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Sindicalismo y modelos sociales

La repercusión en lo social y en lo político de la crisis económica sigue produciendo altos niveles de pesimismo generalizado para millones de ciudadanos de muchas partes del mundo.

Por Francisco Acosta Orge

Nunca será suficiente y satisfactorio el análisis de la acción sindical y el papel de la clase trabajadora o asalariada en las actuales y complejas formas de las sociedades modernas y desarrolladas extendidas en la mayoría de las zonas geográficas del planeta. Un tipo de actividad organizada, como es la del sindicalismo, nacida casi a la par del nacimiento del capitalismo y la posterior expansión de la industrialización, tiene por fuerza que, para evitar desaparecer o quedar reducida a una forma testimonial e histórica, configurarse de cara al futuro, sin perder de vista la fuerza del valor del trabajo como valor de cohesión social incuestionable y determinante para que los ideales de bienestar y justicia social sean mantenidos en el devenir histórico de la humanidad.

Aunque la salida de la crisis económica se está empezando a producir desde hace algunos años, su repercusión en lo social y en lo político sigue produciendo altos niveles de pesimismo generalizado para millones de ciudadanos de muchas partes del mundo. En lo económico, la situación es incierta e injusta, sobre todo por la precarización del trabajo asalariado y el afán de acumulación de los que poseen las riquezas financieras, ya sean personas, gobiernos o instituciones de todo tipo.

Y no será porque no se han vertido ideas, programas electorales, trabajos políticos de investigación o propuestas democráticas de mediano o largo alcance para dar una salida de normalidad y estabilidad que haga posible la construcción de una sociedad mucho más cohesionada, con valores de justicia social, solidaridad y entendimiento entre las clases y sectores sociales que la componen.

A mi entender, la salida es muy difícil de resolver, porque ésta es una crisis de grandes cambios culturales y de formas de vida y actividad que no estaban previstas en ningún guión, aunque los orígenes de estos trascendentales cambios, en lo económico, político y social estaban elaborándose a partir de lo años 80 con la ofensiva, no solo económica, para reducir en lo que se pudiera las conquistas de los trabajadores. También debido a la deriva del capitalismo productivo al financiero, beneficiada esta actuación en los avances de la informática, la aparición de internet y la conversión de China y otros países asiáticos en la gran fábrica mundial, con repercusiones en muchas sociedades desarrolladas, entre ellas las de Europa.

El grado de insatisfacción colectiva que esta situación ha generado, y genera, está produciendo una crisis de valores, a los cuales los partidos democráticos que suelen gobernar en Europa y España no consiguen dar respuestas. Esta situación también afecta al sindicalismo democrático. Ni siquiera las nuevas formaciones de izquierda o de centro surgidas de los efectos de esta gran crisis son capaces de ilusionar y convencer a la sociedad para ganar mayorías electorales que den una nueva estabilidad al sistema democrático.

La otra cara de la moneda es el desprestigio de la acción política democrática como herramienta para solucionar los problemas de la sociedad. Ese giro electoral de la derecha más radical, que se está dando en un buen número de consultas electorales en diferentes países, no viene dado, por lo general, porque los partidos de izquierda o progresistas hayan abandonado sus valores tradicionales de solidaridad y progreso, sino que éstos no han sido capaces de contrarrestar el formidable avance ideológico de la ideología capitalista, antes y durante este periodo de crisis económica, política y social que ha irrumpido con todo su poderío mediático y materialista en la conciencia general de nuestras sociedades. Ya lo decía Karles Marx en el desarrollo de la sociedad industrial del siglo XIX: “La ideología dominante es la ideología de la clase dominante”. En aquellos tiempos, igual que ahora, es la del capitalismo.

¿Y cómo se materializa, desde hace muchos años, antes, durante y después de la crisis, esta ideología? Sobre todo, en el dominio de los resortes informativos y culturales, que están propiciando el individualismo, el desapego y la desconfianza hacia las formas de la actividad política. Complementado, gracias al desarrollo de las tecnologías, con una apuesta que, de momento, triunfa, dando lugar al desaforado consumismo que afecta a todas las clases sociales de nuestras modernas sociedades. Cuanto más consumo, más insolidaridad, más dominio ideológico de los que dominan el sistema económico mundial en la mayor parte del planeta, con sus secuelas más graves de paulatina degeneración del medio ambiente, y un futuro incierto para una gran parte de la humanidad.

