Los hechos ocurrieron en 1996

Una discoteca de Valladolid deberá indemnizar con 209.591 euros a una joven que bebió una botella con sosa

El Tribunal Supremo ha desestimado el recurso del propietario de la discoteca Charlot.

El propietario de una discoteca de Valladolid y uno de sus camareros deberán indemnizar con 209.591 euros más intereses a una joven que resultó con graves lesiones en el esófago en 1996 tras beber una botella de agua mineral que en vez de dicho líquido contenía sosa cáustica que el empleado había introducido en el citado recipiente para llevarse a su casa.

El Tribunal Supremo ha desestimado el recurso interpuesto por el propietario del establecimiento -denominado Charlot-, el empleado y la aseguradora, que alegaron que no procedía indemnizar a la joven porque, al beber de una botella que tomó de una de las barras del local, había incurrido en conducta negligente.

Los hechos ocurrieron en la citada discoteca en la noche del 23 al 24 de febrero de 1996, cuando la joven, acompañada de una amiga, permanecía en la discoteca con el permiso de varios de los camareros mientras éstos adecentaban la sala entre la sesión de tarde y la de noche.

Según señala la sentencia de instancia, la joven mantenía una relación de confianza con los responsables del local hasta el punto que la dejaban permanecer dentro fuera de horas de apertura al público, y le permitían igualmente el acceso gratuito y el consumo gratis de bebidas.

Amparada en dicha confianza, la joven bebió de una botella de agua mineral que se encontraba en una de las barras junto a otros vasos y bebidas, que había sido rellenada previamente por uno de los camareros con sosa cáustica procedente del material de limpieza, con el fin de llevarse dicha sustancia a su domicilio. La ingesta provocó en la joven quemaduras y lesiones muy graves en el aparato digestivo.

La sentencia, de la que ha sido ponente el magistrado Antonio Gullón Ballesteros, insiste en que, en todo caso, la negligencia de la víctima sería levísima y no comparable con la del camarero que rellenó la botella de sosa -cuya apariencia era de total inocuidad, dado que se trata de una sustancia incolora- y la dejó "seguramente en el lugar menos indicado: en la barra junto con otros envases y elementos que abonan su confusión y disimulo", tras lo cual abandonó el lugar para tirar la basura junto a otro empleado.

"Cualquiera de los allí existentes podía haber realizado la misma acción (beber de la botella), incluso los propios trabajadores del local, pues nadie tenía conocimiento (...) de la peligrosa alteración producida", agrega la sentencia.

Dado el clima de confianza y permisividad que los responsables de la discoteca habían propiciado respecto de la joven, el Supremo concluye que "no cabe atribuir a la demandante extralimitación alguna en la acción de tomar una botella pequeña de agua, de las existentes, incluso, ya en la barra, como anteriormente servidas y despachadas, que tendrían con probabilidad el destino de ser retiradas del consumo o desechadas, si ya habían sido abiertas".

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