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Los derechos de los consumidores tienen historia

El libro 'Sevilla a comienzos del siglo XII: El tratado de Ibn Abdún', destaca por la modernidad con la que trata temas relativos a la vida de la ciudadanía, como la búsqueda de objetivos de salud o justicia.

Por Francisco Acosta Orge

Quizás la mayoría de los lectores no tengan conocimiento de un texto histórico que ha llegado hasta nuestros días y que tiene bastante que ver con las prácticas del movimiento consumerista actual. El texto al que me refiero está escrito por un magistrado musulmán sevillano, Ibn Abdún, que parece ser tuvo las funciones de cadí o almotacén en la Sevilla islámica de comienzos del siglo XII. Estos cargos ejercían misiones de vigilancia de las relaciones jurídicas, económicas y religiosas en la vida diaria, sobre todo en los grandes centros urbanos de la España musulmana.

En el preámbulo del libro se señala que se conservan dos manuscritos misceláneos de este tratado en sendas bibliotecas particulares en las ciudades marroquíes de Salé y Mequínez.

El libro al que me refiero está editado por el Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla en el año 1981, con el título Sevilla a comienzos del siglo XII: El tratado de Ibn Abdún. Y está escrito y comentado por Emilio García Gómez y E. Leví Provençal. El primer autor ha sido el más importante conocedor y especialista de la historia de la España musulmana y el segundo, un importante historiador arabista nacido en Argelia y de nacionalidad francesa y, como García Gómez, especializado en la cuestión musulmana en nuestro país. Los dos, han realizado juntos importantes estudios sobre el tema.

Sevilla, una vez desaparecido el Califato de Córdoba, era la mayor ciudad del territorio de Al Andalus en habitantes e importancia económica. Llegó a ser, en el siglo XII, la capital del imperio almohade, que abarcaba desde Zaragoza y todo el resto de la península hasta el sur del actual Marruecos.

Antes de relatar algunos aspectos de este tratado, habría que recordar la realidad del papel preponderante de las predisposiciones religiosas en todos los aspectos de la vida civil y privada de los ciudadanos y ciudadanas que formaban y forman parte de la civilización musulmana.

Lo que más resalta, a mi entender, es la modernidad de los temas que trata, referentes a las formas de vida de los ciudadanos, a sus defectos y al logro de objetivos de salud, justicia y bienestar para hacer posible una convivencia sostenible. Aunque han pasado cerca de mil años, algunos de los problemas y soluciones que en el texto se plantean siguen estando vigentes en nuestras modernas sociedades. Resulta curioso que sea desde el poder de algunas estructuras del entonces Estado islámico desde donde se trata de actuar para hacer realidad una justicia social en materia de consumo, salud de la población o normas de convivencia.

Por ello voy a reflejar en primer lugar la presentación que el propio Ibn Abdún realiza en su texto, avisando a sus lectores de los objetivos del mismo: "En atención a los buenos sentimientos que abriga respecto a los musulmanes--¡Dios los guarde!—al sincero afecto que les profesa; a la rectitud de su creencia y de su intención para con ellos; más aún, a su deseo de aconsejarles, emprende el autor la redacción de esta obra, en la que se propone exponerles las normas de la censura de costumbres, enderezar su estado, mejorar su condición y sus actos, mirar por ellos, incitarlos a buscar y realizar el bien y tender a que conozcan la justicia y se mantengan en ella".

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Y de inmediato hace un llamamiento al necesario papel del gobernante para conseguir la mejor convivencia: "Lo que primeramente nos atañe es examinar la manera de ser del príncipe, el cual constituye el eje del cuerpo social y como el centro de una circunferencia, que no podrá describir una línea armoniosa, perfecta y sin tacha, más que si su centro está fijo e inamovible. El príncipe es también respecto a la nación lo que al hombre la inteligencia, que si es correcta le procura la comprensión y unos juicios bellos y ponderados. El buen estado de una sociedad depende de las buenas cualidades del príncipe, y, en cambio la decadencia de la organización social proviene de sus defectos... Debe asimismo el príncipe adquirir experiencia en los negocios de sus vasallos, examinándolos por sí mismo y debe también reprimir la tiranía o brutalidad que pueden ejercerse contra sus súbditos, así como los abusos de poder y los pretextos que se busquen para perjudicarlos. No confíe esta misión a su visir ni a su chambelán, para evitar que uno u otro le oculten o le disfracen la verdad".

