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Sobre la Constitución, los partidos de izquierda, la pobreza energética y el nuevo cooperativismo

Algunos apuntes a los artículos de Carlos Puente y Olga Ruiz y a la entrevista a Paul Mason aparecidos en la 'Consumerismo' de diciembre de 2018.

Por Francisco Acosta Orge

La lectura del número de diciembre de 2018 de Consumerismo me ha predispuesto para la elaboración de este artículo. Mi idea, desde que me invitaron a colaborar en la revista, era hacerlo más espaciadamente. Pero partiendo de que defiendo con todas sus consecuencias la libertad de expresión, quiero también mostrar mi desacuerdo con las opiniones que se vierten en el ejercicio de este derecho.

He tenido, desde hace muchísimos años, la convicción ética de que lo que uno pregona de palabra y obra debe estar dirigida a hacer posible el bienestar de la sociedad y, desde el ejemplo personal y responsable, nunca lanzar mensajes estériles de utopía o crítica despiadada, que a la corta o la larga terminen creando confusión o confrontación, para que todo siga igual.

Estamos en la era de los Deberes Indoloros: "Jamás se escuchó a tanta gente decir que todo está mal […] Yo estoy en desacuerdo con todo lo que hay, pero que no me toquen mis ingresos, mi bienestar, mi seguridad…". Invito a la lectura de un libro, que ha resultado ser profético, escrito en 1992 por el filósofo francés Gilles Lipovetsky, titulado El crepúsculo del deber: La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos.

Por ello, con todo el respeto por mis compañeros y compañeras articulistas de la revista, quiero mostrar mi desacuerdo con algunas de las opiniones que vierten en la misma.

En primer lugar me referiré a la opinión de Carlos Puente Martín sobre la actual Constitución Española de 1978. Cualquier persona que haya leído ese número se habrá dado cuenta de la abismal diferencia de criterios sobre la misma entre Carlos y el que escribe estas líneas. Es la noche y el día. Tengo la impresión de que Carlos no sufrió mucho los estragos de la dictadura.

Habla de nuestra Constitución con un cierto desprecio intelectual hacia los millones y millones de ciudadanos españoles que sufrieron y sufrimos al régimen franquista desde el 18 de Julio de 1936 hasta, por lo menos, el final del año 1977 en lo represivo, en la falta de libertades, en el mínimo decoro humano para sobrevivir durante cuarenta años. Se permitió el lujo hasta de no ir a votar. No conozco si esta opción fue expresada entonces con la claridad que lo manifiesta cuarenta años después.

Fraga Iribarne, Blas Piñar, Arias Navarro, Utrera Molina, acérrimos franquistas y numerosos altos mandos militares, predispuestos a dar un golpe de estado contra la naciente democracia, escenificaron públicamente su no a la Carta Magna.

Esa Constitución nos daba la posibilidad de empezar a vivir la vida en toda su dimensión. Claro que no era perfecta, ni resolvía todos los problemas que la sociedad española tenía y podía tener en un futuro, pero servía para sentirse libre, con derechos humanos universales (cumplidos o pendientes de cumplir), con partidos democráticos (que cumplirían o no sus promesas más adelante), con ciudadanos -millones- que no iban a participar en el ejercicio de los derechos que se le brindaban, con corrupciones, con todos los defectos que puede engendrar la convivencia de los ciudadanos en cualquier sociedad moderna, en cualquier nación o país.

¿Qué esperaba Carlos, una revolución a la francesa tipo siglo XVIII, u otra tipo bolchevique como la de 1917? Teníamos una sociedad, salida de una dictadura como la franquista, que pedía sólo, y no en su gran mayoría, libertades democráticas para avanzar en una nueva sociedad con mejor calidad de vida y la superación de los miedos e incertidumbres que se habían vivido durante más de cuarenta años.

Cambiando de tema, quiero continuar esbozando un comentario sobre la actual situación política y social que sacude a las sociedades desarrolladas del planeta. El grado de insatisfacción colectiva que la crisis de 2008 ha generado, y sigue generando, está produciendo una crisis de valores a los que los partidos políticos de los sistemas democráticos que gobiernan nuestras sociedades no consiguen dar respuesta.