Frente a esta situación, la izquierda política, la clásica y la que ha surgido al calor de esta crisis, sigue denunciando las injusticias del sistema, pero lo hace recurriendo a argumentaciones y valores que a una buena parte de los trabajadores y de todos aquellos que reciben un salario no les convence. Sus programas no están pensados sobre la base de la centralidad del trabajo en nuestras sociedades. Esta cuestión se relega para dar cabida a mensajes electorales para los intereses generales de lo que se ha dado en llamar clase media -e incluso pequeña y mediana burguesía-, dando paso a lenguajes populistas como la transversalidad, la gente. Incluso lo combinan con todo lo referido a la palabra pobreza, a la marginación social, cuando las minorías afectadas por esta situación, por lo general, no votan o no les interesa para nada la cosa pública.

Frente a datos reales, estadísticos, sobre los ingresos salariales, o de renta en el caso de los pensionistas y jubilados, -que son ciertos seguramente y que denotan la injusticia del reparto de la riqueza que se realiza entre los ciudadanos-, en una sociedad como la española hay que tener presente también los hechos cotidianos de la vida de la mayoría social.

A veces no se valora, o no se tiene en cuenta, cómo el poder adquisitivo ha mejorado. Cómo los precios, debido a la alta producción de manufacturas, en sectores como la alimentación, el textil, electrodomésticos, e incluso los grandes medios de transporte, está permitiendo incluso con la crisis económica y las limitaciones al alza de los salarios y las pensiones mantener un nivel de vida más que decoroso en la mayoría de las familias españolas que viven de una paga mensual.

La incorporación de la mujer de manera masiva al trabajo, y también el aumento importante de parejas pensionistas, ha hecho posible esta revolución en los hábitos consumistas. Se suma el abaratamiento del dinero, las facilidades crediticias, la decisiva publicidad para toda clase de consumo -que produce una severa alienación en millones de personas de todo el mundo y que es el caldo de cultivo para el mantenimiento del ideario capitalista- y la despolitización de amplios sectores de la sociedad, que resulta muy difícil combatir.

No se puede comprender, si no se tienen en cuenta estas realidades cotidianas, cómo el bienestar económico hace posible que millones y millones de ciudadanos europeos, también españoles, pensionistas y trabajadores, practiquen un masivo turismo de masas desde hace años, inundando nuestras ciudades históricas y aquellas menos históricas. A esto habría que añadir en el periodo veraniego la masificación de nuestro litoral playero, hasta límites insospechados. Creo que existirán datos fehacientes del aumento en los últimos años de plazas hoteleras, de bares y restaurantes, grandes superficies, etc., repartidos por toda la geografía española. Además de, gracias al poder de internet, los cientos de miles de plazas de alquiler turístico, que están creando serios problemas de convivencia en numerosas ciudades.

La visión de la riqueza disfrutada y exhibida por sólo una minoría de afortunados de las clases dominantes, que era una cruda realidad hace tan sólo cincuenta años, ha quedado eclipsada por el elevado consumo de masas. A veces, desde la izquierda política y sociológica se hacen denuncias de la llamada pobreza que azota a amplios sectores sociales, sin tener en cuenta este hecho, al que asistimos desde hace bastantes años.

La reducción de protagonismo que la clase trabajadora tenía en la era industrial ha traído el declive de la ideología de la resistencia a la explotación capitalista, que protagonizaron con éxito, por lo general, los partidos socialistas, comunistas y el sindicalismo de clase y que conquistó para una gran parte de la humanidad unas cotas de bienestar como jamás se conoció en la historia.

Creo que hemos abandonado excesivamente la publicidad y el recordatorio, ante los trabajadores y la ciudadanía, de los enormes sacrificios que tuvieron que asumir miles y miles de activistas sindicales y políticos para que estas conquistas se consiguieran y mantuvieran.

Pero las grandes concentraciones laborales permanecen. Hay que decir esto frente a las tesis poco esclarecedoras que se hacen desde sectores de la izquierda, incluso sindicales, sobre el final del fordismo y la industrialización, debido al importante auge de las nuevas tecnologías, la descolocación de muchas empresas y el arrumbamiento de muchos centros fabriles. Me parecen argumentos que alientan aún más el objetivo de restar protagonismo al papel del sindicalismo en nuestra sociedad. La ciudadanía asalariada seguirá siendo la más numerosa en el inmediato futuro.

