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Móviles y salud

Algunos datos que los consumidores deben conocer.

FACUA.org - 22 - junio de 2001
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¿Pueden provocar tumores o aumentar el riesgo de sufrirlos?

La revista Radiation Research ha publicado un estudio del Instituto Centenario de Medicina del Cáncer y Biología Celular de Sidney (Australia) que fue conducido por cuatro científicos, entre ellos su director ejecutivo, el doctor Tony Basten, y el director del Proyecto Internacional sobre Campos Electromagnéticos de la OMS, el biofísico Michael H. Repacholi. Realizado durante 1996 y 1997 en el Hospital Royal Adelaide, se analizaron doscientos ratones que habían sido manipulados genéticamente para predisponerlos a desarrollar linfoma, un cáncer del sistema linfático. La mitad de los ratones fue expuesta a una radiación similar a la producida por los teléfonos móviles durante media hora dos veces al día. Tras dieciocho meses, los ratones expuestos habían desarrollado el doble de linfomas que el resto. El estudio fue financiado por la compañía australiana de telecomunicaciones Telstra.

Este estudio australiano es el segundo que demuestra actividad biológica producida por una señal de teléfono móvil. En 1998, el presidente del Consejo Nacional Americano de Protección contra las Radiaciones, el doctor W. Ross Adey, del VA Hospital de Loma Linda (California. EE.UU.), anunció que una señal parece tener un efecto de cáncer para los ratones expuestos. Cuando Adey repitió el experimento usando una señal copiada de un teléfono analógico, que emite radiaciones no-pulsantes, no se produjo ningún efecto. "Esto nos indica que es precisamente la digitalización del sistema el principal agente nocivo y a diferencia de los teléfonos móviles analógicos, los modelos digitales GSM usan señales pulsantes", explica en un artículo publicado en la revista Natural Raúl de la Rosa, autor del mencionado estudio de la Universidad de Valencia y presidente de la Asociación de Estudios Geobiológicos (GEA).

En el mismo sentido, otros experimentos apuntan que la exposición prolongada a radiofrecuencias débiles es potencialmente nociva. En este grupo, el profesor John R. Goldsmith, de la Unidad de Evaluación de Epidemiología y Servicios de Salud de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Ben Gurion de Negev (Israel), señala que la exposición a radiofrecuencias de telecomunicaciones tiene efectos adversos sobre la salud como cáncer, mutaciones y alteraciones en el desarrollo embrionario.

Para los doctores Alejandro Ubeda y María de los Angeles Trillo, del Servicio de Bioelectromagnetismo del Hospital Ramón y Cajal de Madrid (España), las investigaciones de Goldsmith carecen de base firme y no están respaldadas por datos concluyentes. De la misma opinión es John E. Moulder, catedrático de Radiación Oncológica de la Escuela Médica de Wisconsin (EE.UU.), que señala que el propio Goldsmith admite que sus fuentes no han sido revisadas por expertos y que su investigación ha sido declarada incompleta y falta de estimaciones reales de la dosis.

Moulder se muestra especialmente crítico con las opiniones vertidas desde parte del mundo científico al respecto de la peligrosidad de la telefonía móvil, algo que deja patente en sus informes, entre ellos el titulado Antenas de Telefonía Móvil y Salud Humana, donde señala que de los cuatro únicos estudios epidemiológicos que considera con un diseño y análisis aceptables, tamaño de la muestra adecuado y suficiente seguimiento en el tiempo, ninguno muestra asociación significativa entre exposición a radiofrecuencias y cáncer.

De hecho, las investigaciones que asocian las radiofrecuencias de la telefonía móvil con determinadas afecciones cuentan con numerosos detractores entre la comunidad científica, que en determinados casos las acusa de no haber sido sometidas a estudio por parte de los expertos que evalúan la validez de un trabajo como condición para su publicación en revistas científicas o especializadas e incluso de carecer de base científica.

Aunque también hay quienes critican a los críticos. Como Louis Slesin, editor de la revista norteamericana Microwave News, que sin poner en entredicho sus afirmaciones, ha denunciado que John E. Moulder es un consejero pagado por la industria de la telefonía móvil en varios países.

