comprados en esas "páginas de intermediación" entre particulares. Si la web se desentiende justo con ese pretexto... ¿A quién le reclamas? ¿Al (supuesto) particular que te ha revendido? ¿Y cómo consigues sus datos? Ya puedes ir olvidándote: no tienes escapatoria.

Italia y Reino Unido

En Italia, la burbuja clandestina de la reventa acaba de explotar. En un programa de la cadena de televisión Italia 1 llamado Le lene (Las hienas), algo así como el Salvados de Jordi Évole en España, un portavoz de la promotora de conciertos Live Nation reconoció que su empresa desvía entradas al mercado de la reventa a cambio de un porcentaje en el recargo acumulado en el precio.

Tras la revelación, la sede de la empresa fue registrada y hasta el minisitro de Cultura, Dario Franceschini, admitió que la normativa ante este "fenómeno intolerable" es "insuficiente". El Gobierno italiano ya ha presentado una enmienda en la ley de presupuestos para regular la reventa. En Reino Unido, donde la reventa está muy extendida (especialmente alrededor de los espectáculos deportivos) los avances también son significativos. El Parlamento británico ha formado una comisión de investigación tras haberse detectado que los principales portales de reventa violan la ley de forma sistemática.

Pero, de lejos, la propuesta más sonada fue la del monologuista estadounidense Louis CK. En 2012, el humorista, hastiado de las comisiones abusivas, decidió salirse del circuito y gestionar él mismo los pases para sus espectáculos a través de su web, con el añadido de que si detectaba actividad inusual o una reventa a precios más altos al real, se guardaba el derecho de cancelar las entradas. Bajo la supervisión del artista, la reventa sólo estaba permitida al mismo precio.

¿Qué se hace en España?

En España apenas ha habido movimientos. Apenas se ha desmarcado Doctor Music, que anunció una querella contra la web Seatwave (filial de Ticketmaster) "por estafa" tras denunciar FACUA las maniobras de la empresa para desviar miles de entradas hacia los canales de reventa con los conciertos de Springsteen en España. Allí, bajo el sello del grupo Ticketmaster, se vendían al triple de su precio original. Sin ningún pudor.

Desde luego, aquí queda mucho por hacer. Empezando por homogeneizar la normativa y evitar la atomización de leyes en función de los territorios. Y siguiendo por algo tan obvio como clave: actualizar los términos de una normativa que, en vigor desde hace décadas en muchos casos, se nos va a caer a pedazos.

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Santiago Salas es periodista y miembro del equipo de redacción de Consumerismo.

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