Aparecen y se mantienen empleos y actividades productivas que la nueva situación va a propiciar y consolidar: la administración pública, la enseñanza y la sanidad públicas, el ascendente sector de los servicios, la asistencia a las personas en edad avanzada, la producción y elaboración industrial de alimentos, el turismo, el transporte y la construcción de viviendas e infraestructuras; más los centros productivos de alto nivel tecnológico, como la fabricación de aviones, automóviles, electrodomésticos, material de telecomunicaciones o energías renovables, etc. Todas estas facetas productivas seguirán dando empleo a millones de trabajadores.

Descrito todo lo anterior, me atrevo a plantear lo referente al papel que Comisiones Obreras está llevando a cabo como fuerza sindical, la más importante en nuestro país.

Hay que valorar con cierta satisfacción que hasta ahora, en líneas generales, nuestra Confederación ha sobrevivido a las consecuencias derivadas de la crisis de 2008. La pérdida de ciento de miles de puestos de trabajo, y la consiguiente repercusión de bajas afiliativas, más las reformas laborales gubernamentales que nos han intentado quitar en la práctica nuestra principal razón de ser -como es el poner trabas a la negociación colectiva-, podrían habernos puesto en peligro de dejar de ser la fuerza determinante que a pesar de todo seguimos siendo.

A ello hay que unir las intensas campañas mediáticas para hacer creer a los trabajadores que el sindicalismo es una herramienta en desuso. Hemos mantenido, aunque con dificultades, nuestra actuación junto a los trabajadores, e incluso, en lo peor de la crisis, hemos conseguido hacer valer, junto a UGT, nuestra fuerza representativa y movilizadora, con la realización de dos huelgas generales al gobierno de la nación en protesta por sus decisiones contra la clase trabajadora en general y con los recortes de las prestaciones a los servicios públicos para la mayoría de la sociedad.

Pero una vez superada esta etapa, que yo calificaría de resistencia y consolidación ante los efectos destructivos de la crisis de 2008, tenemos el reto de seguir enarbolando la bandera de la centralidad del trabajo asalariado en nuestra sociedad. Además, esta es la base fundamental de la cohesión cívica de la misma, tal como señalan, a mi entender acertadamente los profesores Mateo Alaluf y Carlos Prieto en un artículo sobre la renta básica en un número anterior de la revista Gaceta Sindical.

Creo que los debates congresuales habidos en el último Congreso Confederal han tratado de proyectar al sindicato a una posición de presente y futuro, acorde con la realidad social, económica y política que nos rodea. Para ello, el reforzamiento cultural e ideológico de los cuadros sindicales en nuestras estructuras es decisivo para llevarlo a cabo.

En Comisiones Obreras creo que se ha producido, sobre todo a partir de los años 90, una especie de ruptura generacional que ha dado lugar a un cierto desarme ideológico en la militancia que se ha incorporado desde entonces. Es decir, el relato histórico de las más importantes conquistas realizadas por el sindicalismo de clase, antes y después de la Huelga General de 1988, ha quedado minimizado por la labor del día a día, hasta dar lugar a situaciones de ignorancia sobre el decisivo papel que jugamos en la consecución del Estatuto de los Trabajadores y la consolidación de las prestaciones de la Seguridad Social, la implantación del seguro de desempleo, las reducciones de las jornadas laborales y la mejora del limitado sistema de pensiones del franquismo, entre otras.

alizaFoto (CC BY-NC 2.0).
alizaFoto (CC BY-NC 2.0).

 

El sindicalismo democrático que representamos tiene una fuerza potencial que quizás, por lo dicho anteriormente, no estamos rentabilizando en toda su plenitud.

Al contrario que los partidos políticos, que sólo conectan por lo general con la sociedad y con sus votantes en momentos electorales, la relación de nuestros sindicalistas con los cientos de miles de afiliados y con millones de trabajadores es una tarea cotidiana que debe y puede generar un alto valor ideológico de clase. A veces observo en mis contactos con nuestras estructuras que, aún antes de la crisis, esa relación humana ha dejado de practicarse con la voluntad necesaria. La irrupción de internet ha favorecido en cierto grado la intercomunicación interna y externa con diferentes sectores de la sociedad, pero ha mermado la relación humana, el diálogo cotidiano con los trabajadores en las empresas.

Sin ninguna clase de nostalgia con el pasado de Comisiones y a los años en que comenzamos a organizarnos en los tiempos difíciles de la dictadura, tengo que decir que el contacto directo y asambleario y la explicación paciente de nuestros objetivos de lucha fueron determinantes para que nos convirtiéramos en la fuerza sindical que somos.

