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Sara Mesa: "Creemos que hablamos nosotros, pero ciertas ideologías pueden estar utilizando nuestra voz"

La escritora sevillana, una de la voces jóvenes más premiadas, publica 'Silencio administrativo', que denuncia el laberinto burocrático que imposibilita a las personas sin hogar acceder a las ayudas públicas.

Por Ángeles Castellano

Sara Mesa (Madrid, 1976), reside desde niña en Sevilla. Periodista y filóloga de formación y escritora de vocación, es una de las voces jóvenes más premiadas y con mayor proyección en la escritura de ficción. A través de sus libros de cuentos (o relatos) y sus novelas (como Cicatriz, de 2015, Mala letra, de 2016, o la más reciente, Cara de pan, de 2018), da voz a personajes incómodos, que no encuentran su sitio en un mundo como el actual. Su escritura es directa, precisa y despierta el desasosiego. Y ese camino seguía cuando en un día lluvioso se encontró con Carmen, una mujer pobre a la que, junto a un grupo de personas, intentó acompañar en un camino de salida de la pobreza. Ese encuentro ha resultado en Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático (Anagrama, 2019), una obra que es un puñetazo en el estómago de un sistema que invisibiliza la pobreza a través de ayudas invisibles, imposibles de obtener y parches que ni siquiera funcionan de soluciones parciales como los bancos de alimentos o los albergues municipales.

Silencio administrativo, tu última obra, surge de una experiencia que viviste tras conocer a una persona sin techo. ¿De dónde surge la idea de escribirlo?

Por un lado, surge de la rabia, de la indignación que sentí ante la insensibilidad burocrática de la que fui testigo. Por otro, del deseo de compartir esta experiencia. Busco que las personas que lean el libro pasen por el mismo proceso de revelación por el que pasé yo.

Uno de los problemas que tienen estas personas como Carmen, la protagonista del libro, personas que no tienen hogar y viven en la más absoluta pobreza, es su invisibilidad. Forman parte del paisaje urbano de cada día y casi no reparamos ni siquiera de que son personas. ¿Qué fue lo que te impulsó en aquella ocasión a pararte, a conocer la historia de la protagonista del libro?

Ya cuento en el libro que se produjo una especie de identificación, por ser Carmen mujer, por tener una edad similar a la mía. Una amiga y yo nos habíamos fijado en ella, la veíamos a diario, y nos sorprendía su fragilidad, porque además de estar en la calle, sin ropa adecuada y pasando hambre, tenía una discapacidad visual. Un día nos paramos a hablar. Y creo que eso es lo importante: pararse a hablar, dialogar con el otro como persona que es.

El libro cuenta la historia, la vivencia de una persona, o al menos de un grupo de personas, pero además recoge una cierta investigación. Más allá de la búsqueda de información propia de la historia, la digamos administrativa, ¿es sencillo investigar sobre la pobreza, obtener datos?

Tras descubrir lo que hay tras el muro de la burocracia, pensé que no podía ser mala suerte nuestra, que lo de Carmen no era un caso aislado, y fue cuando me puse a investigar y comprobé que, en efecto, casos como el suyo e incluso más dramáticos que el suyo eran la norma. Consulté fuentes como el Defensor del Pueblo Andaluz, la Asociación Pro Derechos Humanos. Leí reportajes y artículos de prensa. Contacté con el colectivo de Renta Básica. Busqué estadísticas e informes sobre la pobreza en España. Información hay de sobra, para quien quiera buscarla, aunque no esté en la primera línea de los medios ni sea tendencia en redes sociales.

Las personas sin hogar son invisibles para el resto de la ciudad. | Imagen: Maureen Barlin (flickr.com) (CC BY-NC-ND 2.0).
Las personas sin hogar son invisibles para el resto de la ciudad. | Imagen: Maureen Barlin (flickr.com) (CC BY-NC-ND 2.0).

