Tecno

La protección de datos y la nueva generación de derechos en la era Facebook

La privacidad de los ciudadanos en el ámbito digital debe ser un pilar fundamental en un Estado de Derecho.

Por Jesús Acevedo

Puede que nadie esté ayudando más a la concienciación sobre la necesidad de proteger nuestros datos que el propio fundador de Facebook, Mark Zuckerberg. Seguro que la mayoría de la población ha escuchado algo acerca de que a partir del 25 de mayo de 2018 entra en juego la nueva regulación europea sobre protección de datos o, técnicamente hablando, el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), y que todo ello va ser un auténtico caos y va suponer un gasto demasiado considerable para cualquier entidad pública o privada, tratándose además de una ley que apenas sirve para borrar a un ciudadano de un fichero de morosos o de una lista de newsletters, o que no tiene más utilidad que proteger la lista de clientes de una empresa en caso de que algún trabajador disgustado con la misma se quiera llevar esa lista para ofrecerla al mejor postor.

Por desgracia en la mayoría de las ocasiones, no sabemos exactamente cual debe ser la verdadera utilidad de dicha legislación, así como los beneficios adheridos a una sociedad democrática, transparente y evolucionada, que respete la intimidad de sus ciudadanos o al menos, pueda monitorizar sus movimientos para fines estrictamente legítimos. Sin embargo, todo cambio social debe conllevar una generación de nuevos derechos que deben ir adaptándose a los tiempos.

En la época de la Independencia de los EEUU y de la Revolución francesa se consolidaron los derechos civiles que limitarían la acción del poder político y garantizarían la participación de los ciudadanos en el mismo. Debido a ello surgieron los derechos de la Primera generación, como el derecho a libertad de expresión, a la libertad política y religiosa, al voto, o simplemente a la vida. Derechos que apenas existían o que ni existían conceptualmente.

En la época de la Revolución Industrial se consolidaron muchos de los derechos sociales, ya que el cambio social produjo una gran demanda de empleo, lo que provocó la necesidad de proteger a los trabajadores, su salud, su educación o incluso asegurarles una vivienda digna. Son los conocidos como los derechos de la Segunda generación.

En pleno siglo XX, se desarrollaron los conocidos derechos basados en la solidaridad, la confianza y el libre mercado, entre ellos, el derecho a la paz, el derecho al medio ambiente, el derecho a una solución respecto a los problemas alimenticios, demográficos, educativos y ecológicos, y un derecho especialmente conocido por los lectores de esta publicación, el derecho de los consumidores.

Seguro que cualquier ciudadano, por poco versado que esté en el ámbito jurídico, puede reconocer fácilmente que cualquiera de los derechos anteriormente mencionados no le pueden ser negados bajo ningún concepto, en principio. ¿O es que si algún día me niegan mi derecho a votar, a trabajar, a expresarme libremente, a no ser víctima de un fraude o de una estafa por un comercio u operador o simplemente a vivir…, me tengo que callar, resignar y aceptar simplemente las circunstancias o el menoscabo a mis derechos?

Pues exactamente eso ocurre con la protección de datos. Y parece que no nos queremos dar cuenta. Por muchas noticias que salgan al respecto, por muchas sanciones que establezcan las autoridades de control (en España, la Agencia Española de Protección de Datos), por muchas prácticas de dudosa legalidad que denuncien las organizaciones de consumidores… Parece que es algo a lo que el ciudadano de a pie no tiene más remedio que resignarse.

Sin embargo, a día de hoy, todos nosotros llevamos encima un móvil de última tecnología, utilizamos tablets y dispositivos electrónicos que conocen nuestros hábitos, desde la hora a la que nos vamos a dormir porque dejamos de utilizar la mensajería instantánea de Whatsapp o hasta cuándo y cuántas veces lavamos la ropa en la lavadora o abrimos el frigorífico, si tales electrodomésticos están conectados a Internet y por tanto forman parte de la llamada Internet de las cosas (el IoT). Ya no hablamos simplemente de que los periódicos digitales sepan cuáles son los contenidos en los que más tiempo pasa su lector, o de que al usuario de Internet se le aparezcan anuncios publicitarios respecto a los productos que ha estado buscando en las últimas semanas. Hablamos de que tu Smart TV, sabe qué canales o que programas ves…, y a que hora apagas la televisión por la noche.

Y todo esto no es un episodio de la serie Black Mirror o de Expediente X, todo eso es una realidad que depende de ti y de que utilices un dispositivo conectado a un punto WIFI que conecte a Internet cualquier aparato con el que interactúes. No sólo Facebook, o Google, es capaz de averiguar todas esas estadísticas, costumbres o hábitos sobre tu persona, sino que cualquier dispositivo ‘inteligente’ puede mandar esa información a su dueño o a la empresa que lo creó, al más puro estilo Skynet, tal y como se veía en la película Terminator y su futuro distópico.

