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La utopía postcapitalista positiva es posible (y ya está en marcha)

La visita a España del periodista y escritor Paul Mason permite el desarrollo de un taller donde diferentes agentes sociales, entre ellos FACUA, se permiten imaginar un futuro que está comenzando ya.

Por Ángeles Castellano

¿Por qué cuesta tanto imaginar el futuro? Lanzo esta pregunta en esta misma revista al economista, periodista y consultor Paul Mason (Leigh, Reino Unido, 1960). La respuesta, me dice, es sencilla: porque desde los años 90, las élites se han convencido de que el capitalismo y la democracia han llegado a la perfección y no tienen fin. En esa idea hemos crecido, y desde entonces la izquierda parece haberse resignado a vivir en el no, en la resistencia, sin ser capaz de hacer propuestas positivas que mejoren, de manera real, la calidad de vida de la ciudadanía. La crisis de 2008 ha derivado en una precariedad de la que parece que no podemos escapar, y el discurso político desde entonces parece instalado en la falta de alternativas reales.

Sin embargo, otro sistema es posible. Y ya ha comenzado a suceder. No sólo lo sostiene Mason, otros pensadores están comenzando a plantearlo, aunque ese nuevo sistema aún no tenga nombre, ni forma clara, ni fecha de implantación. Mason lo ha llamado postcapitalismo, por aquello de que será lo que venga después del capitalismo, y una visita a Madrid a finales del pasado mes de noviembre permitió una sesión de trabajo en la una treintena de personas involucradas en diferentes agentes sociales -FACUA-Consumidores en Acción entre ellos- pusieron sobre la mesa algunas ideas para la transición al nuevo paradigma, dentro del ciclo Seis contradicciones y el fin del presente del Centro de Estudios del Museo Reina Sofía.

La base del trabajo es el propio libro de Mason, Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro (Paidós, Barcelona, 2016), que parte de dos ideas fundamentales: la sociedad actual está basada en la abundancia, no en la escasez. La última revolución tecnológica, la de la tecnología de la información, ha abaratado tanto los costes de producción que ha llegado casi a eliminarlos (o sin el casi, en muchos casos), lo que implica que no se le puede dar un valor comercial, esto es, poner un precio, a muchos de los artículos que se venden. Pero además, la tecnología de la información ha provocado un nivel de automatización tan alto que hace innecesarios muchos puestos de trabajo. Una mayor productividad, hoy, no implica un mayor número de empleos. Todos los paradigmas conocidos dejan de ser útiles, y la única solución ofrecida hasta ahora ha sido la huida desesperada hacia delante, que ya sabemos que no es sostenible.

Lo que propone Mason y lo que se trabajó en el taller de noviembre parte de la idea de una sociedad con servicios básicos garantizados, que desvincule el trabajo de los salarios y que, por tanto, permita a la ciudadanía tener tiempo libre para trabajar en servicios que pueden ofrecerse de manera gratuita, además de dedicarlo también a los cuidados y, por qué no, al ocio. Para lograrlo, habría que iniciar una transición que ya ha comenzado, a través de iniciativas sociales que ya están funcionando. Para Mason, será la combinación de estas iniciativas (cooperativas, fundamentalmente) y el impulso de políticas públicas las que consigan esa transición. Entre otras cosas, el autor plantea la creación incluso de un Ministerio del No Mercado, que permita la gestión de todos esos servicios que no pueden -ni deben- ser mercantilizados, que crecerá en la medida en la que se reduce el propio mercado, que expulsa trabajadores y productos y servicios que quedan ya fuera de sus leyes.

Se generaría una amplia economía no-mercantil, es decir, la producción social, cultural, educativa o artística que crean valor para la sociedad pero quedarían fuera del mercado, y así se podría dar de una manera más libre y tendría un valor en términos sociales y humanos, no económicos. No producirían, por tanto, beneficios económicos, pero sí valor social. El mercado seguiría existiendo como agente necesario en el intercambio de bienes y servicios y como mecanismo para incentivar el desarrollo y la innovación, pero operaría en un marco reducido de la economía, no sería la estructura misma del sistema, y así, los intereses privados no podrían secuestrar los intereses colectivos.

¿Y cómo se organiza esto? El taller del pasado mes de noviembre se dividió por áreas temáticas (clima, tecnología, cotidianidad y trabajo, demografía, mercado y servicios públicos), para trabajar en ideas que podrían articular el nuevo sistema. Los participantes esbozaron algunas conclusiones. Así, desde la honestidad de la incapacidad de imaginar ese futuro, el área de demografía sugirió que, en un mundo en el que ya no es necesario acumular o poseer, porque el acceso a los bienes está garantizado, y en el que la propia vivienda está también garantizada, no es necesario entonces estar establecido, lo que podría llevar al nomadismo y a la resolución así de muchos de los conflictos generados hoy por las migraciones. El propio concepto de ciudadanía tendría que ser redefinido, algo que podría llegar a hacerse gracias a la tecnología.

El grupo centrado en este aspecto, la tecnología, basó sus conclusiones en el uso del software y hardware, libre, ambos desarrollados gracias al apoyo público y ligados al desarrollo de licencias copyleft (que defienden que todas las modificaciones que se hacen a los productos de software libre deben ser también libres). Otras ideas que pusieron encima de la mesa fueron el uso de un código libre de transmisión para televisiones, las criptomonedas de código abierto, algoritmos transparentes y, fundamentalmente, la soberanía de datos para la ciudadanía.

La mesa de cotidianidad y trabajo debatió sobre cómo desligar el trabajo del salario, pero también sobre la distribución de los trabajos poco deseados, como la recogida de residuos, algo que quizá podría resolverse con la automatización de determinadas tareas.

Para el área de servicios públicos, el principal problema es conseguir la financiación para lograr que estos sean universales, algo que, según sus conclusiones, debería involucrar a las grandes multinacionales, que pasarían a ser consideradas proveedoras de financiación. La educación sería, sin duda, uno los elementos esenciales de la transición hacia el postcapitalismo, con el desarrollo de capacidades alrededor del conocimiento.

El grupo que trabajó sobre el mercado concluyó en la necesidad de crear un sistema micro o local que gire en torno a la autosuficiencia, la autogestión y la recuperación de la agricultura y el consumo de productos de proximidad. La escala de la ciudad debe hacer de esta un espacio habitable, humano.

Quizás la mesa que encontró más conflicto fue la dedicada al clima, porque vivimos una crisis ecológica y de recursos, algo que se podría acentuar con la potenciación de la automatización.

Los retos son muchos, pero también son muchas las iniciativas que ya dan señales de que la transición ha comenzado. Cómo liderar el proceso desde las élites políticas que conecten con las iniciativas que ya están en marcha es una de las grandes incógnitas. Y la resistencia que esta transición generará también será gigante, fundamentalmente de parte de las élites en el poder, que tratarán de mantener el sistema incluso a costa de los recursos naturales o humanos. Mason cree que la transición generará conflicto, pero la perpetuación del sistema actual también lo hará. La diferencia estará, pues, en el objetivo final por el que se luche.

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