Tecno

El conflicto con la UHF y el futuro de la televisión en abierto

La implantación del 4 y el 5G han convulsionado la estructura en la que se asentaba la tradicional industria de producción y emisión televisiva en España y en Europa, provocando un terremoto en la industria.

Por José Morillas

El Gobierno acaba de publicar el pliego de condiciones por el que en unos meses comenzará la subasta del paquete de frecuencias de la UHF para la implantación del 5G en España. Algo esperado con impaciencia por las grandes operadoras de telefonía y los sectores que se van a beneficiar del despliegue de este avanzado sistema de telecomunicaciones.

Si todo va según lo previsto, el proceso de ocupación del segmento de los 700 Mhz, (que junto a los de 3,5 GHz y 26 GHz completan las bandas necesarias) tendrá una primera etapa antes de finales del próximo año, una segunda en junio de 2024 y está previsto que concluya justo un año más tarde culminando la cobertura del conjunto del territorio nacional.

Finalmente, el ejecutivo ha cedido a las peticiones de las operadoras rebajando el precio de salida de los 1700 millones de euros previstos en el borradorhasta algo menos de 1000 (995,5 millones de euros), un 15% menos. Hay que recordar que países como Italia o Alemania recaudaron 6.500 millones, tres veces más que se espera en España.

Además, les amplía el periodo de concesiones entre un mínimo de 20 y un máximo de 40 años, con el objetivo de que las concesionarias tengan garantizada la recuperación de su inversión de forma holgada. El Decreto también les premia con modificaciones fiscales favorables y reducirá su aportación anual a la financiación de RTVE. A su vez, el ejecutivo se compromete a una inversión pública que según diferentes fuentes oscilaría entre 2.000 a 4.000 millones de euros hasta 2026.

Todo un gigantesco esfuerzo (algunos lo podrían calificar de faraónico) público y privado con la expectativa de que el nuevo G no es como los anteriores. El 5 pretende dar un giro sustancial al conjunto de la economía y los procesos productivos: coches autónomos, desarrollo y extensión de la Inteligencia Artificial, internet de las cosas, implantación de la nueva generación de robots para el gran conjunto de actividades desarrolladas hasta ahora por humanos...

Pero, mientras llega ese futuro o acaba dibujándose de otra manera, no todo ha sido, ni es, ni ideal ni perfecto. Y plantea, entre otras, la pregunta de qué va a pasar con el servicio de televisión en abierto que hasta ahora se ha considerado esencial para la sociedad. Un servicio que desde hace décadas vienen utilizando las autopistas, las bandas y canales de la UHF para su difusión generalizada (y desde 2009 incorporando la TDT). Ello ha permitido la universalización del medio televisivo bajo unas condiciones de alta calidad de transmisión.

Sin embargo, la implantación primero del 4 y ahora del 5G han removido la estructura en la que se había asentado hasta la fecha la tradicional industria del broadcast (producción y emisión) televisiva en España y en Europa, provocado un terremoto en la industria de las comunicaciones con profundas repercusiones no solo en el escenario empresarial sino en el social y público.

Por situar una fecha, el año 2010 fue el inicio del conflicto cuando, culminado el apagón analógico (el paso de la transmisión analógica a la digitalización de los canales a través de la TDT), se decreta del primer dividendo digital: la expulsión de estos canales de las bandas altas de la UHF a favor de los servicios de telefonía móvil.

Un asunto que provocó, entre otras reacciones, lo nunca visto hasta entonces. Los todo poderosos consorcios privados de televisión europeos buscaron aliados en las corporaciones públicas de radio y televisión, sus históricos competidores principales por las audiencias y el pastel publicitario. En escena aparecía un enemigo más temible que las estructuras estatales del audiovisual: las operadoras de telefonía. Este lobby ya movía miles de millones de euros, se enardecía de haberse convertido en uno de los motores fundamentales de la economía en Europa, sobre todo en tiempos de crisis, y prometía ser un motor imprescindible de la nueva revolución tecnológica digital.