 

Una de las cuestiones más impactantes para mí del libro es el perfil de la protagonista, que además me imagino que es en este caso casual, es decir, si la historia surge de un encuentro entiendo que no elaborasteis un perfil (las personas que vivisteis el encuentro) de persona sin hogar. Carmen es una mujer joven, de 37 años, con una discapacidad visual muy fuerte y una enfermedad degenerativa que ha tenido pocas oportunidades en la vida. Es un ejemplo muy claro para desmontar tópicos como el "algo habrá hecho para estar así" o el "el que vive en la calle es porque quiere", ¿no?

Sí, en el libro hablo de la escalera descendente de la pobreza, un peldaño lleva al siguiente etc. Y todo comienza por la desigualdad social. El mayor riesgo de pobreza es que tus padres sean pobres. Eso lo predetermina todo. Tenemos que tener muy claro que no todos partimos de la misma línea de salida, por eso no deberíamos juzgar a los demás desde nuestra situación de privilegio.

¿En qué otros prejuicios solemos caer ante la pobreza?

Pensamos que los pobres reciben multitud de ayudas y subvenciones, cuando la realidad es que solo el 8% de las personas que está bajo el umbral de la pobreza recibe la renta mínima, por ejemplo. Pensamos que se aprovechan, que mienten, que son peligrosos. Los culpabilizamos de su situación, cuando en realidad ellos son las víctimas. Como dice la filósofa Adela Cortina, la aporofobia, el odio y rechazo al pobre, es la aversión social más extendida.

¿Y cómo se agrava la espiral de exclusión el hecho de que la protagonista sea mujer?

Las cifras demuestran que la feminización de la pobreza es un hecho. Si la mujer en todos los rangos sociales todavía ocupa una posición desigual, en el caso de la pobreza esta brecha es aún mayor. Muchas mujeres pobres realizan trabajos no cualificados, sin contrato, son explotadas, se ven forzadas a prostituirse, soportan maltrato, son objeto de todo tipo de violencias, y aun así no van a denunciarlo porque tienen miedo de que, por ejemplo, les quiten a sus hijos.

Las cifras son escandalosas: más de un cuarto de la población está en riesgo de exclusión social, que es una expresión un poco eufemística para decir que alguien es pobre, que no tiene donde vivir ni atender sus necesidades básicas, como su salud, lo cual hará que mueran antes de tiempo, entre otras cuestiones. ¿Quién ayuda a esta gente? En el libro el objetivo que persigue Beatriz, la persona que ayuda a Carmen, es la renta mínima de inserción, pero ¿qué otras opciones hay?

Ni siquiera podríamos llamar a la renta mínima una opción, no solo por las dificultades que hay para conseguirla, con toda esa multitud de trabas burocráticas que denuncio, sino porque las cantidades son insuficientes, están muy por debajo del umbral de la pobreza, nadie puede vivir con dignidad con eso. Muchas personas subsisten solo gracias a la caridad, pero estamos hablando de unas condiciones de vida miserables, que ni siquiera tienen los perros callejeros.

En el libro eres además muy crítica con los albergues y con las organizaciones asistenciales, ¿por qué?

No las meto a todas en el mismo saco porque soy consciente de que hay organizaciones necesarias llenas de personas con buena voluntad. Pero hay también acciones muy hipócritas, que se engrasan bien con el sistema, que lo retroalimentan. El caso de los albergues es de cajón: son municipales pero suelen tener gestión privada, aplican criterios muy restrictivos de acceso, las condiciones –a pesar de lo que se vende- son muy deficientes, hay sistemas de rotación –es decir, pasado un tiempo vuelve a echarse a la gente a la calle- y no van a la raíz del problema.

Otro de los dilemas que plantea la lectura del libro es la limosna, bien sea directa, o bien a través de iniciativas como los bancos de alimentos. ¿Son parte del problema?