Inicia sus prescripciones -dada la importancia que tenía en esa época- con la agricultura: "También es preciso que el príncipe ordene a sus visires y a los personajes poderosos de la capital que tengan explotaciones agrícolas personalizadas, cosa que será de mayor provecho para uno y otros, pues así aumentarán sus fortunas, el pueblo tendrá mayores facilidades para aprovisionarse y no pasar hambre; el país será más próspero y más barato y su defensa estará mejor organizada y dispondrá de mayores sumas. La agricultura es la base de la civilización y de ella depende la vida entera y sus principales ventajas. Por los cereales se pierden existencias y riquezas y por él cambian de dueño las ciudades y los hombres. Cuando no se producen, se vienen abajo las fortunas y se rebaja toda organización social".

Una cuestión clave en la Edad Media, fuera cual fuera el tipo de civilización, era la cuestión del cobro de los impuestos, que normalmente se realizaba manu militare por los recaudadores de impuestos o alcabalas. Nuestro cadí señala: "Debe prescribirse a los recaudadores que no recauden de nadie más que con balanza justa, pesas exactas y medidas equitativas… Debe igualmente prescribirse a los recaudadores que no humillen a nadie ni le manifiesten hostilidad en nada. Asimismo los oficiales no habrán de mostrarse brutales, limitándose a cumplir estrictamente su misión de vigilancia. Todas estas gente conviene que estén bajo la vigilancia del cadí y sometidos a sus sanciones y a su intervención, pues son ladrones que saben como se engaña y se perjudica a las gentes".

Las recomendaciones que el propio cadí hace de su propia actuación pública merecen ser transcritas: "El cadí no debe cerrar su puerta, ni obrar apartado del público, pues todos lo que acuden a él son víctimas de injusticia, y, si se encierra o no se deja ver de los oprimidos, ¿cómo podrá un día la víctima hacer triunfar su derecho, teniendo cerrada tu puerta y estando ocupado en otra cosa?".

Sobre los alguaciles, que eran los encargados del funcionamiento del aparato de justicia junto a los abogados, Ibn Abdún señala: "el cadí, el juez secundario y el almotacén tendrán buen cuidado de no emplear como alguacil a quien sea colérico, borracho, violento, charlatán, amigo de discusiones y pendencias, o procurarán que se enmienden, pues todos suelen ser unos pícaros redomados... Tocante a los abogados, sería menester suprimirlos, pues su actividad es motivo de que el dinero de las gentes se gaste en vano… Pero si no hubiera otra remedio que mantenerlos, que sean los menos posibles y conocidos como personas de buenas costumbres, honradas, piadosas y sabias, no entregadas a la bebida, ni susceptibles de cohecho, aunque tales cualidades no se suelen encontrar en ellos. De todos modos, el abogado no ha de ser mozo, ni borracho, ni libertino o de vida desordenada".

Sobre el papel de los maestros, el cadí señala un buen número de recomendaciones de las que entresaco algunas frases: "El maestro no deberá castigar a un niño con más de cinco azotes, si es mayor y de tres si es pequeño, dado con un rigor proporcionado a su fuerza física"; "Hay que prohibir a los maestros de escuela que asistan a festines de ceremonia, entierros y declaraciones en el juzgado, salvo en días de vacaciones, puesto que son asalariados y hacen perder su dinero a las gentes ignorantes y sin juicio que los pagan para educar a sus hijos... Los maestros no deben tener demasiados niños a su cargo".

Sobre las normas para la utilización del río como lugar de actividades hay que destacar lo siguiente: "Debe ordenarse a los barqueros del Guadalquivir que aligeren la carga de sus embarcaciones, pues, si no, se originan peligros y riesgos de muerte, particularmente en los días de viento huracanado"; "Conviene que se advierta a los marineros que no salgan con mucha carga, ni obliguen a los pasajeros a remar, porque son ellos quienes han de contratar a las gentes que carguen y hagan avanzar el barco"; "A los aguadores se les deberá señalar un lugar en el río, que les estará reservado y en el que construirán un pontón de tablas, para evitar que no llegue el agua de la marea"; "El almotacén o jefe de policía les ordenará que no se saque agua de entre las patas de las bestias, donde haya fango y el río vaya turbio… Se debe impedir que las mujeres laven ropa cerca del sitio de sacar el agua. Asimismo debe impedirse arrojar basuras e inmundicias a la orilla del río".