Entiendo que esta práctica es una forma de humanismo que nuestro sindicato no puede dejar de ejercitar. Y expongo estos criterios con un modesto conocimiento vivido en los últimos años, al establecer contactos en reuniones con centenares de nuestros delegados sindicales y tras exponer con mi intervención cuestiones referidas a la historia y a la práctica sindical de Comisiones desde sus comienzos. El coloquio posterior ha girado, fundamentalmente, sobre las dificultades planteadas por muchos de ellos para dialogar, explicar y convencer a los trabajadores de las opciones de la acción sindical en cada centro de trabajo.

Por ello, la formación ideológica de los compañeros que son responsables de nuestras estructuras a cualquier escala de territorio y rama debe basarse, sobre todo, en un profundo conocimiento de nuestra historia, de nuestras conquistas económicas y sociales, de lucha en la dictadura y en la democracia, conocimiento de las estructuras económicas y empresariales, y de los factores políticos, territoriales y sociales de la sociedad española, que deben tener cada vez más importancia en nuestro activismo. Hay proyectos en marcha desde la Secretaría de Formación Sindical Confederal en esta línea, que deben ser decisivos para mejorar el protagonismo de la actual militancia, en el presente y futuro inmediato.

Ese carácter de sindicato socio político, que ha sido un componente clave de nuestras señas de identidad desde nuestros comienzos, debe ser adaptado al presente y futuro que nos aguarda. Hay demasiado protagonismo mediático de los partidos políticos y diferentes instituciones, y poco de la acción sindical que ejercitamos con una gran parte de los trabajadores, que también son ciudadanos.

Otra cuestión a destacar, y que es un logro importante, es el haber conseguido, con mayor relevancia que la mayoría de organizaciones, una igualdad de género amplísima. En nuestro caso, tiene un mérito mayor respecto a otras organizaciones políticas y sociales.

Cuantitativamente, no es lo mismo confeccionar en un partido político una candidatura para un órgano de dirección, o una lista electoral con paridad de género, que en el caso de nuestro sindicato, con cerca de 950.000 afiliadas y afiliados cotizantes, en el que la mujer trabajadora ha conseguido estar presente en un gran número de comités de empresa, secciones sindicales, ser votadas como delegadas sindicales por miles y elegidas por centenares en todas las estructuras de dirección de ramas y territorios.

A ello nos ha ayudado la incorporación de la mujer al trabajo asalariado. Pero es mérito de nuestra militancia, no sólo de asumir en nuestra lucha sindical en las empresas sus reivindicaciones en pie de igualdad con los hombres, sino conseguir que participen en todas nuestras estructuras, desde la Sección Sindical hasta la Comisión Ejecutiva Confederal. Esta realidad que fue visionada en las jornadas de lucha del 8 de Marzo de 2018 debe ser enriquecida para enraizarnos aún más en amplios sectores de la sociedad.

En esta amplitud de miras que debe guiar la acción sindical de nuestra confederación, en la coyuntura actual de estar abierto siempre a todos los fenómenos de movilización social, hay que referirse, por lo que representa como factor de progreso, a la cuestión ecológica, a la que Comisiones ha dado cabida en sus estructuras hace años. Hay que tener en cuenta que el ecologismo se ha convertido en cuestión clave para mantener la supervivencia de la especie humana en condiciones que podríamos llamar normales. Su presencia política en nuestro país es débil, al contrario de lo que ocurre en otros países europeos, pero hay que trasladar a los trabajadores la sensibilidad con el ecologismo -que es siempre por su objetivo una cuestión de futuro-, habida cuenta de que la consecución de medidas para mejorar el estado de la naturaleza garantiza formas de vida indispensables y que, en cierta manera, tendríamos que entenderlo desde el sindicato como una inversión obligatoria del Estado para garantizar la salud y el bienestar para los ciudadanos.

Tiene aún mayor importancia para nuestros objetivos sindicales el hecho de la existencia y consolidación ascendente del movimiento de consumidores, que empezó a gestarse fundamentalmente a partir de los años 80 del pasado siglo. Su campo de activismo ofrece grandes coincidencias con la mejora de las condiciones de vida en nuestra sociedad, especialmente la de los trabajadores.

