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FACUA.org - España - 28 de diciembre de 2018

La manipulación en internet como excusa para tumbarse en el sillón

Estamos expuestos a estrategias de propaganda que han encontrado en la redes sociales un terreno fértil para crecer y han convertido en su principal rasgo la mentira.

A estas alturas nadie duda de que estamos expuestos a estrategias de propaganda y manipulación de la opinión pública que han encontrado en internet y las redes sociales un terreno fértil para crecer y dar frutos. Estos adoptan la forma de opciones políticas, cada vez más populares, que hacen del enconamiento y la mentira sus principales rasgos ideológicos.

Líderes de aquí y allá están utilizando de forma perversa las posibilidades que ofrecen las redes sociales -quizá habría que empezar a llamarlas por su nombre completo: “redes publicitarias sociales”- para diseminar mensajes simplistas pero eficaces que, unidos a la modorra generalizada, han hecho que hoy contemplemos con naturalidad la extensión de las llamadas fake news. Antes, de manera más castiza y sin necesidad de anglicismos, llamábamos mentir a esta forma de proceder que ahora denominamos "desinformar".

De la colaboración necesaria de los medios y sus sesgos en este proceso de manipulación de la opinión pública poco hay qué decir, más allá de que la pérdida de credibilidad es uno de los factores que lastra su modelo de negocio actual y, quizá, futuro. Por fortuna, por estos lares han surgido iniciativas como Maldita Hemeroteca o Newtral, que nos reconcilian con la profesión periodística.

Pero tampoco hay que pensar que la manipulación de la opinión pública es algo que se ha inventado el señor Trump y sus herederos. Por no remontarnos a los sofistas griegos, hablemos del hoy poco conocido Edward L. Bernays, padre de la teoría de la propaganda y las relaciones públicas, que allá por 1928 escribió que “la manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país".

Gracias a Bernays, por ejemplo, el tabaco se popularizó entre las mujeres como símbolo de liberación del género en una campaña pagada por la Compañía Americana de Tabaco, que incluyó recomendaciones de médicos sobre las bondades de llenarse de humo los pulmones. También consiguió que el beicon se convirtiera en pieza clave del desayuno norteamericano, con gran alegría de la Beech-Nut Packing Company, una empresa dedicada a la distribución de productos cárnicos empaquetados que contrató sus servicios.

Inquieta pensar lo que podría haber hecho hoy el bueno de Bernays, que también trabajó para diversos inquilinos de la Casa Blanca, haciendo uso de las posibilidades de manipulación y vigilancia que ofrecen las redes sociales e internet.

Herramientas tecnológicas -no olvidemos que son solo herramientas- que también ponen al alcance de la ciudadanía resquicios de libertad y vías de conocimiento como no se han visto nunca antes en la historia de la humanidad. “La máquina la hace el hombre y es lo que el hombre hace con ella”, dice Jorge Drexler en una de sus canciones; pero, a menudo, confundimos personas con avatares, votos con tuits, pantallas con ventanas.

Y aquí toca hacerse la pregunta incómoda. ¿No será que vivimos mejor siendo manipulados que esforzándonos para tener una opinión propia, libre e informada? Quizá, como decía en una reciente entrevista otro cantante, Santiago Auserón, nos haga falta una transformación espiritual que nos permita escapar de esa cómoda jaula definida por tres barrotes: la incultura, la arrogancia y la codicia. Eso, y nada más.

Así que antes de señalar con el dedo a quienes diseñan estas estrategias de manipulación, les dan soporte tecnológico o mediático o se aprovechan de ellas, conviene que miremos nuestro reflejo en un espejo y nos preguntemos si estamos cumpliendo con nuestra responsabilidad como ciudadanos de un país democrático.

Responsabilidad, sí, porque no olvidemos –y aquí citamos a Noam Chomsky- que ni siquiera en democracia se conceden los derechos, sino que se conquistan. Todos los avances sociales de los que disfrutamos en este rincón del planeta, y que nos sitúan en una posición de privilegio frente a lo que es común en el resto del mundo, nos pueden ser arrebatados si no hacemos nada por mantenerlos.

Y, llegado ese caso, de nada nos valdrá seguir echando la culpa al empedrado que cubre las autopistas digitales. Así que no contribuyamos con más ruido al guirigay circundante y tratemos de aportar serenidad y reflexión cuando, a nuestro alrededor, todo se transforme en una tertulia televisiva tratando de captar share a golpe de bravuconadas y eslóganes de patio de colegio.

Decía Cicerón que “todas las cosas fingidas caen como flores marchitas, porque ninguna simulación puede durar largo tiempo” y no tenía razón en eso el político romano. La flor de la mentira hay que arrancarla cuanto antes y, para ello, mejor aplicar otra de sus enseñanzas: “si queremos gozar la paz, debemos velar bien las armas; si deponemos las armas no tendremos jamás paz”.

Y en esta guerra incruenta pero feroz por defender la verdad -que existe, igual que la mentira- nuestras armas son el conocimiento afilado con la información y la palabra templada por los argumentos. Y el voto, claro. Ante eso no hay manipulación que resista.

Termino -ahora sí- recomendando el libro La manipulación del lenguaje, de Nicolás Sartorius, un breve diccionario de engaños que puede resultar un buen comienzo para esta lucha permanente contra la impostura.

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David Martínez es director editorial de www.nobbot.com.