Biocombustibles: ¿Agravan o solucionan el futuro de la energía y el precio de los alimentos?

El término biocarburante o biocombustible ha comenzado a conocerse popularmente a raíz de la subida de precios de varios alimentos básicos a finales del verano de la que, supuestamente, podrían ser sus causantes. De productos marginales y restringidos a determinados países, han experimentado una espectacular expansión en poco tiempo debido a las incertidumbres que plantea el futuro de la energía y el obligado cumplimiento de los acuerdos de Kioto. ¿Pero, de dónde proceden y cómo han ido introduciéndose en los mercados?

Entre los biocombustibles distinguiríamos dos importantes clases: el biodiésel, que se obtiene a partir de semillas oleaginosas de soja, palma, girasol o colza, y el bioetanol, procedente de la fermentación de mostos dulces extraídos de vegetales ricos en azúcar, como la remolacha, el maíz, la cebada o la caña. Los principales productores y consumidores de bioetanol son Estados Unidos y Brasil, y de biodiésel, la Unión Europea. Ambos sustituyen total o parcialmente a las gasolinas como combustibles, especialmente en el sector del transporte.

Mundialmente se ha hecho una apuesta fuerte por el desarrollo y aplicación de estos compuestos. Estados Unidos firmó recientemente un acuerdo con Brasil y la Unión Europea se ha fijado como objetivo lograr que a final de 2007 un 2% de combustible proceda de biodiésel, alcanzando un 6% en 2010 y un 20% en 2020.

Las ventajas de los biocombustibles son indudables: además de constituir una alternativa real a los combustibles fósiles (contaminantes y agotables) presentan un balance neutro en la emisión de gases invernadero, contribuyen a la eliminación de determinados residuos (incluyendo los aceites de cocina usados), reducen la dependencia energética (que para España es del 85%) y pueden contribuir a asentar la población rural, además de ser una importante fuente de generación de empleo. ¿Por qué son entonces tan debatidos?

En mayo de 2007, las Naciones Unidas dieron a conocer un importante informe sobre el empleo de los biocombustibles: si su introducción se producía de forma masiva y precipitada, el organismo internacional pronosticaba una aceleración en la deforestación mundial, extensión de la pobreza, emigraciones y hambrunas.

Y así, efectivamente, está empezando a ocurrir. Para satisfacer las necesidades energéticas de la Unión Europea (por hablar sólo de nuestra zona), se necesitaría que el 72% del territorio estuviera destinado a estos cultivos. Pero como esto no es posible, pues interferiría con nuestras prácticas agrícolas y otros usos del suelo, debemos importarlos de terceros países. Y aquí aparece el primer problema, pues los lugares de cultivo son lejanos y su transporte incrementa el consumo de energía y genera impactos ambientales por las emisiones que produce. Pero lo peor procede de los cambios en la gestión de la tierra: las plantaciones de soja están desplazando a los bosques primarios en Argentina, Uruguay y Brasil. En Sumatra y Borneo, alrededor de cuatro millones de hectáreas de bosques se han convertido en tierra de cultivo de palmeras, situación que se repite en Indonesia y Uganda. Las talas e incendios liberan enormes cantidades de dióxido de carbono, por lo que se anularía uno de sus beneficios esperados. Y en Malasia, los cultivos de palma están originando insuficiencias alimentarias por haber sustituido a los agrícolas.

La reconversión de terrenos hacia monocultivos energéticos no es una buena noticia. No son aconsejables en ningún caso (recuérdense los desastres de la patata en Irlanda o del tizón de maíz en Estados Unidos), pero aquí, como aseguraba el informe de la ONU, generarán dependencia, reducción de biodiversidad, expulsión de muchos agricultores y ganaderos de sus explotaciones tradicionales, vulnerabilidad alimentaria de muchos países y dificultad en su acceso al desarrollo.

¿Significa todo esto un rechazo a tan prometedora alternativa? La respuesta debe ser matizada: si se tiene en cuenta la protección del suelo, se garantiza un uso socialmente aceptable de la tierra y se integran en programas de desarrollo sostenible que armonicen la oferta y la necesidad, los biocombustibles pueden representar una alternativa válida (aunque no la única) a la demanda energética del transporte. De lo contrario, los daños serán superiores a los beneficios.

Y en cuanto a los precios de los alimentos, de producirse una fuerte demanda en los países desarrollados podríamos notar un incremento, pero en productos secundarios. No cabe, por tanto, culpabilizar a los biocombustibles, todavía con un mercado reducido, de nuestras recientes subidas de los precios de cereales y de los productos que con ellos se relacionan. Más bien cabe atribuirlo a una reducción en la producción mundial de cereales, condiciones climáticas adversas y el incremento del consumo en los países asiáticos, especialmente China e India. No obstante, y como según la FAO en un corto plazo los biocombustibles pueden suponer el 25% de la energía total consumida, conviene ser muy cuidadosos en su producción y distribución para que no supongan un nuevo obstáculo al desarrollo y encarezcan las condiciones de vida de muchos sectores de la población.

La conclusión que de su debate deberíamos aprender es que no habrá salida a los problemas ambientales mientras se mantenga el alto nivel de consumo y opulencia de los países desarrollados, que requiere cantidades ingentes de materias primas. Alternativas energéticas para el futuro hay muchas y buenas –ahí está todo el abanico de las energías renovables-, pero difícilmente podrán aplicarse si no revisamos nuestros estilos de vida. Sólo con más sencillez y austeridad personal e institucional podremos aplicar satisfactoriamente las mejores opciones y asegurar un futuro sostenible para todos.

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