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Cinco cosas de la sal yodada que no sabías

Existe el mito de que este producto es malo para la salud y, aunque el yodo es un elemento esencial para la vida, este tipo de sal es una de las peores opciones que podemos escoger.

Por Ricardo Gamaza

¿Cuántas veces has oído que la sal es mala para la salud? Es uno de los mitos alimenticios que se basa en medias verdades. La sal contiene yodo, que es un elemento esencial para a vida. Sin embargo, la sal yodada es la peor opción que podemos escoger como consumidores. Aquí te contamos las razones.

1. La sal contiene yodo, esencial para la vida

Los médicos y matronas recomiendan a las embarazadas el consumo de, al menos, 225 microgramos diarios de yodo, mientras que para las mujeres que no estén en gestación la recomendación de salud es tomar 100 microgramos, cantidad que asciende a 130 en el caso de los hombres. Para hacerse una idea de estas cantidades hay que traducirlas a escala doméstica: una cucharilla de sal yodada aporta unos 180 microgramos de yodo al organismo. Este elemento nos ayuda a producir tiroxina, una hormona esencial para la vida que, además, nos permite transformar las calorías en energía.

2. La sal industrial se comercializa como sal yodada

Casi todos los supermercados que venden sal lo hacen con una leyenda que pone ”sal yodada”. Pero si la sal marina ya contiene yodo en su composición, ¿qué explica esta aclaración en la leyenda del producto? La respuesta está en el método en el que se ha extraído esa sal. La extracción en las salinas industriales se lleva a cabo por maquinaria pesada que sacan la sal junto con lodos. Para limpiar la sal se lleva a cabo un proceso químico que, además de eliminar los residuos, acaba también con el yodo y otros oligoelementos saludables que tenía en su origen la sal marina. El resultado es cloruro sódico casi puro. Pero la normativa actual obliga a que la sal para consumo humano tenga, como mínimo, 60 miligramos de yodo por cada kilo de sal. El yodo, por tanto, se le añade de manera artificial después, pero no así los otros oligoelementos que ha perdido en su procesado.

3. La sal artesanal, la mejor opción

En Francia la sal artesanal se distingue con un sello de calidad: la Etiqueta Roja. Claro que los franceses son los principales productores mundiales de sal artesanal, que llega a considerarse un producto gourmet. Para los consumidores, la diferencia fundamental entre la sal industrial y la artesanal está en el modo en el que se extrae la sal. Al hacerse de manera manual, con unos grandes rastrillos, se saca sólo la sal marina, un producto natural que no necesita nada más. Es apto para el consumo y aporta valores saludables.

4. San Fernando, en Cádiz, fue hace tiempo la capital mundial de la sal

La Isla, San Fernando, llegó a tener cerca de 200 salinas en apenas 10.000 hectáreas. Por eso se consideró a este pequeño municipio gaditano en el siglo XVIII y XIX la capital mundial de la sal. Allí se producía casi toda la que se consumía en Europa. Por aquel entonces, la sal era un producto esencial no tanto para la dieta como para poder conservar alimentos, ya que eliminaba la humedad de los mismos evitando así su corrupción. Por eso, cuando la refrigeración eléctrica empezó a usarse para la conservación de alimentos se produjo el declive de las salinas artesanales que quedaron paulatinamente en desuso. En la actualidad, según datos del sector, si se recuperaran las salinas tradicionales españolas podríamos producir hasta 5.000 toneladas anuales (Francia apenas produce 500 toneladas).

5. La recuperación de las salinas artesanales permite recuperar especies emblemáticas

Hoy en día hay salinas que se están recuperando. La Fundación Salarte, Premio Andaluz de Medio Ambiente 2015, es una de las organizaciones más activas en este sentido. Ahora, los planteamientos para recuperar las salinas no van encaminados sólo a cuestiones alimenticias, sino también ambientales. Estas viejas construcciones son la morada de especies emblemáticas como la espátula, que ponen sus nidos y crían en estas instalaciones abandonadas, antes de cruzar en su migración hacia África. Por eso muchas de estas zonas están declaradas Zonas de Especial Protección para las Aves (Zepas) porque, además de espátulas, hay otras muchas especies que tendrían complicada su supervivencia sin las viejas salinas, como el charrancito, la cigüeñuela o la avoceta. Si las salinas se dejan abandonadas van cayendo los muros y desprotegiendo a la que los ecologistas llaman “la gran dama blanca”, que cada año cruza en grandes bandadas por encima de los bañistas de playas tan concurridas como La Barrosa, en Cádiz.

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Ricardo Gamaza es periodista y divulgador agroambiental.

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