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Guerra casera contra el cambio climático

Esta lucha no se lleva a cabo sólo en las grandes conferencias internacionales: la ciudadanía tiene la llave para frenar lo que está sucediendo con nuestro clima y que puede tener consecuencias desastrosas.

Por Ricardo Gamaza

El dióxido de carbono no es el malo de la película. Nuestra atmósfera lo contiene en un 0,035 por ciento y, pese a esa escasa participación, es esencial para hacer posible el efecto invernadero que permite que la Tierra sea un planeta habitable.

Este gas, junto a otros como el el metano y el vapor de agua, forman una barrera protectora que retiene parte del calor que nos llega al planeta por la radiación solar, manteniendo una temperatura planetaria que permite la vida tal y como la concebimos en la actualidad.

Sin embargo, cuando la cantidad de CO2 en estas capas de la atmósfera aumenta, las condiciones climáticas cambian. Aunque las variaciones del clima se han producido antes en nuestro planeta y de forma natural, en la actualidad es la acción del ser humano la que está produciendo cambios en el clima y la principal causa son los combustibles fósiles: carbón, petróleo y gas natural; que si bien es cierto que se usan masivamente en la industria, también son la energía que usamos diariamente para el transporte y la vivienda.

El resultado es que en el último siglo y medio, y de manera exponencial, la temperatura de la superficie terrestre está aumentando y lo más alarmante es que ese incremento de temperatura es cada vez más acelerado.

Los efectos del cambio climático no se vivirán de la misma forma en todas las partes del planeta. Los deltas del Ebro y del Guadalquivir son dos zonas especialmente en peligro si se cumplen algunos modelos de predicción numérica del clima, según los cuales además podrían desaparecer los climas de montaña como el de Sierra Nevada o Cazorla, se expandiría el clima subdesértico desde Andalucía oriental y subirían de manera generalizada las temperaturas.

También disminuirían las lluvias y se harían más frecuentes las sequías y las lluvias torrenciales, lo que causaría graves efectos erosivos. Mientras, el verano se ira convirtiendo paulatinamente en un horno insoportable que afectaría también a uno de los principales sectores económicos: el turismo de sol y playa.

Además de los compromisos gubernamentales y de diferentes administraciones como la Junta de Andalucía, que ya trabaja en una Ley que será pionera en la lucha contra el cambio global, a escala doméstica hay algunas acciones que podemos realizar para combatir el cambio climático sin que afecte a nuestra calidad de vida y nuestra comodidad:

- Apagar los ‘stand by’ de los electrodomésticos. Derrochamos energía que no usamos. Los sistemas que mantienen encendidos los equipos cuando no los estamos usando pueden suponer un 10% de la energía de los hogares. El uso de ladrones múltiples que tienen entre 3 y 10 enchufes con un interruptor común pueden facilitarnos que en un sólo click desconectemos los equipos de la red.

- Luz de bajo consumo. La iluminación casera con bombillas incandescentes supone hasta un 80% más de consumo que las de bajo consumo.

- Calefacción y refrigeración sostenibles. Modificar en un grado el termostato de nuestros aires acondicionados o calefactores genera un ahorro de un 10% en las emisiones de gases de efecto invernadero. Para el calor se estima que los 21 grados suponen un confort sostenible y en verano la temperatura óptima está en los 25 grados. Sin embargo la sabiduría popular realizaba antes de que estos aparatos invadiesen nuestros hogares remedios para combatir el calor veraniego: bajar las persianas en las horas de más calos y subirlas a la puesta de sol. Si además usamos plantas en ventanas, techos o balcones estaremos refrescando el ambiente.

- Consumo responsable. Adquirir productos sin envasar y cuya producción se haga realizado cerca de nuestra casa permite ahorrar la energía que es necesaria para su producción o su transporte.

- Come menos carne. Según la FAO, el 9% de las emisiones de CO2 proceden del sector ganadero, que ha crecido exponencialmente para satisfacer una dieta con mucha más carne que hace décadas. Nuestras dietas ricas en proteínas animales, alimentadas por una producción industrial e intensiva de carne y pescado, son una de las principales causas del calentamiento global.

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Ricardo Gamaza es periodista y divulgador agroambiental.

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