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Farmacias: espacios de acoso y derribo publicitario para las mujeres

Tenemos interiorizado que las boticas son sitios donde supuestamente venden salud, por lo que los anuncios son tomados con más seriedad y credibilidad y pasan inadvertidos en pleno auge del feminismo.

Por Barbijaputa

Nuxuriance Ultra. Flavo-C Ultraglican. Supreme renewal detox booster. JAL, GLY y COL. Acción lipolítica. Cuidado Pro'expert y sensitive, Obergrass forte.

No, no se han topado con un artículo en espanglish sin ningún tipo de sentido. Se trata de nombres de cremas, líquidos, sobres y potingues tal y como sus marcas los anuncian en carteles -de gran tamaño- en los escaparates de farmacias que te encuentras dando un paseo por el centro (de cualquier ciudad). Prometen ser la solución para las manchas que nos provoca el sol, para las arrugas, para el peso de nuestro cuerpo, para nuestras uñas, para la flacidez de nuestra piel e incluso para el surco nasogeniano, que no es otra cosa que el pliegue que va desde el final de nuestra nariz hasta los límites de nuestra boca. Y cuando digo "nuestro" me refiero a las caras y la piel de las mujeres.

Las marcas de todos estos tratamientos, ungüentos y souvenirs nos interpelan directamente a nosotras desde la misma puerta de farmacias y parafarmacias. Cuando necesitamos entrar para comprar medicinas que sí necesitamos, el acoso se recrudece. Más carteles, más caras de adolescentes photoshopeadas mirándote con gesto dulce sobre frases pasivo-agresivas del tipo "Beneficios para conseguir una piel visiblemente rejuvenecida"; "Complemento alimenticio que actúa de forma eficaz sobre el tejido adiposo, reduciendo la acumulación de grasas en las zonas más indeseadas (piernas, glúteos, vientre...)" o "Tener unas manos bonitas siempre implica unas uñas sanas".

Las fotos que acompañan estos anuncios son manos con varios filtros fotográficos, sin vello de ningún tipo, uñas coloreadas digitalmente, cuerpos por partes: piernas, caderas, culos: cuerpos sin cabeza, en definitiva, con una piel alienígena. También caras, muchas caras, caras aniñadas a las que han eliminado incluso los poros. Las pocas marcas que se atreven a mostrar caras de mujeres mayores de 35 años, se esfuerzan el doble con la modificación digital de sus modelos.

Da igual como sea una, la imagen que nos muestran inequívocamente como ideal a alcanzar es, sencillamente, inalcanzable. Ni las propias modelos que usan para acosarnos pueden competir con la versión de ellas mismas que muestran en dichos anuncios. Esto es un hecho objetivo: nadie puede competir con la digitalización y las trampas de la publicidad, pero sin embargo, consiguen de nosotras lo que pretenden: agobiarnos, hacer que miremos ciertas partes de nuestros cuerpos con repulsión o preocupación, tenernos delante del espejo más tiempo del que necesitamos y generarnos complejos desde bien temprano.

Por supuesto, anuncios sexistas y cosificadores nos encontramos en cualquier sitio, pero las farmacias están pasando inadvertidas en nuestra lucha por evitar que nos dejen en paz con los cánones de belleza impuestos. Y si consiguen pasar de puntillas en pleno auge del movimiento feminista, en mi opinión, es porque tenemos interiorizado que son sitios donde supuestamente venden salud: nuestras medicinas, nuestros antiinflamatorios fantásticos para la regla, nuestra copa menstrual, nuestros antigripales. Son sitios cuyo personal son profesionales indiscutibles que nos atienden con seguridad, con conocimientos, con experiencia. Eso hace que estos anuncios sean tomados con más seriedad y credibilidad que el del pantalón de la talla 34 que te quiere vender Zara.

Deberíamos mirar con una lupa enorme cada uno de estos carteles, preguntarnos por qué somos nosotras su público objetivo, cuestionar que cada una de las farmacias de nuestro entorno estén plagadas de ellos, y también porqué el interior de cada botica está repleto de litros y litros de líquidos y cremas que sólo compramos nosotras.

Hemos normalizado que estos espacios, que deberían mostrarnos protectores solares para evitar el cáncer de piel más que cremas para no aparentar la edad que sí tenemos, sean lugares de acoso y derribo contra nosotras, las mujeres. Pero todo lo que se normaliza se puede problematizar, y todo lo que consigue pasar desapercibido puede convertirse, con la presión suficiente, en algo denunciable. Ya es hora de que sean las marcas las que sientan acosadas por nosotras y nuestras quejas. El acoso y derribo tiene que cambiar de bando. Nuestra salud física y mental depende de ello.

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Barbijaputa es activista feminista, escritora y columnista en eldiario.es.

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