Con la demanda de implantación del sistema 4G, la industria de servicios telefónicos aéreos exigió a las autoridades europeas ocupar unas frecuencias radioeléctricas hasta el momento indiscutiblemente asignadas para la señal de la televisión comercial y pública.

En la Unión, finalmente triunfaron las tesis (y las presiones) de estos nuevos colonos de la UHF. Esta apuesta no era gratis ni sencilla: conllevaba la obligación para las empresas broadcast del sector de mudarse a un segmento más bajo del UHF. La primera migración o primer Dividendo Digital fue el cambio de los 800 Mhz al segmento de los 700 Mhz, (694- 790Mhz) para albergar el 4G.

Segundo dividendo digital

Pero las telecos querían más. Con el argumento de garantizar una cobertura más amplia de territorio con menos infraestructura y menos coste para el despliegue del nuevo 5G (las bandas de 3,5 MHz y 26 MHz dan mucho ancho de banda pero cubren menos área) y, en nombre del interés general, exigieron también los canales de 700 MHz de la UHF, donde se acaban de mudar las emisoras televisivas.

Por ello, tuvimos hace unos meses que volver a resintonizar nuestras teles o a cambiar nuestras instalaciones para encontrar los canales de TDT en las frecuencias por debajo de los 700 Mhz, -470 a 694 Mhz-. Era el segundo dividendo digital. Esto también ha supuesto una inversión de cientos de millones de euros provenientes en su gran mayoría de las arcas públicas.

Los diferentes capítulos de este conflicto han tenido prácticamente una nula repercusión en los medios y en la opinión pública. Los espectadores han entendido que era un tema muy menor: el único perjuicio aparente era perder un tiempo resintonizando canales. En algunas ocasiones, además, conllevaba un pequeña inversión en actualizar antenas.

Tampoco se ha hablado demasiado del coste público que ha supuesto la medida. Todo se ha presentado como un asunto técnico y, a lo sumo, en sectores muy específicos, como un tema tecno-económico de lucha por la competencia y siempre bajo las expectativas del progreso tecnológico asociado a estas nuevas tecnologías.

Hay que tener en cuenta que es a través del sistema de Televisión Digital Terrestre, albergado en la UHF, por el que la mayoría de ciudadanos de Europa accede a la televisión, según publica la Unión Europea de Radiodifusión, UER. Una televisión en abierto que en Europa se presumía era de calidad (al menos, programación efectivamente de calidad convivía con otra más discutible). En resumen, una garantía de acceso público y universal a una información, un entretenimiento y, en general, unos contenidos iguales para todos los públicos, con independencia de su estrato socioeconómico o su lugar geográfico.

Además de limitar el número de canales posibles de difusión, una migración de las bandas de mayor frecuencia a otras más bajas de la UHF, como han impuesto los dos dividendos digitales, pone a las cadenas tradicionales en serias dificultades a la hora de implementar servicios de mejor calidad de imagen como las Ultra Altas Definiciones (UHD), experienciales o de interacción del espectador (porque, en pocas palabras, a menor frecuencia también menor ancho de banda, es decir, menor capacidad de cada canal para albergar y transmitir datos). Sin embargo, estos servicios van a suponer, en el corto plazo, el mayor valor añadido y de rentabilidad para los operadores del sector.

Y todo ello, bajo la hipótesis de que no se regule un tercer dividendo digital que desaloje definitivamente a la TDT de las bandas UHF. Un escenario nada descartable que ya está en la mesa de los departamentos de la UE. En principio, pese a las voracidad de las telefónicas, se respetaría el actual segmento (694- 790Mhz) para la TDT… hasta el 2030. Luego no se garantiza. De producirse, sería ahora sí el final del modelo de televisión en abierto vigente hasta nuestros días.