En este caso me referiré a los llamados de ideología de izquierda o de progreso. En mi modesta opinión, ese giro electoral hacia la derecha más radical que se está dando en multitud de consultas electorales en diferentes países no viene dado porque estos partidos hayan abandonado sus valores tradicionales de solidaridad y de progreso, sino porque no tienen en cuenta que el sistema capitalista, antes y durante este periodo de crisis económica y de valores, ha irrumpido con todo su poderío mediático y material en la conciencia general de nuestras sociedades. Ya lo decía Karl Marx en el siglo XIX, y entonces el capitalismo era mucho menos universal que ahora: "La ideología dominante es la ideología de la clase dominante". En aquellos tiempos, igual que ahora, es la del capitalismo.

Estatua de Karl Marx y Friedrich Engel en Berlín.
Estatua de Karl Marx y Friedrich Engel en Berlín.

 

La reducción del papel preponderante de la clase obrera en la era industrial ha traído el declive de la ideología de la resistencia a la explotación capitalista que protagonizaron, con éxito por lo general, los partidos socialistas, comunistas y el sindicalismo de clase, que conquistaron para una gran parte de la Humanidad unas cotas de bienestar como jamás se conoció en la historia.

Esta ideología sentó las bases de la solidaridad, y de la lucha contra las injusticias directas e indirectas, y trajo consigo el Estado del Bienestar, incluido el de España, que a veces vemos peligrar. Pero la ideología dominante ha derrotado de momento a la ideología de la izquierda. Tenemos un ejemplo en el proceso de construcción de la Unión Europea. A lo largo de cincuenta años se ha ido implantando un mercado común, una moneda única, un parlamento, un consejo de ministros, tribunales de justicia, políticas agrarias y comerciales comunes, etc.

Pero la política social ha quedado fuera de las competencias de la Unión y sigue siendo responsabilidad de cada uno de los estados. Por ello, cuando llega la gran crisis económica de 2008, las prácticas neoliberales seguidas por los partidos gobernantes nacionales, incluidos los de carácter socialdemócrata, nos traen graves efectos sociales en forma de paro, reducción de salarios, limitaciones al derecho a la negociación colectiva y recortes sociales que afectan fundamentalmente a la clase trabajadora.

¿Y como se materializa por lo general esta ideología? En el desaforado consumismo que afecta a todas las clases de la sociedad. Cuanto más consumo, más insolidaridad, más dominio ideológico de los que dominan el sistema en la mayor parte del planeta, más destrucción del medio ambiente y un futuro incierto para la humanidad.

Frente a esta hipoteca, en el sentido económico y social, la izquierda política -la clásica y las que han aparecido al calor de esta crisis- sigue denunciando las injusticias del sistema, pero lo hace recurriendo a esquemas y argumentaciones con un cierto sabor rancio y decimonónico. En los manifiestos políticos de estas formaciones ocupa un lugar importante el tema de la pobreza: umbral de la pobreza, riesgo de pobreza, marginación, etc. Se dirigen a sectores de la sociedad, minoritarios, que por lo general no votan o no están interesados en la cosa pública. El término pobreza debe ser esclarecido y adaptado al presente, con datos reales y no sólo estadísticos. La mayoría de la sociedad no se siente aludida por este término, y quiere que no se pierdan las conquistas políticas, democráticas, económicas y sociales.

Por ello, no puedo compartir el artículo de Olga Ruiz Legido. Es una señal de denuncia y alarma que no parece conmover. Ella misma pone ejemplos de lo que sucede en la mayoría de países. Antes que nada tendría que haber aclarado esa cuestión tan peliaguda de pasar frío. Hace unos meses una noticia solvente aclaraba que el bono social eléctrico era utilizado por un bajo número de ciudadanos en condiciones de bajos ingresos. En las ciudades andaluzas se pasa frío, salvo en el salón comedor, en la mayoría de las habitaciones.

Pocas son las viviendas con calefacción central, incluidas las existentes en las zonas frías de España, de la mayoría de los trabajadores. Esto no viene dado sólo por razones de poder adquisitivo -que las hay- sino también por la penuria económica y cultural que, a lo largo de los siglos, ha sufrido nuestro pueblo y por el tipo de vivienda que, salvo los poderosos, ha tenido. ¿Millones de españoles pasando frío? ¿No es algo exagerado?

