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FACUA.org - España - 29 de diciembre de 2017

¡Oh, el cielo es un lugar en la Tierra!

Cuando se trata de la promesa de una vida mejor, más exitosa y feliz, todos somos potenciales víctimas de los charlatanes, timadores o publicistas engañosos.

¡Eh, usted!

¡Sí, sí, usted!

¿Ha conseguido todo lo que quería en la vida? ¿O más bien se ha llevado una (gran) decepción? ¿Le fastidia tropezar bache tras bache, y cree que no merece las injusticias y piedras en el camino que se encuentra? ¿Quién le pone la pierna encima para que no levante cabeza? ¿Ha pensado más de una vez que la suerte no le acompaña?

Pues no se preocupe: ¡Tenemos la solución! Ya no tendrá que buscar más, porque el cielo es un lugar en la tierra y nosotros podemos proporcionárselo.

Si al leer hasta aquí te hemos arrancado una sonrisa, probablemente has identificado la manera de expresarse de un charlatán, timador o publicista engañoso (elige tu sinónimo favorito). Los hemos visto en el cine y en la televisión, captando a incautos pardillos, mientras sacudíamos la cabeza: "cómo puede caer en esa trampa", pensamos. Y la respuesta es más sencilla de lo que creemos, porque cuando se trata de la promesa de una vida mejor, más exitosa y feliz, en un mundo cada vez más a la deriva, todas somos potenciales víctimas. De nuevo cine y televisión nos han alertado en ocasiones de que es muy fácil ser un incauto pardillo, normalmente sin darnos cuenta. Así lo hacen:

Bocados de (ir)realidad

¿Quién no ha soltado alguna vez, mientras hincamos el diente a la hamburguesa de alguna cadena de comida rápida, un sarcástico igualita a la de la foto? En Un día de furia, de Joel Schumacher, el protagonista al que da vida Michael Douglas estalla ante los empleados de un fast food por esto mismo y por su negativa a servirle un desayuno a las 11:33 horas ya que su política de empresa les prohíbe venderlos después de las 11:30h.

La ficción nos permite empatizar con un hombre al límite y con fusil en mano, pero lo que en realidad nos debería llamar la atención de la escena es la ausencia de respuesta, tanto en empleados como en clientes, al señalar Douglas la fraudulenta imagen en el cartel de la hamburguesa que nada tiene que ver con la de la realidad, y preguntarles a los presentes dónde está el fallo de esa fotografía. La metáfora del aterrado silencio que ellos le devuelven revela que nadie quiere ser cómplice del dedo acusador que señala la cruda realidad. En este caso, la foto de la hamburguesa no promete el cielo en la tierra, pero sí la pertenencia al grupo y el formar parte de una comunidad del más por menos. No me moleste con sus críticas mientras yo degusto pacífica y aborregadamente mi triste, miserable y aplastada cosa.

El hombre del millón de dólares

Si echamos la vista atrás, podemos recordar algún capítulo de nuestra infancia en el que hayamos llevado de la mano o casi a rastras a nuestros padres y madres a esos concursos de dibujo en los que recibías una medalla, pequeño trofeo o juguete al terminar de pintar mientras a ellos les cantaban las alabanzas de la enciclopedia de turno o el piso vacacional en multipropiedad. Al personaje interpretado por Bruce Dern en Nebraska, de Alexander Payne, le ocurre siendo un anciano con principios de demencia senil. El hombre es víctima de un panfleto que llega a su correo en el que se le presenta como ganador de un millón de dólares a recoger en una empresa en Nebraska. Su familia le previene de que se trata de un reclamo publicitario, pero él no hace caso: quiere su premio.

Cuando la sociedad nos clasifica en ganadores y perdedores y las metas a las que aspiramos no se cumplen, creemos que la vida, como una especie de ente sin rostro, nos está tratando mal. Entonces en lugar de reflexionar sobre qué construcciones hay detrás de todo esto y por qué se producen las injusticias, falsas promesas y desigualdades, adoptamos una visión del mundo como si éste fuera un verdadero juego de azar. Y nos agarramos a nuestra fe porque tratamos de convencernos de que nuestro millón de dólares va a llegar, mientras quienes de verdad las generan lo hacen a costa de que el resto saltemos de obstáculo en obstáculo mientras nos evadimos, como dicen en El club de la lucha, comprando mierda que no necesitamos con empleos que odiamos.

Nostalgia vía startup

El último bien de consumo es el binomio cuerpo y mente. El típico dicho si la vida te da limones, haz limonada puede sonar positivo pero esconde un conformismo al que le falta algo con lo que recubrirlo. Creadores y creativos pusieron sus cerebros a funcionar y el resultado fue un sentimiento en forma de fiebre: nostalgia. Primero fueron los años 50 y 60 y sus diners, su reposición anual de Grease y su merchandising de Regreso al futuro, que también sacó su tajada con la nueva década a explotar, los 80. Stranger Things ha evidenciado ahora lo que hace tiempo veníamos sabiendo, y es que las hombreras, los cardados y Cindy Lauper venden, pero no sólo camisetas y cubos de Rubik, sino también estilos de vida y un tiempo pasado que fue mejor y al que muchas personas se mueren por volver.

Es lo que, literalmente, sucede en el episodio San Junipero, de la tercera temporada de la serie Black Mirror, creada por Charlie Brooker. En lo que parece el paraíso de cualquier entusiasta publicista, dos jóvenes se enamoran en una isla virtual que recrea los años 80 y que llena de reminiscencias culturales a la época un futuro cercano inquietante disfrazado de mejora tecnológica. La ciencia podrá ayudarte. Quizá no siempre será capaz de sanarte, pero creará un entorno ficticio que te servirá, un país de las maravillas que te aliviará. Aunque contará con un reverso tenebroso en el que tú serás su mejor paciente y también su mejor cliente. Cuando terminemos de envenenar a la sociedad y agotemos los recursos del planeta, siempre podremos, como en la cinta de animación Wall-E, subirnos a la nave Axiom y disfrutar de lo siguiente que nos haya preparado el sistema de megafonía.

Así, en lugar de aspirar a que la tierra no sea un infierno, nos conformamos con comprar un pedazo de cielo en la tierra.