Las mentiras del consumismo

La Cumbre de Río de Janeiro de 1992 señaló que la modificación de las actuales pautas de consumo en el mundo industrializado, es decir, la eliminación del consumismo, debería ser una de las tareas principales de la humanidad para el siglo XXI, pues solo así se podría salvar al planeta de la catástrofe que se avecina. Han pasado ya más de once años desde la celebración de la famosa cumbre convocada por Naciones Unidas pero quitando los cientos de discursos y los compromisos incumplidos de los gobernantes de los países ricos e industrializados, muy poco se ha hecho. Mientras tanto, la conciencia del peligro mortal crece y los efectos del deterioro medioambiental se multiplican.

Sin embargo a nadie se le escapa que los primeros en sufrir las consecuencias son los habitantes pobres de los países menos desarrollados y esto lo vemos todos los días. Ellos no poseen masivamente automóviles, ni aparatos de aire acondicionado, posiblemente ni siquiera frigoríficos; ellos no son los que contaminan y sin embargo, sobre ellos caen más directamente los efectos de las grandes emanaciones de dióxido de carbono causantes del calentamiento de la atmósfera y del efecto invernadero y cuando enferman, bien sabemos todos que no existen para ellos y sus familiares, hospitales, médicos ni medicamentos suficientes.

Tampoco podemos olvidar que la población mundial tardó decenas de miles de años en alcanzar los 1.000 millones de habitantes, cifra que a la que se llegó en torno a 1800. Sin embargo, tan sólo en los últimos doscientos años, la población mundial ha alcanzado una cifra superior a los 6.300 millones de habitantes, sin olvidar que los datos de los expertos establecen que para el año 2050, se podría llegar a los 9.000 millones.

Esta gran explosión demográfica, unida a la acelerada degradación de las condiciones elementales para la supervivencia de la humanidad, está provocando una gran preocupación en muchos países, sobre todo en lo menos desarrollados, ya que casi el total del crecimiento de la población indicada se está dando y se dará en los países pobres del denominado Tercer Mundo.

Habrá que preguntarle a los dirigentes políticos de los países más ricos e industrializados si van a seguir mintiéndonos a todos los habitantes del planeta. Habrá que preguntarles si van a seguir diciéndonos que es necesario consumir más, para garantizar nuestro desarrollo y bienestar y con ello, ayudar al desarrollo de los países pobres.

Hasta cuándo esta mentira, pues todos los estudios rigurosos que se están realizando por instituciones prestigiosas, demuestran que no es posible que todos los habitantes de nuestro planeta puedan alcanzar algún día el mismo nivel del llamado desarrollo y bienestar que tenemos los habitantes de los países desarrollados. Y no es posible porque el planeta llamado Tierra no tiene suficientes recursos como para que 6.000 millones de habitantes, y no digamos 9.000, puedan consumir y despilfarrar de la misma manera que lo hacemos los que vivimos en su parte privilegiada. Harían falta tres planetas como la Tierra, para poder disponer de los recursos necesarios para que los 6.000 millones de habitantes vivieran con este mismo nivel de consumismo insostenible.

Esa es la verdad, aunque sea muy cruda. Los ciudadanos, los consumidores de los países ricos e industrializados, no podemos cerrar los ojos ante esta terrible realidad, pues la verdad es que para que nosotros, el 20% de la población mundial, podamos seguir viviendo con este nivel de consumismo y despilfarro, será necesario que el otro 80% siga viviendo en las condiciones de pobreza actual.

El funcionamiento de la economía de los países ricos se apoya en el consumismo y en la existencia de esas grandes desigualdades. Por tanto, el consumo sostenible o consumo racional supone mucho más que cambiar un producto perjudicial para el medio ambiente o para los humanos por otro más respetuoso, o seleccionar los residuos urbanos en nuestro hogares. Implica ante todo cuestionar nuestro sistema de sociedad, conlleva examinar nuestro papel ante las desigualdades de la economía mundial y significa retar a los gobernantes para que realicen políticas que favorezcan un cambio en el actual sistema de producción y consumo. Y sobre todo, conlleva asumir que el mantenimiento del modo de vida actual de las sociedades consumistas solo se podrá hacer a costa de mantener también el actual modo de vida de las poblaciones de los países pobres.

Alguien dijo que la verdad nos hará libres y por ello, no podemos cansarnos de decir que la verdad nos debe hacer pensar sobre qué cosas habría que cambiar para contribuir a una mejor distribución de los recursos y a una mayor justicia social en todo el planeta.

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