Respecto a la entrevista a Paul Mason, se nos ofrece más de lo mismo en forma de mensaje, en este caso, con una carga mayor de cosmopolitismo socioeconómico y político.

Sus propuestas son demasiado optimistas para que podamos creérnoslas fácilmente. La superación del actual capitalismo, principalmente financiero y poco productor de riqueza, no se va a resolver con el cooperativismo que Mason nos propone. El cooperativismo resultante en los tiempos actuales, tras la crisis económica y el declive de la era industrial en muchos países desarrollados, es una forma más de explotación capitalista mucho más pérfida y sibilina.

La clientela de estas cooperativas o sociedades de emprendedores autónomos, por lo general, no son los ciudadanos a nivel individual sino las grandes corporaciones empresariales -de producción o de servicios- que se ahorran así pagar cuotas a la Seguridad Social y otros impuestos inherentes a los empresarios y enfrentamientos laborales con los sindicatos.

Eso no va a ayudar a resolver los graves problemas que afectan, de cara al futuro, a las jóvenes generaciones que tendrán que incorporarse al mercado laboral. Sólo el cooperativismo de carácter agrícola, que se basa en la propiedad de la tierra, puede ser relativamente autónomo frente a la agresividad capitalista y empresarial. Incluso en este sector, desde hace años, se producen invasiones empresariales en forma de capitalismo agrario.

Desde la izquierda política y sindical y a través del Estado se deben propiciar políticas que generen empleo a partir de la revolución digital e informática a la que asistimos. Claro que en el futuro habrá un nuevo tipo de producción, pero hay que dirigirla hacia los intereses de la mayoría de la sociedad. La era industrial no ha desaparecido. Han cambiado los lugares geográficos y las tecnologías, pero las concentraciones laborales permanecen. Aparecen nuevos nichos de empleo pero las grandes concentraciones de asalariados en los países desarrollados permanece: la Administración, la enseñanza y la sanidad pública, el ascendente sector de los servicios a la ciudadanía, turismo, transporte, asistencia a las personas en edad avanzada... más los centros productivos de alto nivel tecnológico como la fabricación de aviones, automóviles, electrodomésticos, material de comunicaciones, etc., suman millones y millones de personas en todo el mundo. Esta envergadura productiva, creo modestamente, que no la va a resolver el cooperativismo del que nos habla el señor Mason.

Convencer al empresariado para que sea mejor en un futuro y deje de obtener riqueza a costa de los asalariados o de la especulación financiera es una empresa difícil de acometer, como no sea a base de presionar, a través del sindicalismo democrático y de los gobiernos democráticamente elegidos, para obligarle a negociar con los que generan las riquezas -los trabajadores-, para repartirlas mejor o bien conseguir por el convencimiento, la cultura y la educación que accedamos a una sociedad donde la generación de riqueza no se realice, en gran medida, sobre la base de explotar a los trabajadores.

Resulta sorprendente que, en toda su disertación, en una buena parte referida a España, no mencione ni una sola vez el protagonismo de los sindicatos democráticos.

No conoce o valora que, por ejemplo, la central sindical Comisiones Obreras cuenta con cerca de un millón de afiliados, cifra comprobable fácilmente, ya que la cuotas se cobran por descuento en nómina. La central UGT tiene también una gran masa de afiliados. Juntas, acaparan millones de votos para la elección de los comités de empresa y delegados sindicales. Pero además participan y negocian los intereses de los trabajadores a los que representan en multitud de instituciones del Estado, de las comunidades autónomas y de los municipios. Es una realidad que no se puede soslayar, al menos en España.

