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Lo que esconden los escaparates

El sector textil es el responsable de la contaminación del 20% de las aguas mundiales y del 10% de las emisiones globales de carbono.

Por Ricardo Gamaza

Una de las mayores industrias de producción masiva es la de ropa y productos textiles. Bajo el influjo de la moda, los armarios de la sociedad de consumo se llenan hasta reventar y hemos convertido en un hábito el renovar el armario cada poco tiempo. Detrás de esta superindustria donde se han cosechado alguna de las mayores fortunas del planeta se encuentra una de las industrias más contaminantes e insolidarias, basada en muchos casos en la miseria laboral y la destrucción ambiental. Pero la moda también puede ser sostenible.

El sector textil es el responsable de la contaminación del 20% de las aguas mundiales y del 10% de las emisiones globales de carbono. Eso coloca a esta industria como la más contaminante detrás tan solo de la petrolera. En porcentajes, el 67% de la ropa que se produce acaba en un vertedero y un 18% más acaba siendo quemada en alguna incineradora, lo que deja tan solo en un 15% la cantidad de ropa que se recicla.

Las condiciones laborales de la producción de esta ropa rozan, cuando no realizan de pleno, las condiciones de esclavitud. La deslocalización de las producciones para abaratar costes llevan a grandes multinacionales a poner a trabajar a niños y mujeres en condiciones infrahumanas en muchos casos. Sólo así se pueden ofrecer precios tan atractivos que hagan posible al consumidor occidental cambiar de prenda tan a menudo, desarrollando el concepto de fast-fashion. Detrás de una camisa a veces hay toda una historia de condiciones de explotación, sueldos ínfimos, jornadas laborales maratonianas, condiciones de trabajo deplorables e incluso explotación infantil.

Otra de las graves cuestiones ambientales de la ropa industrial es el uso de colorantes. Aunque la utilización de ropa en el ser humano se remonta a la prehistoria, el uso de tintes, al menos los sintéticos, para colorear las vestimentas no es tan antiguo. El primer tinte artificial del que hay noticias es la anilina morada o malveína, que se descubrió en 1856 por el químico inglés William Perkin. Por supuesto, el uso de determinados colores se vinculó desde el principio a las clases pudientes, las únicas que podían permitirse estos lujos.

Sin embargo, la popularidad de los tintes sintéticos es la responsable del 20% de los tóxicos que se encuentran en las aguas del planeta. Como indica Vida Sostenible en su último informe sobre ropa sostenible, la presencia de azufre, naftol, colorantes de tina, nitratos, ácido acético, jabones, enzimas, compuestos de cromo y metales pesados como cobre, arsénico, plomo, cadmio, mercurio, níquel y cobalto hacen que, en conjunto, el efluente textil sea altamente tóxico.

Pese a todo, volver a los tientes naturales es posible. La cebolla, la remolacha o la cúrcuma son algunas de las plantas que se pueden utilizar para tintar telas, aunque paradójicamente el uso de tintes naturales en la actualidad encarece el producto textil. También está en el poder del consumidor adquirir productos de empresas que no deslocalizan sus producciones a los mercados asiáticos, donde las condiciones laborales y ambientales son a veces una entelequia para muchos de esos países.

Mirar las etiquetas puede hacer que la ropa sostenible parezca a veces más cara para el bolsillo, pero en términos globales es un producto más barato para el planeta si se estimasen los costes ambientales y sociales asociados a otra forma industrial de producción de ropa.

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Ricardo Gamaza es periodista y divulgador agroambiental.

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