Seguro que cuando estrenaste la Smart TV, el nuevo smartphone, la lavadora inteligente o el frigorífico ultratecnológico no te paraste un momento a leer, y sobre todo entender, para qué se iba a almacenar la información que en tu día a día ibas a otorgar a dichos dispositivos. Tampoco era tan importante. Era más urgente poner en funcionamiento el dispositivo o las ansias de probar las bondades del cacharro tecnológico, que ser consciente de las consecuencias que podrían acarrear el uso del mismo. Total, ¿que más da?

Puedo entender que te moleste más que el trabajador de la caja de ahorros que está debajo de tu casa y en donde has abierto una cuenta pueda ver que te dejaste un dinero importante en la barra de una discoteca el sábado pasado, que el que la CIA o un señor de Palo Alto pueda entrar en sus registros y saber a qué hora dejas de mandarles mensajes a tu pareja... ¡o tus fotos! Y es que además puede saber tu edad, especialmente si tú le das esa información para que tus amigos digitales te feliciten, o incluso que sepan si te dejas influenciar en tu perfil para colocar un marco que celebre el Día del Orgullo o un lazo que sirva para solidarizarte con los atentados de París. ¿De verdad que tan buenas y comprometidas son las redes sociales en ese sentido? O a lo mejor no dejan de ser un baremo para medir cuan influenciable eres.

Pues algo así paso con Cambridge Analytica, una compañía que, parece ser, consiguió a través de Facebook influenciar en el voto de una cantidad considerable de personas respecto a temas como el Brexit, la presidencia de Trump o que desde Rusia se promuevan muchas noticias falsas. Es por todo este caso que el fundador y máximo responsable de Facebook, Mark Zuckerberg, tuvo que testificar ante el Congreso de Estados Unidos el pasado martes 10 de abril de 2018, para dar explicaciones por el escándalo relativo a la cesión masiva de datos de Cambridge Analytica, algo a lo que se limitó a contestar, en resumidas cuentas, con un “no fue suficiente”.

Sin embargo, el momento más memorable de la comparecencia (y que posiblemente dentro de unos años veamos adaptado fielmente en alguna película como ya hizo el director David Fincher con la película sobre la creación de Facebook La red social), fue el instante en el que el senador Dick Durbin le hizo la siguiente pregunta al padre de la aplicación social más famosa de todos los tiempos:

Senador: "¿Te sentirías cómodo compartiendo con nosotros el nombre del hotel en el que te hospedaste anoche?".

Zuckerberg: "Um, uh... (pausa de 8 segundos). No".

Senador: "Si te has enviado mensajes con alguien esta semana, ¿compartirías con nosotros el nombre de tus interlocutores?".

Zuckerberg: "Um, uh... No".

Las brillantes preguntas del senador resumen y hacen más que cualquier normativa nueva que pueda aparecer en los próximos años. Debemos ser conscientes de nuestra privacidad, de lo importante que es que tengamos derecho a ser informados de quién maneja nuestros datos, de si podemos oponernos a que lo hagan o a dónde podemos acudir.

Si alguien no quiere ejercer sus derechos en protección de datos está en su pleno derecho, al igual que si un trabajador no quiere ejercer sus derechos laborales o que un consumidor no quiera ejercer los derechos que le asisten como tal. Pero hay que respetar, proteger y garantizar que la persona que quiera hacerlo tenga derecho a hacerlo y pueda materialmente ejercitarlo. Será algo propio de países desarrollados, de derechos de cuarta generación, que respetarán una de las básicas libertades fundamentales, siempre bajo unas bases de legitimación éticas y proporcionadas.

Y si no respetamos lo suficiente a la privacidad como Estado de Derecho, estaremos más cerca del sistema ‘precrimen’ de Minority Report que de una democracia amparada en valores constitucionales. Y si no me creen miren a China, que hace poco estrenó en la región de Xinjiang un sistema policial llamado IJOP (Integrated Joint Operations Platform), que preverá delitos a través del análisis de información masiva (Big Data) de sus residentes... o en algunos baños públicos chinos, donde para evitar que la gente robe el papel higiénico se les exige previamente un reconocimiento facial, con el fin de controlar la cantidad de rollo higiénico que se utiliza por cada uno de los usuarios.

"Creo que de eso trata todo esto", sentenció el senador Dick Durbin en la ronda de preguntas a Zuckerberg. "Tu derecho a la privacidad, los límites de tu derecho a la privacidad, y cuánto das en los Estados Unidos modernos en nombre de conectar a personas de todo el mundo", le dijo el senador. Yo también creo que de eso trata todo esto, no sólo a EEUU, sino a toda organización pública o privada del mundo.

Porque mis datos son míos, no de ellos.

__________

Jesús Acevedo es abogado y mediador.

Hazte socio pleno o inicia sesión para leer el último Consumerismo
Ya somos 51.767