Frente a la actuación de los alcabaleros o cobradores de impuestos, entre otras cosas señala: "el alcabalero deberá tener unas tarifas redactadas ante el cadí y visadas por el gobierno, que deberá establecerlas según la propuesta que haga el mismo en beneficio de los musulmanes. Una vez fijados los impuestos en estas tarifas, se enviará una copia al almojarife o inspector del Fisco, otra al cadí y otra al alcabalero, el cual no las aumentará y estará en su gestión y en su conducta, sometido a vigilancia en todo momento".

Las recomendaciones para la construcción de viviendas son variadas, entre todas destaco la siguiente: "Tocante a las casas, son los abrigos en que se refugian las almas, los espíritus y los cuerpos, por el cual deben ser protegidas y vigiladas, ya que en ellas se depositan los bienes y se custodian las vidas. Por consiguiente es preciso examinar todos los materiales que se necesitan en la construcción. Primeramente se ha de mirar el espesor de los muros y la distancia que ha de separar las gruesas y fuertes vigas maestras del edificio, ya que ellas son las que soportan el peso y sostienen la construcción. Por lo que toca al ancho de las paredes maestras, no será menor de dos palmos y medio. Así se lo ordenarán el cadí y el almotacén a los maestros de obras y a los albañiles... Los ladrillos habrán de ser grandes y adaptados al susodicho ancho del muro, tal como marca el patrón del grueso de los ladrillos, del tamaño de las tejas, del ancho y grueso de los tirantes y de las vigas que están colgados en la mezquita mayor de Sevilla".

La seguridad de las personas y la salud cuenta con un extenso recorrido: "Las escaleras de mano deben ser de madera sólida, gruesas, con fuertes travesaños y bien clavadas, porque pueden ocasionar accidentes"; "Para las calles de la ciudad deberá ordenarse a las gentes de los arrabales que cuiden de que no se arrojen a ellas basuras, inmundicias ni barreduras, así como que se reparen los baches en que pueda detenerse el agua y el lodo. Cada cual reparará y mirará por lo que esté delante de su casa. Deberá prohibirse que quien tenga un desagüe de agua sucia lo deje correr en verano por la calzada... Se deberá ordenar enérgicamente a los habitantes de los arrabales que limpien los basureros que han organizado en sus propios barrios... Se ordenará a los que limpian pozos negros que no manchen a las gentes por las calles ni usen esportillas que filtren parte del contenido de los pozos".

El articulado sobre el comercio al por menor es abundante: "Las balanzas de los vendedores de fruta han de tener los platillos en forma de copa, con los bordes altos como el de los especieros. No han de usarse en las pesadas esos cofines que ahora han introducido los comerciantes, como una treta para robar, pues retienen el polvo y otros desechos y ellos no lo sacuden. Hay que cortar este abuso y hacer que todas las balanzas de los comerciantes estén colgadas, para que los que quieran robar tengan por fuerza que moverlas"; "El azumbre, (medida para líquidos) para medir la leche deber ser normal y medio, como sucedía antiguamente. No se use para la leche las mismas medidas que para el aceite... Deberá prohibirse a los tratantes de trigo que suban los precios, salvo en unas monedillas"; "Ordénese a los que fabrican escobas de palmito que las hagan más espesas, porque se estropean enseguida"; "No se venda más de un cahíz de trigo cada vez, a quien se sepa que es acaparador, porque estos individuos se conciertan con los tratantes en un precio… Así sube el precio del trigo, pues, como no llega al mercado y se vende de golpe, se produce la natural alza de precios y de costos, con perjuicio para los musulmanes"; "No venderán leche más que personas de fiar, porque si no le añadirán y mezclarán con agua, en detrimento de los musulmanes. Debe quitarse la serosidad que queda en las jarras como resto de cuajo, porque es una suciedad... Las medidas para la leche habrán de ser de barro vidriado o de madera, pero no de cobre, porque éste cría cardenillo, perjudicial para los musulmanes"; "Las hortalizas como lechugas, achicorias, zanahorias etc., no deberán ser lavadas en las albercas de los huertos, pues no hay seguridad de que estén limpios, sino en el río, donde el agua es más clara y pura".