La lectura de cualquiera de los boletines informativos digitales de FACUA, una de las organizaciones más fuertes en este ámbito, presente en casi todas la zonas geográficas nacionales y que cuenta con más de 220.000 asociados, nos da idea de que sus reivindicaciones y denuncias judiciales confluyen con la acción sindical, beneficiosamente, frente a la rapacidad de cierto tipo de empresas o grandes unidades de negocio contra usuarios y consumidores, como son la banca, las compañías de suministro energético, las telecomunicaciones, las de aviación civil, el transporte y la sanidad pública y privada, los fabricantes de alimentos, las grandes superficies comerciales o la propia Administración Pública nacional, autonómica o municipal.

FACUA es claramente independiente de gobiernos, partidos políticos y empresas e incluso fue amenazada con su ilegalización por parte del primer Gobierno de Mariano Rajoy. El 3 de agosto de 2012 FACUA recibió un oficio de la Secretaría General de Sanidad y Consumo del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad amenazando con expulsarla del Registro Estatal de Asociaciones de Consumidores y Usuarios y de su condición de asociación de consumidores si en el plazo de quince días no paralizaba las acciones, reivindicaciones y campañas contra los recortes en la sanidad y la educación públicas y eliminaba todo rastro de la misma en su página web.

Oficio recibido por FACUA el 3 de agosto de 2012.
Oficio recibido por FACUA el 3 de agosto de 2012.

 

A pesar de que existen acuerdos documentales, en el caso de esta organización, con Comisiones Obreras, la unidad de acción en la calle o en otras instituciones no se termina de visualizar de manera cotidiana. Es una alianza necesaria y complementaria que enriquecería el poder del sindicalismo de clase, frente a los grandes poderes económicos.

He dejado para el final hacer una reflexión sobre algunos de los retos que a mi entender Comisiones Obreras debe hacer frente a medio plazo. El primero es el referido al asunto de las pensiones de jubilación. Estamos ante una cuestión histórica de presente y futuro de primer orden. Tras dos años intensos de publicidad y movilizaciones, declaraciones y propuestas sobre este asunto tan delicado, el futuro no está nada claro.

Las movilizaciones de los años 2017 y 2018, y que aún continúan, han estado marcadas por formas de acción propias de la crisis económica. Su carácter es espontáneo, apolítico -ajeno a la lucha política o sindical-, con intentos autoritarios de impedir que tanto UGT como Comisiones fueran también protagonistas. Plantean objetivos maximalistas: subida general para todas las pensiones, sin tener en cuenta el reparto inversamente proporcional para favorecer las más bajas. Resulta sorprendente que uno de los destacamentos más activos en estas movilizaciones hayan sido los pensionistas vascos, que de media tienen las pensiones más altas de toda España.

Tenemos que hacer valer nuestra responsabilidad como sindicato, que nos viene de antiguo. El asunto de las pensiones se está convirtiendo en arma arrojadiza de la lucha política, puede suceder igual que con las leyes de educación, que en España se han sucedido desde el inicio del periodo democrático. Pero en este caso se está jugando con las cosas de comer, es decir, con la supervivencia digna, a futuro, de una parte importante de la población. Deberíamos tener en cuenta las experiencias vividas en otros países en lo positivo, es decir, en el mantenimiento con buena salud del Sistema, pero también en lo negativo, como ha sucedido en países como Grecia.

Las pensiones deben ser un seguro de vida solidario para los pensionistas del presente y del futuro sobre la base de los que han cotizado, los que las cobran y de los que cotizan para cobrarlas en el futuro: los trabajadores en activo.

En el año 2011, UGT y Comisiones Obreras dieron un paso de responsabilidad al acordar con el Gobierno de Zapatero una reforma de las pensiones para hacerlas viables tras la llegada de la crisis. Lo más importante de aquel pacto fue alargar la edad de jubilación a los 67 años. Pero estamos de nuevo con la incertidumbre en este asunto. Unas reivindicaciones y unas conquistas no ajustadas, egoístas y desmesuradas para los actuales pensionistas podrían abrir una brecha importante con los trabajadores en activo, al percibir este hecho con el riesgo de que se debilite su opción de cobrar una pensión digna para cuando lleguen a la edad de jubilación.

En la crispada situación política que vivimos, donde el acuerdo de momento es inviable, no le doy mucho valor al llamado Pacto de Toledo para resolver la estabilidad del Sistema de Pensiones por muchos años. Es por ello, que creo que Comisiones, junto a UGT, deben propiciar un debate público, sincero, sin argucias electoralistas e irresponsables, recurriendo a los medios de difusión de masas, con economistas especialistas y solventes, con nuestros expertos en Seguridad Social -que los tenemos- y con políticos en activo que tengan la representatividad de los partidos políticos del arco parlamentario. Así, juntos podrían elaborar unas conclusiones sobre el Sistema de la Seguridad Social, que haga posible un compromiso intergeneracional a largo plazo, que convenza a la mayoría de la sociedad.