Ya nadie discute la estrategia sin contemplaciones de las corporaciones de telefonía móvil: eliminar toda la competencia de las viejas corporaciones de televisión, las cuales necesitaban la UHF como soporte tecnológico de su modelo de negocio. La excusa del desarrollo del 4 y 5G es solo una verdad a medias.

Controlar esos canales (empezando por los de mayor frecuencia) significa poseer una de las dos llaves maestras del futuro de la distribución de los contenidos audiovisuales premium de todo un país o área geográfica, además del control de las vías de interconexión móvil para el desarrollo de la llamada cuarta revolución industrial. La otra es conseguir una posición dominante en los ámbitos de distribución a través de internet (por eso las fusiones y absorciones entre compañías que manejaban radiofrecuencia con las de cable: Vodafone y Ono, Orange y Jazztel, etc.)

Es verdad que la estructura digital que ofrece internet podría ser la alternativa fuera de la UHF para soportar las innovaciones a implementar y albergar el conjunto de servicios de televisión, entre los que se encuentran los de las cadenas públicas como RTVE. Pero aquí aparece otro problema de dimensiones mayores si cabe: el dominio de este nicho por parte de las grandes plataformas de video bajo demanda y streaming.

Un espacio donde las televisiones tradicionales han perdido la posición dominante que disfrutaban en la radiofrecuencia y en el que deben competir con unas corporaciones globales que multiplican por varios dígitos su valor financiero. Y donde, no olvidemos, el modelo triunfante es el modelo de pago por visión (en sus diferentes formas).

En definitiva, una verdadera encrucijada que llena de incertidumbre y pone en cuestión el principal modelo de acceso a la programación de contenidos en Europa y, particularmente, en países como España. Un modelo basado en el axioma de que los estados tenían que garantizar un acceso en condiciones de igualdad para todos los ciudadanos independientemente de sus niveles de renta o su situación geográfica.

En este contexto, resulta sorprendente que ni el Gobierno de España ni los departamentos pertinentes en Bruselas hayan planteado la posibilidad de que una parte del 5G se reserve para la emisión de los operadores tradicionales de televisión en los que se incluyen los públicos, al menos, para garantizar el servicio público en abierto.

No estaría de más que los consumidores exigiéramos más información y un debate en profundidad de las derivadas del modelo de despliegue del 5G más allá de la propaganda sobre lo positivo de este sistema de alta velocidad para las comunicaciones móviles y la nueva industria digital.

En particular, debate e información sobre la guerra abierta que estamos presenciando por el control del espectro de la UHF que, entre otras consecuencias, está configurando un nuevo reparto, unas nuevas reglas, una reordenación y reprivatización del negocio audiovisual, una de la grandes industrias globales que mueve el 3% del PIB mundial. Y con ello, el replanteamiento y cambio del modelo para el acceso público a los mismos.

¿Dónde queda en este escenario el servicio público (esencial según la ley española) de radiotelevisión encomendado a las cadenas públicas? ¿Qué papel y qué dimensión pueden tener corporaciones como RTVE, RAI, BBC, etc? ¿Es viable o posible mantener un mínimo de liderazgo, influencia y repercusión de los medios públicos en este nuevo escenario? ¿Hemos dado un cambio irreversible Europa y España hacia el modelo estadounidense donde la programación pública es marginal y subsidiaria de las corporaciones privadas? ¿Quedará algún segmento del UHF para la televisión en abierto? ¿Quedará la TDT en todo caso como un ámbito residual y de bajo valor de acceso a los contenidos? ¿Estamos condenados irremediablemente a pagar por ver televisión de calidad?

Cuestiones de mucha transcendencia pública que tocan directamente los derechos de los espectadores y que abre un debate que hace referencia y maneja los conceptos de democracia, igualdad, pluralidad o papel de lo público en ámbitos tan delicados como son el control de la información, los contenidos y los canales mayoritarios de construcción simbólica de una sociedad.

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José G. Morillas Cantero es profesional RTVE y profesor de Comunicación Audiovisual Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid.

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