Los alrededores de la mezquita mayor eran lugares de comercio, nuestro legislador también da instrucciones al respecto: "En torno a la mezquita mayor no deberá haber vendedor de aceite, ni de otros productos sucios, o de lo que sea de temer mancha indeleble. No se permitirá junto a ésta que se coloquen vendedores de conejos y volatería… Los conejos sólo se venderán despellejados... No se venderán trufas en torno a la mezquita, por ser un fruto buscado por los libertinos" (sic); "No se venda el pan más que al peso, e inspecciónese su cochura y examínese su miga, pues a menudo está , quiero decir que lo panaderos toman un poco de harina buena y con ella el aspecto exterior del pan, que por dentro es de harina mala"; "Deberá prohibirse a los vidrieros que fabriquen copas destinadas al vino y lo mismo se hará con los alfareros" (la prohibición de beber vino es dogma fundamental en el islam); "Las pesas de arrate para carne, pescado, la papilla de trigo con carne y grasa, buñuelos y pan no serán sino de hierro y con el contraste aparente. Hay que vigilar siempre las pesas de los vendedores, que son muy trapaceros"; "Los hueveros deberán tener en sus puestos unos cacharros llenos de agua, para poder distinguir en ellos los huevos podridos"; "El pescado, tanto el salado como el fresco, no se lavará con agua, porque lo echa a perder, ni se macerará en agua el pescado salado, porque también se echa a perder y se corrompe… No se venda el pescado corrompido que ha sobrado".

Tal como todavía hoy en los zocos y mercados al aire libre en muchas ciudades musulmanas, se vendía comida elaborada, sobre eso vemos lo que nos dice el cadí sevillano: "Las salchichas y las albóndigas han de hacerse con carne fresca y no con carne de animal enfermo o muerto sin degollar, porque ésta sea más barata"; "No ha de comprarse vinagre más que a persona de fiar, porque este producto aguanta ser mezclado con mucha agua y es un fraude"; "No debe permitirse que los que venden carne, pescado o las cosas de comer realicen grandes ganancias, porque estos productos no son como los demás".

Por último en los asuntos de la salud el cadí juzga y dice: "No se consentirá que nadie se las dé de maestro en cosa que no sabe hacer, particularmente en el arte médico, que puede poner en peligro la vida"; "Nadie venderá jarabes o electuarios, ni preparará medicamentos si no es un médico experto, ni tales remedios se comprarán a drogueros o boticarios, que lo que quieren es coger dinero sin saber nada, y así echan a perder las recetas y matan a los enfermos".

Dejo atrás, por razones obvias, innumerables órdenes sobre el papel de la policía en las calles, el trato en la cárcel hacia los presos, el castigo para los que se emborrachan, para los jóvenes que arman alboroto en las fiestas o concentraciones públicas; la reprensión a los padres que no se ocupan de impedir las fechorías que hacen sus hijos y la acción de los putos o afeminados y su represión correspondiente; el cuidado y las normas para los cementerios, alarmas y prevenciones contra los cristianos y judíos, la prohibición de fabricar puñales para "evitar que los usen malhechores, criminales y bandidos".

Claro está que el marco de estas prescripciones o pragmáticas sucedían al comienzo del siglo XII de nuestra era. No olvidemos, como decíamos al principio, de la centralidad de la religión y de la moral islámica en todo el entramado legislativo de esta civilización, que aún está vigente, desgraciadamente en numerosos países musulmanes. Por ello el cadí dedica bastantes ordenanzas, que hoy tenemos por aberrantes, al papel de las mujeres y a su sumisión en aspectos moralizantes al hombre: Prohibición de ir a pasear en barca por el río solas o con libertinos; de no acudir a los cementerios sin acompañante masculino, igual que hacerlo sola al médico o a un abogado, así como de la vestimenta, de su presencia en las fiestas en la calle, o acudir a las iglesias cristianas y tener relación con los curas, a los que califica de "libertinos". Todo ello por su "incitación a la fornicación con los hombres", palabra ésta que aparece repetidamente en el libro.

Para terminar extraigo unas notas de Ibn Abdún sobre el papel de los hombres encargados de la cosa pública: "Nada es más necesario en el mundo que un cadí justiciero, un notario fidedigno, un buen calafate y un médico experto y de conciencia, pues de estos cuatro oficios depende la vida del mundo y ellos necesitan más que nadie ser honrados y religiosos, ya que Dios les ha confiado los bienes y las vidas de las gentes"; "En resumen: las conciencias de las gentes están corrompidas… Este mundo perecedero y los tiempos se invertirán. La violación de estas normas es el comienzo del desorden general y la causa y ruina y del fin del mundo que conocemos"; "Con la ayuda y asistencia de Dios hemos consignado, en interés de los musulmanes y para mejorar su condición, las normas que hemos pedido reunir y de las que ellos andan necesitado en esta época, si bien las cuestiones que no hemos mencionado son más todavía que las expuestas".

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Francisco Acosta Orge es miembro del sindicato Comisiones Obreras y patrono de la Fundación FACUA.

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