El otro reto, éste de carácter interno, que nos debe preocupar es el problema de la deriva independentista de Cataluña y las secuelas del papel del sindicalismo de clase, que en esa autonomía representan mayoritariamente UGT y Comisiones Obreras. Han tenido y tienen en esta grave crisis su cuota de responsabilidad, que no sólo pone en peligro la cohesión territorial de España, sino también la de la clase trabajadora.

En los prolegómenos de la crisis, hace ya algunos años, la postura de la Comisión Ejecutiva Confederal, a cuyo frente estaba Ignacio Fernández Toxo, me pareció realista, poniendo en práctica la tradicional autonomía territorial que históricamente hemos tenido en el Sindicato desde sus orígenes. En el número 30 de Gaceta Sindical, de junio de 2018, el compañero Nicolás Sartorius exponía, con la sobriedad que le caracteriza, la gravedad de la aceptación del independentismo en una organización como la nuestra y lo que suponía de ruptura con las tradiciones históricas unitarias y de solidaridad del movimiento obrero.

Aunque al parecer nuestra cohesión interna permanece, el mantenimiento de la conflictividad en Cataluña por los independentistas puede dar lugar, como pasó en los sucesos del 1 de octubre de 2017, con mayor virulencia, a una nueva campaña de desprestigio contra el sindicalismo de clase por parte de quienes promueven la pérdida de su protagonismo en la defensa de la clase trabajadora española.

La Confederación debería tener un debate esclarecedor y dar publicidad a sus ideas en este asunto, basadas en la defensa de la solidaridad y la cohesión de los trabajadores a los que representamos en toda España.

He dejado para el final un comentario sobre la situación del sindicalismo europeo, en el que Comisiones Obreras y UGT juegan un papel importante. Teniendo en cuenta las convulsiones que la crisis de 2008 ha sometido a la mayoría de los países de la Unión Europea, la Europa social no sólo sigue estancada, sino que en los planes de regeneración y fortalecimiento de ésta para su mantenimiento en el futuro no se vislumbra un cambio de política más favorable para los trabajadores.

Aunque con lentitud, hay proyectos como la política fiscal que se intentan que sean plenamente europeos. También otros objetivos que no son desdeñables para dar consistencia al proyecto. Pero en lo social no hay ningún interés manifiesto, salvo algunos anuncios tímidos e imprecisos sobre salario mínimo y alguna otra cuestión. Las acciones sindicales de presión efectuadas en diferentes llamamientos, a lo largo de los años, por parte de la Confederación Europea de Sindicatos (CES), han tenido una respuesta desigual y poco efectiva en la práctica.

O la CES eleva el nivel de movilización de sus acciones reivindicativas en la consecución de esa Europa Social o el movimiento sindical seguirá perdiendo protagonismo y, por lo tanto, propiciando también el pesimismo de millones de trabajadores hacia el proyecto político comunitario.

Guardando las distancias históricas y las circunstancias que lo propiciaron, hay que recordar que en algunos países europeos los contundentes movimientos de lucha sindical y social hicieron consolidar el Estado del Bienestar, en los años 60 en Italia, Alemania y Francia, y en el caso de España, en la Huelga General de 1988. En esta línea de acción sindical, más radical, tendría que empezar a proyectarse un vuelco a la actual situación, que no sería otro que el de conseguir un gran acuerdo institucional a nivel europeo entre Gobierno Comunitario, Empresariado y la CES. Un acuerdo que eleve lo social, lo que afecta a millones de ciudadanos europeos -que son también trabajadores asalariados-, al mismo rango de preocupación y labor de gobierno que el de la economía, la diplomacia, la justicia, la política agraria y comercial, o las políticas de seguridad y defensa.

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Francisco Acosta Orge es miembro del sindicato Comisiones Obreras y patrono de la Fundación FACUA.

*Artículo publicado en el número 32 de la revista Gaceta Sindical, reflexión y debate de la Confederación Sindical de Comisiones Obreras, en junio de 2019. La foto de encabezamiento es de Flickr.com/davidovich_m (CC BY-NC-ND 2.0).

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