"Suena a juego de palabras gamberro pero llamar Timocracia a esta época es de lo más certero". @GerardoTC

El periodista escribe uno de los prólogos del libro en el que el portavoz de FACUA, Rubén Sánchez, relata 300 trampas con los que empresas y gobiernos nos toman el pelo a los consumidores.

"Suena a juego de palabras gamberro pero llamar Timocracia a esta época es de lo más certero". @GerardoTC

TIMOCRACIA, de Rubén Sánchez

Prólogo de Gerardo TeCé

Llamar Timocracia a la época en la que vivimos puede sonar a juego de palabras gamberro, pero no deja de ser una definición de lo más certera del momento que nos toca. La RAE debería tomar nota y actualizarse. En el Reino del firme usted aquí que la letra pequeña ya se la explicaré yo cuando sea demasiado tarde, el consumidor de Timocracia se convierte en una especie de pececillo con las aletas inmovilizadas en cabestrillo que nada por un mundo de tiburones en plena forma.

Tiburones que no sólo cazan pececillos por hambre -que también, el olor a dinero fácil abre el apetito- sino por dominio: el mar de la Timocracia y con él los consumidores que contiene, les pertenece. Y les pertenece porque alguien -llamémosle gobernante, ejem, de los mares- que debería hacer algo por los pececillos, permite y fomenta que la impunidad de los tiburones se convierta en paisaje cotidiano en este mar de la intranquilidad.

Hay muchos ejemplos en este libro de cómo funciona el juego amañado de las prácticas fraudulentas que dejan vendidos -manda huevos, que diría aquél- a los compradores. Uno muy representativo para entender las leyes físicas de la Timocracia es el de las grandes estafas de bancos, eléctricas u operadoras de telefonía móvil, por citar algunos de los sectores más entrepreneurs en esto de los abusos. Es claramente la estafa que más me gusta, mi favorita por su mezcla de sencillez, descaro e impunidad.

En un mar de millones de clientes, estas grandes compañías deciden un buen día pegarle un bocado ilegal a la factura o a las condiciones de un contrato. Un bocado que, multiplicado por millones de clientes pececillos, supone para estos grandes dueños del mar un enorme beneficio logrado de forma ilícita. Tras demostrarse tiempo después -sólo a veces- la ilegalidad cometida, el asunto se solventa -sólo a veces, de nuevo- con sanciones que, comparadas con las ganancias obtenidas gracias a la estafa, deberían ser llamadas propinas en lugar de multas. Una comilona de pececillos excelente, tomen su propina caballeros.

La situación de indefensión de los consumidores ante los diferentes tipos de abuso por parte de estas grandes empresas amantes de la piratería da para un libro como éste, pero también daría para un thriller. Un thriller en el que lo que da miedo no es la trama en sí, sino la naturalidad con la que hemos aceptado estar solos ante el peligro sin que nadie venga a echarnos una mano, sino más bien todo lo contrario.

Los organismos públicos que deberían velar por los derechos de los consumidores, ni están ni se les espera. Y esa indefensión es lo que pretende paliar este libro tan necesario. Ayudarnos a defendernos, avisarnos, a los que somos pececillos que nadamos con aletas en cabestrillo, de cómo, dónde y en qué condiciones se mueven los tiburones que nadan en círculo sobre nuestras facturas, nuestras compras, nuestros contratos.

"Es que parece que hay que haber estudiado derecho para ir por ahí tranquilo y que no te roben", me comentaba desesperado hace poco un familiar con problemas de tiburones. Le voy a regalar el libro para que, a la próxima que se vea en una así, lo saque como sacan la placa los polis en el cine y señalando la portada diga: "usted no sabe con quién está hablando y lo que me estoy leyendo".


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