Otra de las cuestiones que propone el señor Mason y que está teniendo cierta resonancia, sobre todo al analizar los estragos socioeconómicos de la crisis de 2008, es la idea de dotar de una renta básica a todos los ciudadanos al nacer. Los promotores de esta iniciativa no terminan de aclarar de donde procedería la riqueza monetaria para semejante dotación. Estoy en desacuerdo con este asunto. Pero la mejor argumentación la he encontrado en una de las tesis que el catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, Carlos Prieto, y el profesor de Sociología de la Universidad Libre de Bruselas, Mateo Alaluf, escriben sobre este asunto en la revista Gaceta Sindical de Comisiones Obreras:

"Cualquiera que sea la propuesta concreta de implantación de la renta básica, todas ellas tienen un punto crucial en común: la desconexión entre renta y trabajo. El trabajo dejaría de ocupar el lugar central de articulación social que había llegado a alcanzar en la sociedad salarial y que institucionalmente toma la forma de la Seguridad Social; y con él la figura del trabajador (asalariado). Que el trabajo y la figura del trabajador ocupen o dejen de ocupar ese lugar no es una cuestión menor, en términos sociales y políticos. Sobre todo, si se piensa que si el trabajo y la figura del trabajador han llegado a ocupar esa posición de privilegio o relevancia, no es el resultado de la simple aplicación de una buena idea, más o menos tecnocrática, para construir un ordenamiento social cohesionado. Es mucho más. Es el resultado de un largo proceso histórico iniciado ya en el siglo XIX, en el que ha participado como actor principal la clase obrera organizada a través de heroicas luchas. […] Es más, dio origen al mayor conflicto político y social que ha atravesado la modernidad: el conflicto planteado por la cuestión social obrera".

La filosofía general de sus argumentos, reflejados en el número de Consumerismo que comentamos, me trae a la memoria algunas experiencias que se dieron en el siglo XIX, al calor de la aparición de las ideologías marxista y anarquista, en algunos lugares de Europa y América y que se denominó falansterio. Este nombre se le dio a unas prácticas que pusieron en marcha algunos de los llamados socialistas utópicos, que rechazaban la lucha de clases y creían en la buena voluntad de las personas. Esto consistía en la adquisición de un determinado territorio geográfico, y en establecer a través de un determinado colectivo de trabajadores una sociedad sin explotadores ni explotados. No existía el dinero, no había horarios laborales, el trueque era la regla mercantil y nadie de los que componían aquellas sociedades poseía ninguna propiedad. Algunas de estas experiencias fueron conocidas e incluso llevadas a la literatura, pero al final se autodisolvieron sin dejar apenas marca en la historia de las experiencias para mejorar el funcionamiento justo de la sociedad.

Paul Mason. | Imagen: Marta Jara (eldiario.es) (CC BY-SA 3.0 ES).
Paul Mason. | Imagen: Marta Jara (eldiario.es) (CC BY-SA 3.0 ES).

 

Quedo algo desconcertado por lo que se señala en la biografía de Mason de ser un importante asesor de políticos de la izquierda europea y sobre todo del actual presidente del Partido Laborista Británico. Los partidos de la izquierda europea andan muy mal en los últimos años en resultados electorales, necesitan mucho más asesoramiento y observación para salir de la crisis de confianza de las clases populares. Sobre todo, necesitan concienciar y educar a la ciudadanía, reconquistar el hecho de la política como un bien extraordinario para la sociedad, es decir, generar ideología para contrarrestar a la dominante del capital y dejar de lado el excesivo electoralismo que las domina desde hace bastantes años.

En cuanto al líder de los laboristas ingleses, mi impresión es muy negativa sobre su actuación en el referéndum sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, que implicaba la institucionalización de la xenofobia, la negativa al ejercicio del trabajo para los emigrantes, leyes laborales restrictivas, etc. Jeremy Corbyn se hizo notar poco ante los trabajadores británicos en la campaña del referéndum para defender la permanencia en la UE.

A mi entender, la derrota en el brexit tuvo mucho que ver con la actitud general del Partido Laborista en la campaña electoral, frente a la activa actuación de los conservadores y políticos xenófobos antieuropeos. Nada que ver con la actuación, decidida y enérgica, de su antecesor en el cargo y ex primer ministro, Gordon Brown, para defender la permanencia de Escocia en el Reino Unido, decisiva para convencer a muchos ciudadanos escoceses para que no votaran por la independencia.

Antes de terminar quiero expresar el valor cultural y didáctico que representa la diversidad expresada en la revista Consumerismo y que está a la altura de los grandes objetivos de FACUA como organización de consumidores, al servicio de la mayoría de la sociedad civil, en su afán de lograr una sociedad más justa y democrática para la convivencia.

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Francisco Acosta Orge es miembro del sindicato Comisiones Obreras y patrono de la Fundación FACUA.

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