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El juego mata

Con catorce años aposté mi primera moneda en una partida de póker. La primera es social, como el primer pitillo de un fumador. Luego, el orgullo hace que te lo calles y la bola se hace más grande.

Por Santiago Caamaño

Con catorce años aposté mi primera moneda en una partida de póker. Dos años más tarde, ya jugaba mis ahorros en la ruleta e introducía billetes en máquinas tragaperras. Con la mayoría de edad recién cumplida, gasté 13.000 euros en apuestas deportivas en dos horas. Con veintidós pedí ayuda y con veinticinco empecé a contar mi historia a todo el mundo para poder prevenir y concienciar sobre este problema que no para de crecer. Ahora tengo veintiséis y estudio psicología. Soy Santiago Caamaño, soy ludópata rehabilitado y tengo más orgullo que complejos al respecto.

La primera moneda es social, como el primer pitillo de un fumador. ¿Juegan mis amigos? Pues yo también, no soy menos que nadie. Poco a poco, sin darme cuenta, necesito jugar más cantidad para tener la misma sensación que tenía con el primer euro. Por momentos me digo que voy a parar, pero mi mente me engaña y siempre me pone una excusa por la que seguir: "Estás en racha", "hay que recuperar"... y me autoconvenzo.

Mi gente ve que algo no va bien, me lo dicen y yo me río en su cara y los tomo por tontos. Así que empiezo a mentirles a ellos y a mí mismo, hasta el punto de que veo que no soy capaz de salir de mi mentira.

El orgullo hace que me lo calle y que la bola cada vez sea más grande. En ese momento, tengo un canal de humor con decenas de miles de seguidores y trabajo en la televisión. Siento que soy alguien para la gente, pero para mí soy una mentira. Dejo de dormir, sólo pienso en recuperar lo perdido. Genero una deuda que no puedo solventar. Pido ayuda a mi familia. Pero que quede claro que la pido porque tengo una deuda, no porque tenga un problema con el juego. Mi familia se ofrece a pagar la deuda si empiezo la rehabilitación en un centro de A Coruña. Y acepto.

Estoy un año en rehabilitación, sin jugar, y entonces llega el gran error. Pido el alta voluntaria y me voy de la asociación. A los cuatro días vuelvo a jugar. Vuelvo a hablar con el psicólogo, pero ya nada era igual, hasta el punto de que llego a recaer hasta cuatro veces seguidas. En la tercera, me echan de casa y me veo solo.

Aún así, estoy en el coche, yendo a jugar. Me grito en voz alta que no lo haga, me lo suplico, lloro, pero estoy de camino y entro en el salón, en mi cárcel. Con la apuesta en la mano, llega el peor pensamiento que he tenido nunca: "Si pierdo, me suicido". Lo tenía clarísimo. Otro yo rompe la apuesta antes de que se acabe. Voy al psicólogo y le digo que me volví loco, que hablé solo y que tengo mucho miedo. Aquí llega la frase que me cambia la vida: "Es la primera vez que veo sinceridad en tus ojos. Ahora sí que quieres acabar con esto".

El 22 de junio de 2017, el día que cumplí veinticuatro años, fue el último día que jugué.

Cuanto más tiempo pasaba, mejor me sentía, pero notaba que le debía una a la vida. Ahí decidí que no iba a ser uno más. Iba ayudar a quien lo necesitara e iba a hacer ver a los jóvenes los problemas que puede traer el juego.

A eso me dedico ahora. A ayudar, a concienciar y a luchar por unas leyes más justas para que las casas de apuestas dejen de robarnos a miles de menores y dejen de destrozar los barrios más humildes.

La publicidad de este sector va dirigida de forma descarada a menores de edad, poniendo a ídolos de los chicos y normalizando una situación de juego en cualquier franja horaria. Abren locales en los barrios más necesitados, al lado de colegios... No tienen escrúpulos.

Siempre digo que es una lucha contra gigantes, ya que son muchos miles de millones los que se mueven por esos mundos y, aparte, tienen mucha influencia en los poderes políticos, que son quienes tienen que cambiar las normativas. Pero yo no me voy a rendir, no tengo nada que perder y sí mucho que ganar. Cada vez hay más conciencia, pero todavía queda mucho. El juego mata.

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Santiago Caamaño es un ludópata rehabilitado.

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