Unas conclusiones emitidas en junio de 1998 por el Comité Director Científico de la Comisión Europea planteaban hay poca evidencia de que los campos electromagnéticos (CEM) promuevan el cáncer dado que los estudios epidemiológicos no han demostrado relación causal entre ellos. También señalaba que no hay evidencia suficiente que permita deducir que los CEM producen efectos a largo plazo, que los límites de exposición ofrecidos por la Icnirp son adecuados para la protección de la población y que no hay suficiente información disponible sobre la posible hipersensibilidad debida a los CEM (dolores inespecíficos, fatiga, sudores, dificultades para dormir...).

"No podemos decir que las radiofrecuencias tengan efectos negativos sobre los seres vivos o que no, pero sí es cierto que no existe una asociación fuerte entre radiofrecuencias y cáncer", indica Diego Pablo Ruiz Padillo, del departamento de Física Aplicada de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada. "Si las radiofrecuencias tuvieran capacidad para producir una enfermedad se descubriría en los experimentos que se ha llevado a cabo con animales", advierte. Sin embargo, Ruiz Padillo apunta que esto no es óbice para que exista una relación débil entre ambos factores, de forma que el cáncer pueda aparecer tras exposiciones frecuentes en personas especialmente sensibles a las radiofrecuencias.

El departamento de Citogenética y los institutos de Biología y Genética Humana de la Universidad de Braumschweig (Alemania) pusieron a prueba si las ondas de radio incrementan el riesgo de desarrollar cáncer. Las pruebas se efectuaron sobre sangre de donantes no fumadores de entre 20 y 33 años que fue expuesta a campos de alta frecuencia entre treinta y nueve y setenta horas. Según apuntan las conclusiones del estudio, no se halló evidencia de que las ondas electromagnéticas causen daño a las células expuestas.

En 1999, el profesor George Carlo, que había sido contratado en 1993 por la Asociación de la Industria de Telecomunicaciones Móviles (CTIA) de EE.UU. para desarrollar un programa de investigación sobre los posibles riesgos de la telefonía móvil, advirtió que había encontrado en uno de sus experimentos una relación directa entre el uso del móvil y el "incremento del riesgo de la aparición de una rara forma de tumor llamado neurocitoma", aunque indicando que se trataba de pruebas no concluyentes. La Industria y la Administración estadounidense prefirieron pasar por alto las conclusiones de Carlo, cuyos métodos de experimentación fueron puestos en entredicho por parte de la comunidad científica.

En cualquier caso, el propio Carlo advierte que "para que un estudio estadístico sobre los efectos de los celulares en los usuarios tenga un resultado válido será necesario esperar décadas, porque el cáncer cerebral tarda varios años en desarrollarse".

Un número de diciembre de 2000 del semanario JAMA (Journal of American Medical Association) presentó un estudio de la Fundación Americana de la Salud y veinte centros de investigación oncológica, dirigido por el doctor Joshua Muscat, que entre 1994 y 1998 entrevistó sobre el uso de los teléfonos móviles a 891 hombres y mujeres de entre 18 y 81 años (469 de ellos con cáncer cerebral), no encontrando conexión entre su utilización y el cáncer cerebral.

En el estudio, cuyo principal patrocinador fue la CTIA, sólo se detectó un ligero riesgo en el aumento de posibilidades de contraer un extraño tipo de tumor neuronal denominado neuroepitelioma, pero los investigadores aseguraron que la estadística no era representativa. Sin embargo, la investigación no pudo tratar la cuestión de si el uso a largo plazo es peligroso, ya que los sujetos venían utilizando teléfonos móviles durante una media de 2,8 años en el caso de los sujetos con cáncer y de 2,2 años el resto; además, la media mensual de utilización del móvil era tan sólo de dos horas y media en los sujetos con cáncer y de dos horas y doce minutos en los demás casos.

"Existen algunos estudios aislados [sobre las radiaciones de los teléfonos móviles] que muestran que las cadenas de ADN se rompen, pero no han sido confirmados de manera independiente. Es posible que las radiaciones de los teléfonos móviles puedan aumentar la promoción o progresión de las células cancerosas, pero nuevamente no existen datos que lo confirmen", ha declarado Muscat en una entrevista concedida a la revista SOIICsalud, de la Sociedad Iberoamericana de Investigación Científica.