Yo he dado limosna, si por limosna entendemos comprar comida, pagar la habitación de Carmen o cargarle el bonobús. En aquel momento era necesario, uno no puede esperar que la Administración resuelva el problema de brazos cruzados. Pero la limosna me genera incomodidad, sé que no es la solución, es un mero parche. Con lo que soy más crítica es con la caridad institucionalizada, aquella que lava conciencias pero no va a la raíz del mal: las acciones sociales de los mismos bancos que denuncian a la gente, las donaciones de Amancio Ortega… Ese tipo de cosas.

Hay una pregunta obligada: dado que el libro está basado en una historia real, en la de Carmen (cuyo nombre real es otro), ¿qué ha pasado con ella? ¿Mantienes el contacto? ¿Te da su historia actual para escribir una segunda parte de Silencio administrativo?

La historia de Carmen es extremadamente dramática, pero yo no he querido entrar en el sensacionalismo, por eso el libro acaba donde acaba. El final de su historia no es feliz, porque esto no es un cuento de Disney. La renta mínima, cuyo plazo de resolución es de dos meses (aunque su caso era de urgencia, es decir, debió resolverse en diez días), tardó ocho meses en llegar. Durante ese tiempo asistimos a su caída. El retraso en casos así, el silencio, tiene un coste muy alto para las personas que lo padecen. Además, como digo en el libro, porque a una persona sin techo le pongas 400 euros en el bolsillo, ¿crees que eso vale de algo? ¿Alguien va a alquilarle un piso, le va a dar trabajo?

A mí me parecen además muy interesantes algunos elementos que apuntas en el libro y que creo que son sistémicos, tanto para caer en la exclusión como para poder salir: la falta de techo como elemento básico y fundamental, el acceso a los créditos rápidos… ¿Cómo rompemos ese círculo de la pobreza, cuáles son digamos las medidas de emergencia que se deberían tomar desde tu experiencia en este caso y tu propia investigación?

La Fundación RAIS, que se centra en la ayuda a las personas sin techo, lo tiene muy claro: lo primero es tener una casa. Sin hogar, sin un lugar donde descansar, poder lavarse o guardar las pertenencias, la vulnerabilidad es extrema. Tú prueba a estar un día o dos en la calle, a ver qué pasa, cómo te sientes. Y luego piensa que no es un día o dos, sino semanas, meses, años… así se destruye la dignidad humana. Esa dignidad solo puede restituirse devolviendo las mínimas condiciones básicas de bienestar, que pasan por el techo, descanso, higiene. Otra solución (y esto me ha convencido la experiencia vivida) es la renta básica universal, que no está condicionada a la pobreza, y que se concibe como un derecho humano elemental, igual que la sanidad o la educación públicas.

En una entrevista reciente decías una frase que me parece muy importante al hilo de la invisibilidad de la pobreza: "Tenemos que aprender a desactivar la mirada automática que tenemos". ¿Cómo se lucha contra esto, cómo se combaten los prejuicios a un nivel digamos individual?

Es más fácil decirlo que hacerlo, porque los prejuicios están muy arraigados, tanto que no somos conscientes de ellos. Creo que hay que hacer un esfuerzo por desterrarlos, tratar de desentrañar por qué pensamos lo que pensamos o hacemos lo que hacemos, y ver si detrás de nuestros pensamientos o actos hay algo más que nos predetermina o nos dirige. Yo, como escritora, trato de no olvidar nunca esta pregunta: ¿quién habla a través de mis palabras? Porque a menudo creemos que somos nosotros quienes hablamos, pero puede ser que ciertas ideologías estén utilizando nuestra voz sin darnos cuenta.

La escritora sevillana Sara Mesa. | Imagen: Europa Press).
La escritora sevillana Sara Mesa. | Imagen: Europa Press).

