Reivindicando el papel de la ciudadanía en la política

Hay organizaciones sociales que hemos optado por hacer de la acción, y no del inmovilismo, nuestra seña de identidad.

Reivindicando el papel de la ciudadanía en la política

Hace unos días me topé con un triste mimo disfrazado de Charlot que tembloroso intentaba emular una de esas estatuas humanas que habitan en las calles y parques de nuestras ciudades y que, calladas, sin molestar, con mirada triste y, resignada a un inmovilismo casi imposible, solicitan tu atención y reconocimiento. En este caso, además, este Charlot improvisado era incapaz de controlar el temor que debía producir su exposición pública, como si lo expuesto fuese su propia dignidad.

Su visión fue como una metáfora de esa ciudadanía que tanto alaba el gobierno de Mariano Rajoy. Esa ciudadanía silenciosa, inmóvil, temerosa y resignada que sólo interactúa con el poder político cada cuatro años, cuando éste se acerca a ella, solicita su atención y la estatua viviente, hasta entonces inmóvil, por fin hace el gesto solícito y complaciente de depositar el voto en la urna.

Pero hay numerosos ciudadanos que no queremos ser estatuas vivientes. Hay organizaciones sociales que hemos optado por hacer de la acción, y no del inmovilismo, nuestra seña de identidad. Los poderosos y los que gobiernan pretenden silenciarnos, a los consumidores, a las madres y padres de alumnos, a los periodistas, a los trabajadores, etcétera y nosotros debemos rebelarnos frente a ese papel de falso mimo que quieren adjudicarnos.

Se reconoce a la "ciudadanía silenciosa, la que no se manifiesta, la que no sale en portadas de prensa y no abre telediarios, la que en silencio asume los sacrificios" y los recortes que se le imponen, sin preguntarle, sin consultarle, ya hizo su breve y permitido movimiento el día 20 de noviembre y su salida a escena acabó ese día.

Se desprestigia a sindicatos, a organizaciones y movimientos ciudadanos comprometidos con los derechos de los más débiles, se tacha de radicales y extremistas a los que defienden el futuro de sus hijos y la educación pública, a los que luchan por que el derecho a la vivienda sea realmente un derecho y se acusa a FACUA de extralimitarse en sus funciones por defender servicios públicos de calidad y por criticar la merma de garantías ciudadanas y los recortes que atentan contra derechos sociales básicos. Nos quieren como estatuas vivientes, esas que sólo se mueven de vez en cuando, cada cuatro años, y que hacen del inmovilismo virtud.

FACUA defiende a los consumidores y defiende una ciudadanía libre, que libremente se manifiesta, opina y reclama sus derechos, si así lo decide, en la calle, que no es patrimonio de ningún gobierno. Una ciudadanía que no sea tratada como un conjunto de estatuas humanas sino como auténtico sujeto de la acción política, que interviene y participa en el gobierno de su país y que reivindica su papel activo. Y lo hace porque la política no es tarea exclusiva ni exclusivista de unos pocos elegidos.

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