 

En el epílogo dices algo muy interesante: "Beatriz no soy yo. Beatriz es una mezcla de las personas que pusimos nuestro empeño desinteresado en ayudar a Carmen. Bien pensado, el hecho de que el personaje de Beatriz represente a una colectividad resulta aún más impactante en el balance final: que entre varios no pudiéramos vencer la maquinaria burocrática de la administración pone de relieve qué poco puede hacer quien está solo e indefenso ante ella". ¿Qué importancia tiene lo colectivo en la resolución de estas situaciones, por qué debemos tomar consciencia de que es un problema de todos?

La pobreza es un problema social, de la sociedad al completo, que no nos debería ser ajeno por pura humanidad. Lo que sucede es que, a pesar de afectar a tanta gente, se trata de un colectivo muy vulnerable, con escasa autoconciencia, poco o nada organizado, sin capacidad de defensa. Por eso se necesita una acción social de conjunto, una mirada más compasiva.

No sé la repercusión que está teniendo el libro hasta ahora, aunque su publicación es muy reciente. ¿Qué respuesta te está llegando de su publicación?

Muy buena, la verdad, de lo que me alegro. Desde que salió, hay algunos medios de comunicación que se han hecho eco del problema y le están dando difusión. Incluso hay reacciones políticas: el nuevo Gobierno andaluz ha asegurado que pondrá en marcha un plan de choque para aligerar los trámites de la renta mínima, aunque yo de esto no me creo nada. Por desgracia, soy escéptica, pero es importante que al menos este tema se convierta en centro de debate, que se dé a conocer a más personas. Otra cosa que me ha llamado la atención es la cantidad de mensajes que he recibido de personas que trabajan dentro de la Administración, y que podrían sentirse ofendidos porque es cierto que doy mucha caña, y sin embargo me han confirmado que lo que cuento es así o incluso peor.

Por último, me llama la atención que es además un libro del que no vas a ganar nada: los derechos de autor son para la Asociación Pro Derechos Humanos (APDH). ¿Por qué esta organización y por qué hacerlo así –ceder los derechos- en lugar de hacer una difusión directamente gratuita?

La difusión que da una editorial como Anagrama no tiene comparación. Publicar el libro en la mítica colección Cuadernos Anagrama le da una relevancia que este tema no hubiese conseguido de otro modo. Anagrama es la editorial donde publico mis cuentos y novelas, así que estoy muy agradecida de que hayan mostrado interés en este tema en principio tan poco atractivo, y que hayan hecho, además, un adelanto generoso que ha ido íntegro a APDH. Por otro lado, un libro siempre es una forma de cultura y la cultura no es, ni debe ser, gratis. Otra cosa es que yo, voluntariamente, quiera ceder mis derechos a una asociación que me consta que lucha activamente por los más marginados y empobrecidos.

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Los tres de… Sara Mesa

Tres películas / series: Una mujer bajo la influencia, dirigida por John Cassavettes (1974); La colina, dirigida por Sidney Lumet (1965); Verano 1993, dirigida por Carla Simon (2017).

Tres programas de televisión: ¡Veo muy poca! Van dos: Saber y ganar (La 2); Cachitos de hierro y cromo (La 2).

Tres canciones (o discos, obras musicales): Pet Sounds, de The Beach Boys; For The Sake Of The Song, de Townes Van Zandt y Yankee Hotel Foxtrot, de Wilco.

Tres libros: El proceso, de Franz Kafka; Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard y El gran cuaderno, de Agota Kristof.

Tres referentes: Pues tres mujeres: Ida Wells-Barn, Alice Munro y mi tía abuela Laura. Mira que es difícil elegir...

Tres momentos históricos: El fin del Apartheid; Detención y enjuiciamiento de Pinochet y aprobación del voto femenino en España.

Tres lugares para visitar: Oporto, Doñana y el Museo del Prado de Madrid.

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Ángeles Castellano es periodista y miembro del equipo de redacción de Consumerismo.

* La foto del encabezamiento es de Lorena Otero - Donostia Kultura (flickr.com) (CC BY-SA 2.0).

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